EL RODILLO ROMANO

(La conquista del mundo griego)

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Un nuevo equilibrio

Roma cambió por completo el tablero de juego oriental. Si bien hasta el momento habían sido seléucidas, lágidas y macedonios quienes llevaban la voz cantante en los asuntos helenísticos, Roma decidió dar más importancia a otras potencias secundarias en perjuicio de los peces grandes. Así, el equilibrio basculó hacia Pérgamo, la Liga Aquea y Rodas, que cumplían la función de contrarrestar el poder de los grandes imperios. Además, dado el trato de favor por parte de Roma, en el senado se esperaba que estos estados actuasen con agradecimiento respecto a su protector.

Pero Roma pronto vio que se había metido en un avispero. La galaxia de estados helenísticos y sus continuos problemas políticos, sociales y económicos convirtió lo que parecía una conquista fácil en un continuo quebradero de cabeza para el nuevo árbitro. Por otra parte, las acciones llevadas a cabo por Roma no pueden calificarse de sutiles: siempre que había un conflicto interno en un estado, Roma arbitraba siempre a favor de la clase dominante, creando de este modo un poso de resentimiento que estalló en innumerables movimientos nacionalistas y antirromanos.

Los continuos problemas y el continuo tráfico de embajadas helenísticas en Roma, muchas de las cuales eran contrarias entre sí, obligó al senado romano a actuar cada vez con más dureza. Las medidas excepcionales tomadas por Roma pronto se convirtieron en costumbre, y esta costumbre desembocó en el imperialismo que supondría el fin de la independencia de los cada vez más debilitados reinos helenísticos.

La úlcera griega

El clima político en la Grecia continental estaba más que caldeado. Roma apenas había sido capaz de imponer una precaria paz entre macedonios, etolios y aqueos. Irremediablemente, el conflicto estalló de nuevo en 190 a.C., cuando los etolios, reunidos en la Liga Etolia, declaran la guerra a la Liga Aquea, aliada de Macedonia y de Roma. El senado envió al cónsul Fulvio Nobilior para acabar con las aspiraciones etolias y calmar la situación. La guerra se saldó con la derrota etolia en el asedio de Ambracia ante las fuerzas aliadas de aqueos, macedonios y romanos.

Fue entonces cuando Filopemén, líder de la Liga Aquea, aprovecha esta victoria para dominar por su cuenta todo el Peloponeso. Esparta, hostil a la liga, envía una embajada a Roma pidiendo que aplacase las ansias aqueas. Filopemén en respuesta ataca Esparta y abole la constitución de Licurgo (Rhetra), vigente en la ciudad desde hacía quinientos años.  Sin embargo, Filopemén es derrotado y muerto por los mesenios en 183 a.C.

A estas alturas Roma ya estaba cansada de las continuas guerras y embajadas de los griegos. Pero por una vez y para variar, Roma decidió no actuar directamente. Dejó que Calícrates, personaje poderoso de la Liga Aquea y favorable a Roma, devolviese la paz al Peloponeso en 181 a.C. restituyendo todo lo que había destruido Filopemén.

Pero Roma tenía problemas mucho más importantes que resolver más al Este.

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Pérgamo y Rodas

Pérgamo, fiel aliada de Roma, fue invadida por el vecino reino de Bitinia. Las peticiones de ayuda de Eumenes, rey de Pérgamo, fueron escuchadas en Roma, y el senado obligó a Bitinia a retirarse. Pero la guerra de nuevo llamó a las puertas de Pérgamo. Poco después fue Ponto, aliado de Bitinia, quien invadió Pérgamo. Pero esta vez el senado no movió un dedo por Pérgamo. La guerra acabó con victoria pergamena, pero las relaciones entre ambos estados se enfriaron notablemente: Pérgamo se sentía traicionada, mientras que Roma desconfiaba de un Eumenes que cada vez era más poderoso y osado.

Por otra parte, Rodas se había convertido gracias a Roma en una potencia comercial sede de una confederación muy próspera de ciudades. Además, había obtenido tras Apamea la región continental de Licia, aunque fue un regalo envenenado. Las continuas revueltas licias eran aplastadas brutalmente por Rodas, y ante esta situación los licios pidieron el amparo de Roma. Rodas confiaba en que el senado ignorase estas súplicas, pero de nuevo la esquizofrénica política romana dio un giro y arbitró a favor de los licios.

La política exterior romana puede verse desde varios puntos de vista: por una puede estar encaminada a mantener el equilibrio en la zona, evitando que unos peces acaben engullendo a los otros. Por otra parte, puede ser producto de un proyecto más obscuro destinado a debilitar a todas las potencias por igual, a fin de que no tuviesen más remedio que pedir el auxilio del senado para resolver sus disputas. De este modo se lograría una conquista con menos costes y con menos oposición interna. Por último, esta política responde también a las continuas luchas internas entre las diferentes familias del senado romano, las cuales, al igual que los políticos actuales, se dedicaban a buscar beneficios propios mientras se oponían ciegamente a los proyectos de la otra parte.

