Los otros griegos

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Templo de Poseidón en Paestum, Magna Grecia

A finales del siglo IV a.C., los griegos de Europa occidental se encontraron por primera vez en una situación de desventaja respecto de los pueblos nativos de los territorios colonizados. La expansión de Roma y Cartago en sus respectivas áreas de influencia acabaría desencadenando, sesenta años después de la muerte de Alejandro Magno, la Primera Guerra Púnica. Este conflicto pilló por medio a los habitantes de la Magna Grecia, que fueron empujados cada vez más al sur de la Península Itálica por el creciente poder de la República Romana.

Mientras tanto en Sicilia la muerte en 337 a. C. del tirano de Siracusa Timoleón  había dejado un vacío de poder ocupado por una oligarquía débil, situación que aprovecharían los cartagineses para presionar a los griegos de la isla.

AGATOCLES DE SIRACUSA

Tras veinte años de una situación casi anárquica se hizo con el poder Agatocles, un hombre que ya había intentado acabar con la oligarquía en dos ocasiones anteriores. Sirviéndose de un ejército de mercenarios, volvió a la ciudad en 317 a.C. Una vez alcanzado el gobierno,  expulsó o mandó asesinar a miles de adversarios políticos, y se asentó finalmente con plenos poderes. A pesar de la violencia ejercida, Agatocles consiguió granjearse las simpatías de gran parte de la población con medidas demagógicas como la abolición de las deudas. Además, reafirmó la independencia de Siracusa respecto de Cartago.

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Tetradracma con la efigie de Agatocles de Siracusa

En 311 a.C., Agatocles dirigió sus fuerzas contra Agrigento, en un esfuerzo por extender su poder sobre la isla. Los cartagineses, sin embargo, no estaban dispuestos a permitirlo, y sus fuerzas se midieron en la Batalla de Hímera, en la que los siracusanos salieron derrotados. Lejos de amilanarse, Agatocles tomó una decisión audaz: atacar a los cartagineses en su propio territorio.

El tirano desembarcó en África con una tropa de catorce mil efectivos, y se sirvió del factor sorpresa para lograr victorias en sus primeros enfrentamientos. Una vez llegado a Cartago, el ejército siracusano no pudo romper las defensas de la ciudad. Entonces, Agatocles firmó un tratado con Ofelas, que gobernaba la Cirenaica en nombre de Ptolomeo I Soter, el antiguo general de Alejandro que se había erigido en rey de Egipto. Poco después, Agatocles traicionó a Ofelas, que fue asesinado, y el siracusano se hizo con el mando de las tropas de su antiguo aliado.

En 307 a.C., Agatocles llegó a la conclusión de que no podría ocupar Cartago, y logró firmar una paz que le era bastante favorable, ya que obligaba a los cartagineses a reconocer en Sicilia las fronteras previas a la expansión púnica. Agatocles regresó a casa y se hizo nombrar rey de Sicilia.

Tras unos años de tranquilidad, el rey emprendió una nueva expedición, esta vez a la Italia peninsular, en ayuda de Tarento, que se encontraba en guerra con la tribu de los lucanos. Agatocles derrotó a los itálicos, pero no consiguió extender su poder sobre el sur de Italia como pretendía.

Los últimos años de Agatocles estuvieron marcados por las intrigas palaciegas, instigadas por su nieto Arcágato. El padre de éste había muerto en África, ante lo cual el joven conspirador asesinó a su tío Agatocles, el otro hijo del rey, para quedarse como único heredero al trono. Viendo la que se avecinaba si el poder seguía en su familia, el rey Agatocles, antes de su muerte en 289 a.C., puso fin a su propia monarquía y restauró la democracia, aunque ésta duraría bien poco: a la muerte del rey, se produjo una nueva guerra civil, de la que salió victorioso el general Hicetas, que se instauró como nuevo tirano.

 EL ÚLTIMO GRAN ESTRATEGA

“Otra victoria así y estamos perdidos”, Pirro, rey de Epiro

Mientras los sucesores de Alejandro luchaban por los restos del imperio del Gran rey, otra fuerza emergía en el Mediterráneo. En Italia, un pueblo del Lacio avanzaba implacablemente conquistando todo a su paso. Este pueblo es Roma, que tras la Tercera Guerra Samnita (298-290 a. C.) controlaba gran parte del centro de la península. Y ahora los intereses romanos se encontraban en las ricas ciudades de la Magna Grecia.