La Tercera Guerra Macedónica

Filipo V de Macedonia falleció en 179 a.C., siendo sucedido en el trono por su hijo Perseo. Una de las primeras medidas de éste fue la renovación del tratado de alianza con Roma, pero pronto se enfrentaría con la potencia italiana. Perseo llevó a cabo numerosas medidas para ayudar a las clases bajas de Macedonia, mientras que los estratos acomodados eran generalmente favorables a Roma.

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Tetradracma de Perseo

En política exterior, Perseo consiguió mediante una hábil diplomacia restaurar en parte el prestigio de Macedonia en Grecia e incluso Asia Menor, lo cual preocupaba al rey de Pérgamo, Eumenes II. Éste viajó personalmente a Roma para convencer al Senado de la ciudad de declarar la guerra a Perseo. En 171 a.C., comenzó la ofensiva romana y estalló la Tercera Guerra Macedónica.Perseo se reveló como un hábil general, saliendo victorioso en todas las batallas durante los tres primeros años de la guerra. Sin embargo, las cosas cambiaron con el nombramiento como cónsul, en 168 a.C., de Lucio Emilio Paulo, un veterano de las guerras contra los lusitanos en Hispania. Las fuerzas macedónicas y romanas se enfrentaron el 22 de junio en Pidna, donde la victoria de Roma fue total. Perseo fue capturado y encarcelado en Roma, y el reino de Macedonia fue disuelto, terminando así más de un siglo de reinado de la dinastía Antigónida.

Después de Pidna

Paulo no tuvo piedad ninguna con el enemigo derrotado, y esta crueldad fue sólo el principio de lo que sería, tras la derrota definitiva de Macedonia, la nueva política de Roma en Grecia. Rápidamente, se pasó de la diplomacia, con distintas alianzas firmadas con estados griegos, a una auténtica política imperialista.

El antiguo reino de Macedonia se dividió en cuatro repúblicas vasallas de Roma. Parecida suerte corrieron los territorios de Iliria y el Epiro, aliados de Macedonia y que no tenían ninguna posibilidad para resistir el envite romano.

Los romanos se dirigieron entonces a la Grecia peninsular, con el objetivo de purgar los elementos antirromanos. Unos mil políticos y generales de la Liga Aquea fueron deportados a Italia, entre ellos el historiador Polibio, cuyo padre se había opuesto activamente a la influencia romana en Macedonia. Polibio se convertiría en el tutor de los hijos del cónsul Paulo. La Liga Aquea fue puesta en manos de un títere de Roma, mientras la Liga Etolia fue disuelta por completo, y se desató en Grecia una brutal persecución de los opositores a Roma por parte de sus conciudadanos prorromanos.

Pero la injerencia de Roma no acabó allí, ya que hubo consecuencias negativas incluso para sus estados aliados. La isla de Delos fue arrebatada del control de Rodas, que había intentado mediar en la guerra, lo cual resultó catastrófico para la economía rodia. En cuanto a Eumenes II, Roma le retiró su apoyo y, en 166 a. C., declaró libres a los gálatas, tradicionales enemigos de Pérgamo.

Lágidas y Seléucidas de Apamea a Pidna

En el reino seléucida de Antíoco III, la paz de Apamea supuso la pérdida de los territorios de Asia menor. Roma quiso también debilitar al reino lágida, permitiendo a los sirios recuperar los territorios de Palestina y Celesiria, perdidos ante los egipcios durante la Quinta Guerra Siria. Sin embargo, por el mismo tratado de Apamea, los seléucidas estaban obligados al pago de una importante indemnización a Roma. Esta carga lastró la autonomía política de los reinos seléucidas. El propio rey Antíoco fue asesinado en el año 187 a.C. mientras intentaba recolectar tributos con los que pagar la cláusula económica.

Durante el reinado de Seleuco IV, hijo de Antíoco III, los seléucidas siguieron teniendo los mismos problemas económicos para pagar la deuda a Roma. Tras la muerte del rey, ocupó la regencia su hermano Antíoco. El asesinato de su sobrino, el heredero de la corona, le aupó a ser proclamado rey como Antíoco IV.

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Antíoco IV Epifanes

Mientras, el reino lágida de Ptolomeo V está inmerso en una guerra secesionista en el Alto Nilo, impidiéndole recuperar los territorios perdidos de Palestina y Celesiria. A su muerte, ocupó la regencia su esposa Cleopatra, hija del rey seléucida Antíoco III. Durante su regencia las relaciones entre lágidas y seléucidas fueron buenas, pero la situación cambió tras su muerte en el 176 a.C. Como los herederos (los futuros Ptolomeo VI, Cleopatra II y Ptolomeo VII) eran menores, asumieron la regencia dos eunucos que tenían rencor a los seléucidas. Utilizaron la regencia para dar rienda suelta a sus odios. Así, declararon mayor de edad a Ptolomeo VI, y aprovechándose de su juventud iniciaron una campaña militar con la intención de recuperar los territorios de Palestina y Siria occidental, dando inicio a la” Sexta Guerra Siria”.

Tanto lágidas como seléucidas buscaron la ayuda de la poderosa Roma. Ocupada en la guerra contra Macedonia, Roma no intervino en ese momento en el conflicto. Los seléucidas aplastaron sin dificultad las tropas lágidas, ocupando todo el país excepto Alejandría.

Antíoco IV intento en otra campaña conquistar Alejandría. Roma mientras tanto ya había acabado con Perseo en Macedonia, y el Senado decidió extender sus intereses interviniendo en el conflicto en favor de Egipto. Roma lanzó un ultimátum a Antíoco IV para que devolviese los territorios ocupados en la guerra. La amenaza de Roma amedrentó a los seléucidas, regresando a su país.

Fin de la independencia griega

Roma se había mostrado militarmente implacable en Macedonia. Pero una vez ocupado el reino, no mostró un programa político para gobernarlo, dejando el gobierno en manos de títeres filorromanos que se mostraron corruptos e ineficaces. En este descontento, surgió la figura del “falso Filipo”. Un osado aventurero se hace pasar por el hijo de Perseo, envolviéndose en el nacionalismo latente se proclama rey, aglutinando a la gran masa de descontentos con la ocupación romana. Inició una campaña militar que le llevó a tener unos éxitos iniciales frente a una legión romana. Roma se tomó entonces el asunto en serio y acabo de manera implacable la aventura del “falso Filipo”, aplastándolo en el mismo lugar donde lo había hecho a su falso padre, en Pidna. Con el propósito de evitar más sublevaciones, Macedonia fue incorporada al Imperio como provincia.

Después de la batalla de Pidna en el 168 a.C. la Liga Aquea estaba controlada por el filorromano Calícrates. Pero el retorno de políticos exiliados desestabilizó la liga, pasando a estar controlada por facciones antirromanas. El enfrentamiento con Roma era inevitable, y la chispa saltó en una mediación fronteriza contra un miembro de la liga, Esparta. Esta solicitó el apoyo de Roma para independizarse de la liga.

La liga declaró la guerra a Esparta en el año 146 a.C. El senado romano decidió intervenir enviando al pretor Metelo. La liga sucumbió ante la superioridad de las legiones  romanas, dando un escarmiento que sirviese de ejemplo ante nuevas sublevaciones: la rica polis de Corinto fue saqueada y destruida.

Conclusión

La independencia política de Grecia concluye con el saqueo de Corinto. El dominio romano se muestra no solo en la nueva provincia romana de Macedonia (a la que se incorporaron nuevos territorios de Epiro e Iliria), sino en el sometimiento del resto del territorio griego al poderoso rodillo del ejército romano.

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

EL OCASO DE LOS HÉROES

Estamos ante un momento crítico de la historia de Grecia. Los restos del Imperio de Alejandro son objeto de disputas  y rencillas entre las familias sátrapas, y la propia Hélade se descompone en luchas intestinas sin ser conscientes del nuevo poder que ha surgido en el Oeste y que pronto pondrá sus miras hacia Oriente: Roma.

El mundo de Occidente

Las Guerras Ilirias

ImagenEl recién creado reino de Iliria provocará la chispa que desencadene todos los acontecimientos posteriores. A mediados del s.III a.C., bajo el liderazgo de Agrón, surge el reino ilirio, nido de piratas y bandidos que, amparados en la orografía de las costas dálmatas, se adaptan a su “oficio” a la perfección, dedican su vida a la práctica de tal esa actividad, ya de larga tradición ya en el Mediterráneo. Inician una expansión por tierras griegas, atacan y saquean tanto islas como ciudades del interior de la costa noroccidental, y provocan un colapso del comercio en el Adriático. La piratería era una plaga desde tiempos inmemoriales, pero los comerciantes itálicos no estaban dispuestos a continuar así. El Senado romano tomó advirtió cartas en el asunto y a los ilirios que cesaran en su actividad, amenazas que fueron desoídas. Esto conllevó que, con la ayuda de un traidor a la causa iliria, Demetrio de Faros, se iniciara la Primera Guerra Iliria (229-228 a.C.), de donde Roma salió victoriosa con bastante facilidad, frenando de esta manera el expansionismo ilirio. Pero no tardará  mucho en estallar de nuevo una Segunda Guerra Iliria (221-219 a.C.), consecuencia de la ambición de este mismo traidor, Demetrio de Faros, que aprovechando la coyuntura favorable que le brinda el debilitamiento del estado ilirio y su alianza con Roma, intentará hacerse con los restos del reino ilirio y del protectorado romano.

La principal consecuencia de este desenlace a favor de Roma será el establecimiento de una cabeza de puente en suelo griego para futuras intervenciones. Roma se convertirá a partir de ahora en un nuevo jugador a tener en cuenta en el ajedrez político griego.