Roma, con la excusa de ayudar a la ciudad de Turios, envió tropas en 282 a. C. para defenderla de sus enemigos, la vecina ciudad de Tarento. Naturalmente, los tarentinos no consintieron esta impertinencia  por parte de Roma, y declararon la guerra al pueblo latino. Tarento creía que tenía la obligación de defender a todas las comunidades griegas de su alrededor de posibles intervenciones extranjeras, aunque no poseía un ejército adecuado para ello. Es por este motivo que los tarentinos acudieron a los servicios de un ejército mercenario. Se eligió para esta empresa a  Pirro, rey de Epiro (actual Croacia), uno de los más brillantes estrategas de su tiempo, y cuyo talento militar no tenía mucho que envidiar al del propio Alejandro Magno.

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Busto de Pirro, rey de Epiro

Pirro en Italia

En 280 a. C. Pirro desembarca en Tarento con un poderoso ejército compuesto por falanges al estilo macedónico e incluso con elefantes. La primera batalla tiene lugar cerca de Heraclea, con resultado favorable para Pirro. Tras la batalla, gran parte de las ciudades que apoyaban tibiamente a Roma abandonaron su causa y se arrojaron en brazos de su salvador…o de su destructor. Los elefantes aterrorizaban a las tropas enemigas, mientras que la táctica macedónica seguía imponiéndose en el campo de batalla.

Sin embargo, a pesar de ser un brillante estratega,  Pirro se encontró con un enemigo difícil de doblegar: la indiferencia. A pesar de que muchas ciudades habían abandonado la causa romana, tampoco habían abrazado la de Pirro, fuese por miedo o por desconfianza. El rey, que esperaba contar con el apoyo incondicional de los lugareños, se encontró abandonado a su suerte con un gran ejército en tierra extraña.

Pirro derrotó nuevamente a los romanos en sucesivas batallas, pero cada vez era más débil, y su enemigo cada vez más fuerte y osado. El monarca decidió abandonar la zona para dirigirse a Sicilia, donde sus habitantes pedían auxilio ante el avance cartaginés, y probar suerte en una nueva aventura.

Pirro en Sicilia

Roma firmó un tratado con Cartago de ayuda mutua frente al aventurero griego. Mientras, Pirro vencía a todos los enemigos que se encontraba en Sicilia. Sin embargo, de nuevo Pirro debió enfrentarse a la indiferencia y la traición. A pesar del entusiasmo inicial de los sicilianos, pronto esa llama fue apagándose para convertirse finalmente en antipatía e incluso hostilidad. Pirro, amargado, desilusionado y frustrado, decidió abandonar a los ingratos sicilianos a su suerte.

De nuevo en Italia, Pirro venció otra vez a los romanos. Pero observando las bajas sufridas después de una de las batallas, exclamó “otra victoria así y estamos perdidos”, tras lo cual decidió volver a casa. De este modo, Roma ya no tenía ningún obstáculo para hacerse con el total control de Italia.

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Campaña de Pirro en el Mediterráneo occidental

El desdichado Pirro

De vuelta en Grecia, Pirro lucha contra Antígonos Gonatas por el trono de Macedonia. Una nueva petición de ayuda, esta vez desde Esparta, anima a Pirro a comenzar otra aventura. Sin embargo, tras saquear Laconia, el rey pierde la vida en Argos. La mala suerte se había cebado con el monarca durante toda su vida, y no lo fue menos en su última hora. Durante unos disturbios callejeros en Argos, una maceta (o una teja, hay teorías para todos los gustos) caída desde una ventana acabó con la vida del último gran militar griego en 272 a. C. Así acabó la vida de este desdichado aventurero que, vencedor de todas las batallas, nunca consiguió conquistar nada.

LA CONQUISTA ROMANA DE SICILIA

La marcha de Pirro había dejado una situación política complicada en Sicilia. La parte oriental de la isla estaba bajo el dominio de Siracusa. El ensayo democrático  instaurado por Agatocles fue interrumpido por Hierón, un joven oficial del ejército de Pirro. Nombrado estratega para frenar la amenaza  de las tropas cartaginesas, estableció un gobierno personal con apoyo de las oligarquías urbanas que se transformó en reino en el 269 a.C.

La parte occidental de Sicilia estaba dominada por los cartagineses. Cartagineses y griegos llevaban siglos de hostilidades en la isla, en sus frecuentes escaramuzas utilizaron tropas mercenarias mamertinas. Los mamertinos en su mayoría eran itálicos, de la región de los Apeninos, donde la presión demográfica les empujó a enrolarse como mercenarios en Sicilia en las huestes cartaginesas o en las griegas. Cuando se licenciaban se establecían en el interior a la espera de una próxima campaña, constituyéndose con el tiempo, según fueron aumentando en número, en desestabilizadores del equilibrio de fuerzas púnico-griegas.