Las Guerras Macedónicas

Como ya hemos mencionado, la situación en Grecia era muy tensa. La reciente Guerra de los Aliados había acrecentado más aún el descontento contra Macedonia y éste degeneró en un nuevo conflicto. Sus enemigos, amparados por Roma, se levantaron de nuevo en armas contra ésta en 215 a.C.: la Confederación Etolia, el reino de Pérgamo, Esparta,… pero con el paso del tiempo, Roma, ahogada en estos momentos por el conflicto púnico, tuvo que retirarse. Poco a poco el resto de los confederados sufrieron un destino parecido hasta quedarse sólo los espartanos, vencidos en Mantinea, y los etolios, que se vieron obligados a firmar la paz en 206 a.C. El conflicto se cerró con la firma de la Paz de Fénice con Roma, la cuál, a pesar de perder parte de su protectorado en Iliria, se reafirmó ya como un nuevo protagonista a tener en cuenta.

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Antíoco III el Grande

Pero esta paz será precaria. Animado por sus victorias, Filipo V firmará un pacto secreto con Antíoco III para repartirse las posesiones egipcias en Asia y el Egeo y extender su influencia por la orilla oriental. Tras una serie de exitosas campañas tanto en el Egeo como en la propia Grecia, chocó de frente con los intereses de los reinos de Rodas y Pérgamo, que tras vencerle en el mar solicitaron la ayuda de Roma.

Excusándose en las ansias expansionistas de Filipo V y la lucha por la libertad de los griegos, vio la oportunidad perfecta para eliminar a su principal escollo a la hora de tener Grecia a sus pies, y decide intervenir militarmente contra Macedonia. En los inicios del conflicto, a pesar de estar aislada y tener que luchar en varios frentes, Macedonia consiguió algunos éxitos, tanto contra bárbaros como contra las ligas de ciudades griegas. Pero en 198 a.C., hará su desembarco Roma, representada por el cónsul Flaminino, que penetró en Macedonia a la cabeza de las poderosas e imponentes legiones romanas. Filipo V no tuvo nada que hacer contra el rodillo romano, y las falanges macedónicas fueron aplastadas sin piedad en Cinoscéfalos. La paz de Tempe pondrá fin a la guerra, quedando Macedonia anulada como potencia militar y política, y abriendo las puertas a Roma para apoderarse de la Hélade.

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El mundo de Oriente

Antíoco III

La situación en Oriente no se encontraba mucho mejor. En el reino Seleúcida había defecciones internas en las satrapías de Persia y Media, y en la zona occidental, Pérgamo había invadido ciertos territorios del poder real. Tras restaurar el orden en el interior, el rey decidió arrebatar al reino lágida de Egipto el sur de Siria (Cuarta Guerra Siria),  pero fue vencido en la batalla de Rafia y tuvo que retirarse hacia sus posesiones.

A Egipto esta victoria iba a costarle muy cara. Tuvo que armar a grupos de indígenas para detener el avance de Antíoco III, grupos marginados de la vida política hasta el momento,  por el intento de helenización de los monarcas lágidas. Esta inestabilidad social estalló en reivindicaciones nacionalistas tras la victoria de Rafia, a lo que el gobierno tuvo que ceder, ocasionando un debilitamiento del poder real.

Antíoco III tuvo que hacer frente a otro problema al regreso a su patria. Su primo Aqueo, que tan buen aliado había sido, aprovechó la ausencia del rey para proclamarse independiente junto a las satrapías iranias. Pero Antíoco III no estaba dispuesto a ceder, e inició una serie de campañas conocidas como el la “Anábasis” (212-205 a.C.), tras las cuáles consiguió restaurar su poder hasta los confines de la India.

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Filipo V de Macedonia

A su regreso, animado por su popularidad, aprovechó el declive del reino lágida de Egipto para firmar un pacto secreto con Filipo V y retomar de nuevo sus viejas aspiraciones de conquistar el reino de Siria. Se lanzó a la batalla en 202 a.C., iniciando así la Quinta Guerra Siria, que concluirá en 200 a.C. tras la decisiva victoria de Panión con la posterior cesión de Palestina y Celesiria. Y no sólo eso, los acontecimientos dieron un giro inesperado que no quiso desaprovechar. Cuando Roma declara la guerra a Filipo V de Macedonia, su antiguo aliado, vio la oportunidad de arrebatar las plazas macedonias de la costa y los Estrechos, y de expandir su influencia en todo el Egeo. Esto no sentó bien, ya que les afectaba de manera directa tanto a Pérgamo como a Rodas, aliados geoestratégicos de Roma en la zona. Finalmente, Roma venció a los macedonios, y pudo prestar más atención a Antíoco III, con el que iniciaron una “guerra psicológica”. La escalada de provocaciones desembocó finalmente en una nueva contienda. Animados por los etolios y la coalición que estaban formando para encauzar los descontentos contra los romanos, los seleúcidas vieron la oportunidad idónea para dar un golpe de efecto. Pero cuál fue su sorpresa al ver cómo uno de sus principales aliados en Grecia, el tirano Nabis, fue borrado del mapa rápidamente, y cómo el apoyo a esa coalición era escaso y no tan popular como la propaganda política lo había vendido. Las fuerzas sirio-etolias se atrincheraron en las Termópilas, donde se hicieron fuertes, pero en 191 a.C. no pudieron contener la embestida de las legiones romanas que les arrollaron, teniendo que retirarse a Asia. Los romanos no cejaron en su empeño de acabar con él, y siguieron al Seleúcida hasta allí, donde, junto con las flotas de Rodas y Pérgamo, le infligieron dos decisivas derrotas en Magnesia y Sípolo. Finalmente, se firmó en 188 a.C. la “Paz de Apamea”, donde los grandes vencedores, en especial Pérgamo, se repartieron los territorios arrebatados a Antíoco III.

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Mapa del Oriente tras la paz de Apamea

Como consecuencia de todo esto, en el Mediterráneo Oriental se rompió por completo el equilibrio entre las tres potencias tradicionales, y ya no volvió a haber ningún poder predominante que pudiera hacer frente a Roma, quién no tardaría en extender su dominio por todo el Mediterráneo.

BIBLIOGRAFÍA

BLÁZQUEZ, J.M (coord.) et al.; Historia de Grecia, Cátedra, 1986,Madrid.

BRAVO, G., Historia del mundo antiguo, Crítica, 2005, Madrid.

GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Historia de Grecia en la Antigüedad, Akal, 2011, Madrid.

HIDALGO, Mª. J., SAYAS, J.J., ROLDÁN, J. M (coord.), Historia de la Grecia Antigua, Salamanca, 2005, Salamanca.

Pedro Aguado González

Delia Egea Gómez

Manuel García Salazar

Rubén Rodríguez Galán

El avispero Helenístico (246-229 a. C)

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Altar de Zeus de Pérgamo (museo de Pérgamo en Berlín)

La  Segunda Guerra Siria demostró  que las viejas rencillas iniciadas por los diadocos no habían terminado, y más con el ímpetu expansionista mantenido por Ptolomeo II Filadelfo. La alianza entre el rey seléucida, Antíoco II, y el rey macedonio, Antígono II, había conseguido derrotar  a Filadelfo, frenando la injerencia política de los Ptolomeos en el área del mar Egeo.

Para muchas poleis griegas, “la sombra de Filadelfo” suponía protección frente al poderoso vecino macedonio. Y la derrota sufrida por Filadelfo podía constituir un aumento del dominio de Antígono II. Éste, pese a sobrevivir siete años a Filadelfo y Antíoco, no consiguió extender su influencia sobre la Grecia continental y sus ligas.

Las Ligas

La constitución de Ligas como forma de buscar protección colectiva venia de tiempo atrás en el mundo griego, casi siempre asociadas a una actitud defensiva. A mediados del siglo III a.C. dos de ellas alcanzaran el estatus de potencias, interviniendo en la política exterior  del mundo griego.

La Liga Etolia: en los inicios del siglo III a.C., tribus celtas procedentes del norte penetraron en Grecia continental. Ante la pasividad de Antígono, Etolia, región poco urbanizada y con escaso protagonismo en los procesos históricos anteriores, salva del saqueo al santuario de Delfos. La enorme importancia espiritual que tenía para los griegos Delfos, ahora en manos de los etolios, permitió a Etolia constituir  una liga para protegerse. Liga a la que se sumaron la mayoría de los Estados de la Grecia Central, desde el mar de Tesalia hasta el sur de Epiro.

La Liga Etolia funcionaba de forma federada. Los  miembros se reunían periódicamente en una asamblea general con carácter soberano, donde se decidía entre otras cuestiones sobre la elección de los magistrados que ostentaban el poder ejecutivo, o sobre la paz y la guerra.

La Liga Aquea: en el 280 a.C. se formó la alianza de poleis en el norte del Peloponeso. También tenía carácter federal, con una asamblea electiva que nombraba un poder ejecutivo compuesto por un general y magistrados.

En el año 251 a.C. ingresa en La Liga Aquea la ciudad de Sición. En esta ciudad-estado se había producido el derrocamiento del tirano que la gobernaba, tomando el poder Arato. Sición encuentra en la Liga aquea el refugio donde guarnecerse de la injerencia de Macedonia, proclive al apoyo de los tiranos. Arato en el 247 a.C. fue nombrado general de la alianza por un periodo de veinte años. Durante su mandato  la liga tendrá una fuerte intervención en los asuntos internos de los Estados vecinos, recurriendo a alianzas temporales y circunstanciales con las potencias griegas para conseguir sus objetivos. Así, en el 243 a.C. en una primera acción  contra Macedonia, se alió con Esparta para conseguir la liberación de Corinto. Por otra parte, Macedonia encuentra la alianza de La liga Etolia con la intención de invadir territorio de los aqueos. Fracasó esta invasión, firmándose la paz en el 241 a.C., por la cual Macedonia perdía Corinto.