Sicilia se había convertido en un polvorín y la mecha la encendieron los mamertinos. Estos mercenarios se habían hecho con el control de Mesina y, ante la amenaza de los siracusanos, pidieron ayuda a Cartago. Pero Cartago aprovechó la oportunidad para dominar la ciudad. Así, los mamertinos acosados en el exterior por los griegos y dominados en el interior por los cartagineses pidieron una nueva ayuda, esta vez a Roma.

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Movimientos iniciales de la Primera Guerra Púnica

Roma anteriormente no había demostrado interés por Sicilia, pero la petición de ayuda de los mamertinos fue cursada por el senado. Las razones por las que Roma envió un contingente en el 264 a.C. para enfrentarse a Cartago podrían estar en la defensa de un pueblo itálico. Sin embargo parecen más creíbles los intereses comerciales. La situación estratégica en la que se encuentra Mesina permitiría el control del estrecho y del paso hacia el mar Adriático. En cualquier caso, este hecho bélico rompía la vieja alianza suscrita en el 306 a.C. por Roma y Cartago, comenzando así la Primera Guerra Púnica. Al iniciarse el conflicto con Roma, griegos y cartagineses olvidaron sus rencillas aliándose para combatir juntos. Las derrotas sufridas ante los romanos forzaron a Hierón a maniobrar hábilmente, aliándose con Roma.

La alianza con Roma  permitió a Siracusa seguir siendo independiente al final de la Primera Guerra Púnica. Pero en 241 a.C. el resto de la isla pasó a dominio romano. Cuando Hierón falleció en el 215 a.C. inmersos en la Segunda Guerra Púnica, los siracusanos se inclinaron hacia el bando cartaginés, los romanos asediaron Siracusa y tras tomarla fue incorporada a la provincia de Sicilia en 212 a. C.

Epílogo

Con la caída de Siracusa, Sicilia se convierte en la primera provincia romana fuera de la península itálica. Así se puso punto final a la presencia griega en la isla, iniciada allá por 734 a. C. Sin embargo esta presencia dejó un importante poso cultural absorbido por los nuevos señores del Mediterráneo, los romanos.

Bibliografía

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua II. Roma. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

PLUTARCO. Vidas paralelas. Libro VII Timoleón y Emilio Paulo.

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

 

LOS TIRANOS DE SIRACUSA

Los griegos de Occidente en la primera mitad del siglo IV a.C.

Cuando hablamos de la Hélade solemos identificarla con el espacio geográfico que se extiende desde Grecia central hasta el Peloponeso, incluyendo por supuesto las numerosas islas del mar Egeo. Pero es necesario insistir en que la historia de Grecia incluye también todas las tierras que quedan bajo influencia helénica, es decir, las distintas naciones con las que comercia y las incontables factorías comerciales y colonias que fundan las distintas polis griegas.

La vía marítima es tradicional en el mundo griego, por lo que han pasado a la historia como grandes comerciantes, al igual que los fenicios. Esta opción de la salida al mar en busca de nuevos recursos agrícolas, metales y materias primas en general, se debe principalmente a diversos factores: la pobreza en algunos casos del suelo cultivable, la presión demográfica en momentos de desarrollo y bonanza económica y, por último, la necesidad de la pequeña aristocracia y de sectores de la ciudadanía libre, de buscar el éxito fuera de las ciudades griegas, monopolizadas en exceso por la vieja aristocracia terrateniente.

A su vez, este proceso favorecerá el desarrollo de la “industria naval” necesaria para la navegación y la apertura de nuevos mercados, en los que los colonos darán salida a las manufacturas realizadas en la metrópoli.

Hemos de tener en cuenta que el proceso colonizador es amplio en el tiempo. Se origina en los siglos X-IX a.C., intensificándose en el siglo VIII a.C. En muchas zonas aparecen verdaderas comunidades que, si bien mantendrán relaciones con sus antiguas metrópolis, se mezclarán con el elemento indígena desarrollando gobiernos autónomos con asambleas y formas políticas propias, imitando el modelo griego. Una de estas zonas será el sur de la península itálica (la Magna Grecia) y las principales islas mediterráneas que la rodean (Córcega, Cerdeña y Sicilia), con ciudades como Siracusa, Mesina, Leontini, Regio y otras muchas. Su crecimiento y desarrollo será mayor en ciertos momentos que el de las ciudades de la Grecia continental, jugando un importante papel en la política helénica.

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Por ello las convulsiones que se producen en el Peloponeso en el siglo IV a.C. afectarán también a los griegos de Occidente. La situación de los griegos de Sicilia tras la pérdida de hegemonía ateniense será tensa y problemática. Las polis sicilianas chocan entre sí por el control de sus fronteras y por el deseo común de extender un poco más la línea de su territorio frente a las polis vecinas. Además se ven acuciadas por la amenaza de conquista de Cartago, que era en este momento el estado más poderoso del Occidente mediterráneo.