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La crisis de Esparta

A la muerte de Antígono, en 239 a.C., el trono de Macedonia pasó a su hijo, Demetrio II. En principio, Demetrio continuó la política de su padre de alianza con la Liga Etolia frente a la Liga Aquea y Esparta. Sin embargo, el equilibrio de poder en Grecia estaba en esa época sufriendo un vuelco, y las alianzas vigentes hasta entonces pronto perderían su vigencia.

El motor de este cambio fue la grave crisis sufrida en Esparta a mediados del siglo III a.C. En esencia, se trataba de una crisis agrícola, provocada por la acumulación de la inmensa mayoría de tierras en las manos de tan solo unas cien familias espartanas. Esto dejó a gran parte de la población libre en un estado de pobreza extrema, que a su vez resultó en la pérdida de potencial militar para Esparta, ya que la participación en el ejército y el armamento necesario corrían a cargo de los propios ciudadanos.

En 245 a.C. subió a uno de los dos tronos de Esparta el joven e idealista Agis IV. Éste se propuso poner fin a la crisis por medio de medidas populistas como la cancelación de las deudas y la redistribución de las tierras. Así pretendía devolver a los lacedemonios empobrecidos su poder adquisitivo y su capacidad para contribuir al ejército. Naturalmente, los ciudadanos más privilegiados, así como el otro rey, Leónidas II, se oponían a estas medidas.

Aprovechando una campaña de Agis en Acaya en 241 a.C., Leónidas se hizo con el poder absoluto en la ciudad y consiguió que salieran elegidos cinco éforos (poderosos magistrados municipales) afines a él y enfrentados a Agis. Cuando el joven rey volvió a Esparta, fue apresado y encarcelado. En la misma cárcel tuvo lugar un simulacro de juicio, y Agis fue ejecutado de inmediato.

Leónidas II murió en 235 a.C., y fue sucedido por su hijo Cleómenes III. Unos años antes, Leónidas había obligado a Cleómenes a contraer matrimonio con Agiatis, la viuda de Agis, para hacerse con la herencia de su rival. Pero Agiatis consiguió convencer a su nuevo marido de que las reformas intentadas por Agis serían positivas para Esparta. Cuando Cleómenes subió al trono se dedicó a promulgar estas medidas incluso con mayor insistencia que Agis.

Macedonia entre Demetrio II y Antígono III

El nuevo rey de Macedonia, Demetrio II, quería recuperar la influencia de su país en Grecia, en detrimento de sus aliados de la Liga Etolia. Éstos reaccionaron rompiendo su pacto y aliándose a su vez con los aqueos, sus antiguos enemigos. Comenzó así, en 238 a.C., una breve guerra de la que los macedonios salieron victoriosos. Sin embargo, Demetrio, conocido con el sobrenombre de Etolio tras su triunfo, no consiguió restablecer la antigua influencia macedónica en el Peloponeso.

Además, el rey tuvo que hacer frente a una nueva amenaza por el norte: los dardanios, una tribu que habitaba las regiones de Iliria y Tracia. En 229 a.C., Demetrio II murió durante una campaña en la frontera septentrional de Macedonia. Su fallecimiento tuvo nefastas consecuencias para su reino, ya que todas las alianzas se deshicieron y los macedonios se quedaron aislados.

El hijo de Demetrio, Filipo V, tenía sólo nueve años a la muerte de su padre, por lo que la regencia recayó en Antígono III Dosón, primo del difunto rey. Antígono demostró tener una gran habilidad tanto en política como en el campo de batalla. Aseguró la frontera norte frente a la amenaza dardania y reconquistó Tesalia, que se había unido a la Liga Etolia.

Ascenso y caída de Cleómenes de Esparta

Las reformas de Cleómenes en Esparta resultaron de un éxito rotundo, y pronto varias ciudades de la Liga Aquea se plantearon abandonar la Liga para aliarse con Esparta. Así, Cleómenes conquistó con relativa facilidad la región de Arcadia y llegó con su ejército hasta Corinto. En esta tesitura, el rey de Egipto, Ptolomeo III Evergetes, acérrimo enemigo de Macedonia, retiró su apoyo a la Liga Aquea para aliarse con Esparta, viendo en Cleómenes un auténtico caballo ganador.

Arato de Sición, otrora el rey más poderoso de la Liga Aquea, veía con desesperación el derrumbe de la alianza y pidió ayuda a Antígono frente al avance de Esparta. El regente macedonio se aprovechó inmediatamente de la ocasión que se le presentaba, y marchó sobre Corinto, obligando a Cleómenes a retroceder y a abandonar casi todos los territorios que había conquistado.

Antígono, ya al mando de las tropas de la Liga Aquea además de las suyas propias, se dirigió directamente contra Lacedemonia. La última batalla de Cleómenes tuvo lugar en el verano de 222 a.C. en Selasia, a diez kilómetros de Esparta. Más de una cuarta parte de los soldados espartanos murieron en el enfrentamiento, y por primera vez tropas macedonias entraron en Esparta.

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Moneda de Antígono III Dosón

Cleómenes huyó a Egipto, refugiándose en la corte de su aliado Ptolomeo III. Sin embargo, éste murió el mismo año, y su hijo, Ptolomeo IV Filopátor, le retiró la ayuda. Cleómenes trató de comenzar una revuelta contra Ptolomeo IV, pero fracasó y, en 219 a.C., se suicidó tras comprobar que no recuperaría nunca su trono. Antígono, por su parte, falleció en 221 a.C., y Filipo V, ya mayor de edad, se convirtió en rey de pleno derecho de la nuevamente gloriosa Macedonia.

De Lágidas  y  Seléucidas

En el año 246 fallece el rey Antíoco II, dejando sumido al reino seléucida en una guerra dinástica en la que intervendrá nuevamente Egipto. Seleuco II, fruto del primer matrimonio entre Antíoco II y Laonice, fue proclamado rey. Pero Berenice, segunda esposa del fallecido y hermana de  Ptolomeo III, pretendía que su hijo fuese el elegido y para defender sus intereses pidió ayuda a su hermano.

Cuando el rey lágida Ptolomeo III se presentó en Siria, su hermana y su sobrino habían sido asesinados. Ante tal ofensa decidió vengarse, ocupando militarmente el reino seléucida, dando comienzo a la Tercera Guerra Siria. Al mismo tiempo en  Egipto habían surgido problemas internos que debía solucionar. Sin haber consolidado las conquistas tuvo que partir a Egipto, dejando una guarnición que fue derrotada por el rey Seleuco II. Casi todo el territorio fue reconquistado, volviendo a reestablecerse la soberanía seléucida.

Una vez instaurado el gobierno, Seleuco II asoció como corregente a su hermano Antíoco  Híerax (el Halcón). Este, apoyado por oligarquías regionales, traiciona a su hermano al independizar los territorios de Asia Menor. Así, en el año 241 se inició el conflicto conocido como la “Guerra de los Hermanos” que trascurrirá hasta el 239 a.C. Híerax contrarresta su inferioridad militar con apoyos de las poleis del Ponto y con tropas mercenarias gálatas, consiguiendo derrotar a su hermano y obligándole a firmar un armisticio por el cual Híerax se quedaba con la parte norte de Asia Menor.

Pérgamo y la “mafia celta”

Sobre una colina en el valle del río Selinus se alza la ciudad de Pérgamo, capital del reino que gobernó gran parte de Anatolia hasta el S. II a. C.

Sin embargo, los orígenes de este reino fueron muy humildes. En tiempos de Alejandro Magno no era más que un pueblo amurallado sobre un monte, lejos del mar y de cualquier ruta importante. Durante algún tiempo la ciudad perteneció al dominio de Antígonos Monoftalmós (el Tuerto), y luego al de Lisímaco, rey de Tracia y Macedonia.  Sin embargo este pueblo tenía cierta autonomía, en parte debido al talento diplomático de Filetero, gobernador y fundador de la dinastía atálida.

Filetero supo ganarse la amistad de sus poderosos vecinos los seléucidas, y la ciudad conoció un tiempo de prosperidad. Sin embargo todo cambió bajo el reinado de Eumenes, sobrino del desaparecido Filetero. El nuevo gobernador se enfrentó a sus antiguos aliados, probablemente animado por la guerra que los seléucidas mantenían contra el otro gran imperio oriental: el Egipto Ptolemaico. Eumenes caldeó la situación hasta el punto de obligar a los seléucidas a atacar Pérgamo. Sin embargo y contra todo pronóstico, los seléucidas fueron derrotados cerca de Sardes. De este modo Eumenes se autonombró rey de Pérgamo, comenzando un período de conquistas que llevaron a Pérgamo a hacerse con la mayor parte de Asia Menor.

En estos mismos años la situación interna en el reino seléucida se había deteriorado gravemente. Seleuco II se encontraba en una guerra civil frente a su hermano Antíoco Hierax, y ambas partes recurrían a los servicios de los bárbaros gálatas como mercenarios. Estos mercenarios, ante el caos de la guerra civil, comenzaron a actuar por cuenta propia como una mafia, exigiendo a las ciudades tributos a cambio de su “protección”. Ante esta amenaza descontrolada Atalo, sucesor de Eumenes en el trono de Pérgamo, decidió acabar con esta práctica. Negándose a pagar el tributo, obligó a los gálatas a atacar la capital, donde los bárbaros fueron derrotados aplastantemente. Esta victoria permitió a Atalo convertirse en el nuevo campeón del helenismo y adoptar el sobrenombre de Soter (Salvador). Al mismo tiempo el monarca desarrolló una de las mejores campañas de propaganda de la antigüedad, favoreciendo las artes y patrocinando obras públicas tanto en Pérgamo como en Atenas.