Siracusa tenía un papel preponderante sobre los demás, era el peso fuerte de los griegos sicilianos. Desde 408 a.C. venía enfrentándose a los cartagineses sobre el control de algunas ciudades, disputa que pareció decidirse a favor de los invasores con la toma de Acragante. Este hecho fue sentido entre los griegos como una gran derrota moral, y se culpó a los estrategos de los errores cometidos.

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Dionisio I el Viejo

Fue entonces cuando comenzó a oírse la voz de Dionisio, un joven oficial que había combatido en la guerra contra Cartago. Muy populista, hizo regresar a los desterrados, alentó las ejecuciones de estrategos y terratenientes y finalmente convenció a sus conciudadanos de nombrarle autocrator, un título que le permitía ejercer el poder de manera personal y convertirse en un tirano al modo griego. Dionisio firma la paz con Cartago, reconociendo todas sus conquistas y perdiendo cualquier oportunidad de controlar grandes áreas de la isla, pero gana unos años de tranquilidad que empleará en construir su régimen de poder.

Sicilia ya había conocido las tiranías unas décadas atrás, pero estas no habían “convencido” a la población y los tiranos habían actuado de una forma políticamente mediocre. Frente a ellos Dionisio es, por su fuerte personalidad, uno de los mejores prototipos de tirano griego: confisca y redistribuye tierras entre los pobres; vive en una fortaleza rodeado de mercenarios celtas, campanos e iberos; convierte a los esclavos de la clase alta en ciudadanos para tener un apoyo civil; recompensa con creces a los militares para no perder su apoyo; y mantiene las instituciones anteriores para evitar la apariencia de tiranía. Su figura recuerda también a la de los futuros monarcas helenísticos, rodeado de una fastuosa corte, creando un poder familiar y absolutista, y destacando sobre  todas sus facetas la militar.

Con el objetivo de defender la ciudad, Dionisio ordena construir un amplio cinturón defensivo de fortificaciones con largas murallas y repara los puertos. Al mismo tiempo crea una inmensa flota de barcos y fortalece enormemente el armamento del ejército.

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Siracusa bajo Dionisio I

Desde 398 a.C., Dionisio se enzarza en dos campañas contra los cartagineses de las que sale victorioso, logrando que Siracusa controle toda la isla de Sicilia salvo el punto más occidental. Con el dominio sobre la isla, Dionisio da el salto a la Península Itálica y ocupa varias zonas de la Magna Grecia, llegando a derrotar a la liga Italiota. Más tarde, se lanza a través del Tirreno ocupando las islas Lípari, algunos enclaves estratégicos, Córcega y Etruria; y también por el Adriático, donde crea numerosas factorías comerciales. Mantiene además otro conflicto con Cartago, poco conocido por los historiadores, que,  parece, no tuvo un resultado favorable.

En su largo mandato como tirano, Dionisio mantuvo un estrecho contacto con las polis de la Grecia continental, especialmente con Esparta. Participó de las guerras libradas en el Peloponeso, en la fundación de colonias y en el culto de los grandes santuarios panhelénicos como Delfos.

A su muerte le sucedió su hijo Dionisio II, bajo la influencia de su tío materno Dión. Este era amigo del célebre filosófo Platón, a quien los siracusanos invitaron para que les explicase y ayudase a poner en práctica su ideal de estado. Tras circular el rumor de que Dión en realidad quería hacerse con el poder, fue desterrado.

Dionisio II adoptó una política moderada pero no supo entender las complicadas relaciones internacionales de la época. En 345 a.C. se vio atacado por sus enemigos políticos sicilianos, ayudados por corintios y cartagineses. Finalmente fue derrocado y Timoleón, un general al mando de las tropas corintias, adquirió todo el protagonismo. Expulsó a los cartagineses, eliminó todas las tiranías e instauró sistemas a medio camino entre la oligarquía y la democracia. Renunció al poder para no caer de nuevo en sistemas absolutistas de poder y vivió en Sicilia hasta su muerte. El camino de Sicilia continuaba sin tiranías, a la sombra de una creciente ciudad-estado latina que había comenzado a expandirse, Roma.

BIBLIOGRAFÍA

BLÁZQUEZ, J. M., LÓPEZ MELERO, R., SAYAS, J., Historia de Grecia antigua, ed, Cátedra, 1989, Madrid.

BRAVO, G; Historia del mundo antiguo: una introducción crítica, ed. Alianza, 2005, Madrid.

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FERNÁNDEZ NIETO, F. J.; Grecia en la primera mitad del siglo IV a.C., Ed. Akal, Historia del Mundo Antiguo, 1989, Madrid.

            Pedro Aguado González

                        Delia Egea Gómez

                        Manuel García Salazar

                        Rubén Rodríguez Galán