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Gálata moribundo, copia romana de la obra encargada por Atalo I

Atalo, lleno de éxito y confianza, decidió acabar por su cuenta con Antíoco el Halcón, consiguiendo de este modo expulsar a los seléucidas de Asia Menor…al menos por el momento. Pero Atalo había comenzado un juego muy peligroso. Pérgamo, a pesar de sus reciente éxitos, era todavía un pez pequeño en un acuario lleno de tiburones. Antíoco III, el nuevo rey seleúcida, puso en marcha todo el poderío militar de su imperio y dirigió toda su atención sobre Pérgamo. Sin embargo fue Aqueo, un gobernador local seléucida quien primero atacó.

Atalo, sabedor de que había despertado a un gigante, aprovechó la vía diplomática para apaciguar a su vecino. Así pues decidió apoyar a Antíoco III frente a Aqueo que,  borracho de éxito tras la victoria sobre Atalo, se había sublevado contra la autoridad real. Antíoco, en agradecimiento, reconoció a Atalo como rey del reino independiente de Pérgamo, además de respetar gran parte de sus conquistas.

A pesar de los continuos conflictos armados, este período fue el más brillante en la historia de Pérgamo. Había pasado de ser un pueblo sobre un monte a convertirse en capital de un floreciente reino que estaba destinado en un futuro no muy lejano a jugar un papel decisivo en el transcurso de la historia de Oriente Próximo.

Las orillas del mundo

El imperio seléucida era un gigante con los pies de barro. Si bien en teoría controlaba la mayor parte de Oriente Próximo y Medio, en realidad ese control era más nominal que efectivo. En las provincias más lejanas, Bactria, Sogdiana y Partia, el control seléucida era casi inexistente, pues los intereses imperiales se centraban más en el Mediterráneo, sobre todo a la hora enfrentarse al Egipto Ptolemaico. A este desinterés por parte de la monarquía se une el acaparamiento de los puestos administrativos por elementos griegos en perjuicio de los jerarcas locales. Este hecho fue alimentando un resentimiento antigriego cada vez más marcado. Así que los iranios, sabedores de que no podían hacer frente al emperador por las armas, decidieron en un primer momento hacer uso de la resistencia pasiva ignorando su autoridad y actuando por cuenta propia. Pero ante la inacción del poder central, pronto este sabotaje pasivo se convirtió en un movimiento independentista cada vez más fuerte y organizado.

El primer movimiento independentista tuvo lugar en Partia e Hircania, donde el sátrapa local Andrágoras se declaró independiente en 245 a. C. aprovechando que Seleuco II estaba luchando en Occidente.  En 239 a. C  Arsaces, un príncipe iranio, derroca a Andrágoras y mantiene un pulso con Seleuco II. Pero el emperador tuvo que hacer frente una vez más a otra guerra en occidente, donde su hermano Hiérax había usurpado el trono. Seleuco II dirigió sus fuerzas contra el usurpador, pero no tuvo más remedio que abandonar Partia. Esta situación fue aprovechada por Arsaces, que pronto se hizo con el poder de buena parte de Asia Central. Así pues Arsaces se convirtió en el fundador del imperio parto, el cual estaba destinado a ser el más importante de todo Oriente Medio, tan poderoso que fue capaz de frenar las legiones romanas.

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Relieve de un guerrero parto en el Castillo Zahhak (Irán)

En Bactria y Sogdiana, la situación fue especial. Si bien habían quedado aisladas del resto del imperio seléucida, en estas regiones no hubo un sentimiento tan independentista. De hecho, se mantuvieron buena parte de las costumbres griegas, aunque cada vez más mezcladas con elementos nativos. Así pues, en estas regiones surgió una civilización sincrética, mezclando elementos griegos y nativos por igual, y que mantuvo contactos tanto con la India como con Occidente.

La nueva generación

Seleuco II murió en 226 a. C. mientras luchaba contra los galos. Fue sucedido por su hijo Seleuco III el Salvador, pero fue asesinado tres años después mientras se disponía a aplastar Pérgamo. Su ejército nombró emperador a su hermano Antíoco, el tercero de su nombre. El nuevo monarca tenía unas excelentes dotes para el mando, y parecía predestinado a devolver al imperio su antigua gloria.

En esas mismas fechas era nombrado rey de Macedonia Filipo V, individuo igualmente dotado para el gobierno. Ambos monarcas parecían presagiar una época de estabilidad y prosperidad interna para sus reinos. Sin embargo, algo se revolvía en Occidente. Pronto comenzaron a llegar noticias inquietantes: Cartago había caído. Y ni Seléucidas, ni Ptolomeos ni Antigónidas estaban preparados para lo que se avecinaba.

 

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

PLUTARCO. Vidas paralelas. Libro XIX. Agis y Cleómenes.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

 

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte