EL RODILLO ROMANO

(La conquista del mundo griego)

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Un nuevo equilibrio

Roma cambió por completo el tablero de juego oriental. Si bien hasta el momento habían sido seléucidas, lágidas y macedonios quienes llevaban la voz cantante en los asuntos helenísticos, Roma decidió dar más importancia a otras potencias secundarias en perjuicio de los peces grandes. Así, el equilibrio basculó hacia Pérgamo, la Liga Aquea y Rodas, que cumplían la función de contrarrestar el poder de los grandes imperios. Además, dado el trato de favor por parte de Roma, en el senado se esperaba que estos estados actuasen con agradecimiento respecto a su protector.

Pero Roma pronto vio que se había metido en un avispero. La galaxia de estados helenísticos y sus continuos problemas políticos, sociales y económicos convirtió lo que parecía una conquista fácil en un continuo quebradero de cabeza para el nuevo árbitro. Por otra parte, las acciones llevadas a cabo por Roma no pueden calificarse de sutiles: siempre que había un conflicto interno en un estado, Roma arbitraba siempre a favor de la clase dominante, creando de este modo un poso de resentimiento que estalló en innumerables movimientos nacionalistas y antirromanos.

Los continuos problemas y el continuo tráfico de embajadas helenísticas en Roma, muchas de las cuales eran contrarias entre sí, obligó al senado romano a actuar cada vez con más dureza. Las medidas excepcionales tomadas por Roma pronto se convirtieron en costumbre, y esta costumbre desembocó en el imperialismo que supondría el fin de la independencia de los cada vez más debilitados reinos helenísticos.

La úlcera griega

El clima político en la Grecia continental estaba más que caldeado. Roma apenas había sido capaz de imponer una precaria paz entre macedonios, etolios y aqueos. Irremediablemente, el conflicto estalló de nuevo en 190 a.C., cuando los etolios, reunidos en la Liga Etolia, declaran la guerra a la Liga Aquea, aliada de Macedonia y de Roma. El senado envió al cónsul Fulvio Nobilior para acabar con las aspiraciones etolias y calmar la situación. La guerra se saldó con la derrota etolia en el asedio de Ambracia ante las fuerzas aliadas de aqueos, macedonios y romanos.

Fue entonces cuando Filopemén, líder de la Liga Aquea, aprovecha esta victoria para dominar por su cuenta todo el Peloponeso. Esparta, hostil a la liga, envía una embajada a Roma pidiendo que aplacase las ansias aqueas. Filopemén en respuesta ataca Esparta y abole la constitución de Licurgo (Rhetra), vigente en la ciudad desde hacía quinientos años.  Sin embargo, Filopemén es derrotado y muerto por los mesenios en 183 a.C.

A estas alturas Roma ya estaba cansada de las continuas guerras y embajadas de los griegos. Pero por una vez y para variar, Roma decidió no actuar directamente. Dejó que Calícrates, personaje poderoso de la Liga Aquea y favorable a Roma, devolviese la paz al Peloponeso en 181 a.C. restituyendo todo lo que había destruido Filopemén.

Pero Roma tenía problemas mucho más importantes que resolver más al Este.

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Pérgamo y Rodas

Pérgamo, fiel aliada de Roma, fue invadida por el vecino reino de Bitinia. Las peticiones de ayuda de Eumenes, rey de Pérgamo, fueron escuchadas en Roma, y el senado obligó a Bitinia a retirarse. Pero la guerra de nuevo llamó a las puertas de Pérgamo. Poco después fue Ponto, aliado de Bitinia, quien invadió Pérgamo. Pero esta vez el senado no movió un dedo por Pérgamo. La guerra acabó con victoria pergamena, pero las relaciones entre ambos estados se enfriaron notablemente: Pérgamo se sentía traicionada, mientras que Roma desconfiaba de un Eumenes que cada vez era más poderoso y osado.

Por otra parte, Rodas se había convertido gracias a Roma en una potencia comercial sede de una confederación muy próspera de ciudades. Además, había obtenido tras Apamea la región continental de Licia, aunque fue un regalo envenenado. Las continuas revueltas licias eran aplastadas brutalmente por Rodas, y ante esta situación los licios pidieron el amparo de Roma. Rodas confiaba en que el senado ignorase estas súplicas, pero de nuevo la esquizofrénica política romana dio un giro y arbitró a favor de los licios.

La política exterior romana puede verse desde varios puntos de vista: por una puede estar encaminada a mantener el equilibrio en la zona, evitando que unos peces acaben engullendo a los otros. Por otra parte, puede ser producto de un proyecto más obscuro destinado a debilitar a todas las potencias por igual, a fin de que no tuviesen más remedio que pedir el auxilio del senado para resolver sus disputas. De este modo se lograría una conquista con menos costes y con menos oposición interna. Por último, esta política responde también a las continuas luchas internas entre las diferentes familias del senado romano, las cuales, al igual que los políticos actuales, se dedicaban a buscar beneficios propios mientras se oponían ciegamente a los proyectos de la otra parte.

La Tercera Guerra Macedónica

Filipo V de Macedonia falleció en 179 a.C., siendo sucedido en el trono por su hijo Perseo. Una de las primeras medidas de éste fue la renovación del tratado de alianza con Roma, pero pronto se enfrentaría con la potencia italiana. Perseo llevó a cabo numerosas medidas para ayudar a las clases bajas de Macedonia, mientras que los estratos acomodados eran generalmente favorables a Roma.

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Tetradracma de Perseo

En política exterior, Perseo consiguió mediante una hábil diplomacia restaurar en parte el prestigio de Macedonia en Grecia e incluso Asia Menor, lo cual preocupaba al rey de Pérgamo, Eumenes II. Éste viajó personalmente a Roma para convencer al Senado de la ciudad de declarar la guerra a Perseo. En 171 a.C., comenzó la ofensiva romana y estalló la Tercera Guerra Macedónica.Perseo se reveló como un hábil general, saliendo victorioso en todas las batallas durante los tres primeros años de la guerra. Sin embargo, las cosas cambiaron con el nombramiento como cónsul, en 168 a.C., de Lucio Emilio Paulo, un veterano de las guerras contra los lusitanos en Hispania. Las fuerzas macedónicas y romanas se enfrentaron el 22 de junio en Pidna, donde la victoria de Roma fue total. Perseo fue capturado y encarcelado en Roma, y el reino de Macedonia fue disuelto, terminando así más de un siglo de reinado de la dinastía Antigónida.

Después de Pidna

Paulo no tuvo piedad ninguna con el enemigo derrotado, y esta crueldad fue sólo el principio de lo que sería, tras la derrota definitiva de Macedonia, la nueva política de Roma en Grecia. Rápidamente, se pasó de la diplomacia, con distintas alianzas firmadas con estados griegos, a una auténtica política imperialista.

El antiguo reino de Macedonia se dividió en cuatro repúblicas vasallas de Roma. Parecida suerte corrieron los territorios de Iliria y el Epiro, aliados de Macedonia y que no tenían ninguna posibilidad para resistir el envite romano.

Los romanos se dirigieron entonces a la Grecia peninsular, con el objetivo de purgar los elementos antirromanos. Unos mil políticos y generales de la Liga Aquea fueron deportados a Italia, entre ellos el historiador Polibio, cuyo padre se había opuesto activamente a la influencia romana en Macedonia. Polibio se convertiría en el tutor de los hijos del cónsul Paulo. La Liga Aquea fue puesta en manos de un títere de Roma, mientras la Liga Etolia fue disuelta por completo, y se desató en Grecia una brutal persecución de los opositores a Roma por parte de sus conciudadanos prorromanos.

Pero la injerencia de Roma no acabó allí, ya que hubo consecuencias negativas incluso para sus estados aliados. La isla de Delos fue arrebatada del control de Rodas, que había intentado mediar en la guerra, lo cual resultó catastrófico para la economía rodia. En cuanto a Eumenes II, Roma le retiró su apoyo y, en 166 a. C., declaró libres a los gálatas, tradicionales enemigos de Pérgamo.

Lágidas y Seléucidas de Apamea a Pidna

En el reino seléucida de Antíoco III, la paz de Apamea supuso la pérdida de los territorios de Asia menor. Roma quiso también debilitar al reino lágida, permitiendo a los sirios recuperar los territorios de Palestina y Celesiria, perdidos ante los egipcios durante la Quinta Guerra Siria. Sin embargo, por el mismo tratado de Apamea, los seléucidas estaban obligados al pago de una importante indemnización a Roma. Esta carga lastró la autonomía política de los reinos seléucidas. El propio rey Antíoco fue asesinado en el año 187 a.C. mientras intentaba recolectar tributos con los que pagar la cláusula económica.

Durante el reinado de Seleuco IV, hijo de Antíoco III, los seléucidas siguieron teniendo los mismos problemas económicos para pagar la deuda a Roma. Tras la muerte del rey, ocupó la regencia su hermano Antíoco. El asesinato de su sobrino, el heredero de la corona, le aupó a ser proclamado rey como Antíoco IV.

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Antíoco IV Epifanes

Mientras, el reino lágida de Ptolomeo V está inmerso en una guerra secesionista en el Alto Nilo, impidiéndole recuperar los territorios perdidos de Palestina y Celesiria. A su muerte, ocupó la regencia su esposa Cleopatra, hija del rey seléucida Antíoco III. Durante su regencia las relaciones entre lágidas y seléucidas fueron buenas, pero la situación cambió tras su muerte en el 176 a.C. Como los herederos (los futuros Ptolomeo VI, Cleopatra II y Ptolomeo VII) eran menores, asumieron la regencia dos eunucos que tenían rencor a los seléucidas. Utilizaron la regencia para dar rienda suelta a sus odios. Así, declararon mayor de edad a Ptolomeo VI, y aprovechándose de su juventud iniciaron una campaña militar con la intención de recuperar los territorios de Palestina y Siria occidental, dando inicio a la” Sexta Guerra Siria”.

Tanto lágidas como seléucidas buscaron la ayuda de la poderosa Roma. Ocupada en la guerra contra Macedonia, Roma no intervino en ese momento en el conflicto. Los seléucidas aplastaron sin dificultad las tropas lágidas, ocupando todo el país excepto Alejandría.

Antíoco IV intento en otra campaña conquistar Alejandría. Roma mientras tanto ya había acabado con Perseo en Macedonia, y el Senado decidió extender sus intereses interviniendo en el conflicto en favor de Egipto. Roma lanzó un ultimátum a Antíoco IV para que devolviese los territorios ocupados en la guerra. La amenaza de Roma amedrentó a los seléucidas, regresando a su país.

Fin de la independencia griega

Roma se había mostrado militarmente implacable en Macedonia. Pero una vez ocupado el reino, no mostró un programa político para gobernarlo, dejando el gobierno en manos de títeres filorromanos que se mostraron corruptos e ineficaces. En este descontento, surgió la figura del “falso Filipo”. Un osado aventurero se hace pasar por el hijo de Perseo, envolviéndose en el nacionalismo latente se proclama rey, aglutinando a la gran masa de descontentos con la ocupación romana. Inició una campaña militar que le llevó a tener unos éxitos iniciales frente a una legión romana. Roma se tomó entonces el asunto en serio y acabo de manera implacable la aventura del “falso Filipo”, aplastándolo en el mismo lugar donde lo había hecho a su falso padre, en Pidna. Con el propósito de evitar más sublevaciones, Macedonia fue incorporada al Imperio como provincia.

Después de la batalla de Pidna en el 168 a.C. la Liga Aquea estaba controlada por el filorromano Calícrates. Pero el retorno de políticos exiliados desestabilizó la liga, pasando a estar controlada por facciones antirromanas. El enfrentamiento con Roma era inevitable, y la chispa saltó en una mediación fronteriza contra un miembro de la liga, Esparta. Esta solicitó el apoyo de Roma para independizarse de la liga.

La liga declaró la guerra a Esparta en el año 146 a.C. El senado romano decidió intervenir enviando al pretor Metelo. La liga sucumbió ante la superioridad de las legiones  romanas, dando un escarmiento que sirviese de ejemplo ante nuevas sublevaciones: la rica polis de Corinto fue saqueada y destruida.

Conclusión

La independencia política de Grecia concluye con el saqueo de Corinto. El dominio romano se muestra no solo en la nueva provincia romana de Macedonia (a la que se incorporaron nuevos territorios de Epiro e Iliria), sino en el sometimiento del resto del territorio griego al poderoso rodillo del ejército romano.

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

El avispero Helenístico (246-229 a. C)

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Altar de Zeus de Pérgamo (museo de Pérgamo en Berlín)

La  Segunda Guerra Siria demostró  que las viejas rencillas iniciadas por los diadocos no habían terminado, y más con el ímpetu expansionista mantenido por Ptolomeo II Filadelfo. La alianza entre el rey seléucida, Antíoco II, y el rey macedonio, Antígono II, había conseguido derrotar  a Filadelfo, frenando la injerencia política de los Ptolomeos en el área del mar Egeo.

Para muchas poleis griegas, “la sombra de Filadelfo” suponía protección frente al poderoso vecino macedonio. Y la derrota sufrida por Filadelfo podía constituir un aumento del dominio de Antígono II. Éste, pese a sobrevivir siete años a Filadelfo y Antíoco, no consiguió extender su influencia sobre la Grecia continental y sus ligas.

Las Ligas

La constitución de Ligas como forma de buscar protección colectiva venia de tiempo atrás en el mundo griego, casi siempre asociadas a una actitud defensiva. A mediados del siglo III a.C. dos de ellas alcanzaran el estatus de potencias, interviniendo en la política exterior  del mundo griego.

La Liga Etolia: en los inicios del siglo III a.C., tribus celtas procedentes del norte penetraron en Grecia continental. Ante la pasividad de Antígono, Etolia, región poco urbanizada y con escaso protagonismo en los procesos históricos anteriores, salva del saqueo al santuario de Delfos. La enorme importancia espiritual que tenía para los griegos Delfos, ahora en manos de los etolios, permitió a Etolia constituir  una liga para protegerse. Liga a la que se sumaron la mayoría de los Estados de la Grecia Central, desde el mar de Tesalia hasta el sur de Epiro.

La Liga Etolia funcionaba de forma federada. Los  miembros se reunían periódicamente en una asamblea general con carácter soberano, donde se decidía entre otras cuestiones sobre la elección de los magistrados que ostentaban el poder ejecutivo, o sobre la paz y la guerra.

La Liga Aquea: en el 280 a.C. se formó la alianza de poleis en el norte del Peloponeso. También tenía carácter federal, con una asamblea electiva que nombraba un poder ejecutivo compuesto por un general y magistrados.

En el año 251 a.C. ingresa en La Liga Aquea la ciudad de Sición. En esta ciudad-estado se había producido el derrocamiento del tirano que la gobernaba, tomando el poder Arato. Sición encuentra en la Liga aquea el refugio donde guarnecerse de la injerencia de Macedonia, proclive al apoyo de los tiranos. Arato en el 247 a.C. fue nombrado general de la alianza por un periodo de veinte años. Durante su mandato  la liga tendrá una fuerte intervención en los asuntos internos de los Estados vecinos, recurriendo a alianzas temporales y circunstanciales con las potencias griegas para conseguir sus objetivos. Así, en el 243 a.C. en una primera acción  contra Macedonia, se alió con Esparta para conseguir la liberación de Corinto. Por otra parte, Macedonia encuentra la alianza de La liga Etolia con la intención de invadir territorio de los aqueos. Fracasó esta invasión, firmándose la paz en el 241 a.C., por la cual Macedonia perdía Corinto.

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La crisis de Esparta

A la muerte de Antígono, en 239 a.C., el trono de Macedonia pasó a su hijo, Demetrio II. En principio, Demetrio continuó la política de su padre de alianza con la Liga Etolia frente a la Liga Aquea y Esparta. Sin embargo, el equilibrio de poder en Grecia estaba en esa época sufriendo un vuelco, y las alianzas vigentes hasta entonces pronto perderían su vigencia.

El motor de este cambio fue la grave crisis sufrida en Esparta a mediados del siglo III a.C. En esencia, se trataba de una crisis agrícola, provocada por la acumulación de la inmensa mayoría de tierras en las manos de tan solo unas cien familias espartanas. Esto dejó a gran parte de la población libre en un estado de pobreza extrema, que a su vez resultó en la pérdida de potencial militar para Esparta, ya que la participación en el ejército y el armamento necesario corrían a cargo de los propios ciudadanos.

En 245 a.C. subió a uno de los dos tronos de Esparta el joven e idealista Agis IV. Éste se propuso poner fin a la crisis por medio de medidas populistas como la cancelación de las deudas y la redistribución de las tierras. Así pretendía devolver a los lacedemonios empobrecidos su poder adquisitivo y su capacidad para contribuir al ejército. Naturalmente, los ciudadanos más privilegiados, así como el otro rey, Leónidas II, se oponían a estas medidas.

Aprovechando una campaña de Agis en Acaya en 241 a.C., Leónidas se hizo con el poder absoluto en la ciudad y consiguió que salieran elegidos cinco éforos (poderosos magistrados municipales) afines a él y enfrentados a Agis. Cuando el joven rey volvió a Esparta, fue apresado y encarcelado. En la misma cárcel tuvo lugar un simulacro de juicio, y Agis fue ejecutado de inmediato.

Leónidas II murió en 235 a.C., y fue sucedido por su hijo Cleómenes III. Unos años antes, Leónidas había obligado a Cleómenes a contraer matrimonio con Agiatis, la viuda de Agis, para hacerse con la herencia de su rival. Pero Agiatis consiguió convencer a su nuevo marido de que las reformas intentadas por Agis serían positivas para Esparta. Cuando Cleómenes subió al trono se dedicó a promulgar estas medidas incluso con mayor insistencia que Agis.

Macedonia entre Demetrio II y Antígono III

El nuevo rey de Macedonia, Demetrio II, quería recuperar la influencia de su país en Grecia, en detrimento de sus aliados de la Liga Etolia. Éstos reaccionaron rompiendo su pacto y aliándose a su vez con los aqueos, sus antiguos enemigos. Comenzó así, en 238 a.C., una breve guerra de la que los macedonios salieron victoriosos. Sin embargo, Demetrio, conocido con el sobrenombre de Etolio tras su triunfo, no consiguió restablecer la antigua influencia macedónica en el Peloponeso.

Además, el rey tuvo que hacer frente a una nueva amenaza por el norte: los dardanios, una tribu que habitaba las regiones de Iliria y Tracia. En 229 a.C., Demetrio II murió durante una campaña en la frontera septentrional de Macedonia. Su fallecimiento tuvo nefastas consecuencias para su reino, ya que todas las alianzas se deshicieron y los macedonios se quedaron aislados.

El hijo de Demetrio, Filipo V, tenía sólo nueve años a la muerte de su padre, por lo que la regencia recayó en Antígono III Dosón, primo del difunto rey. Antígono demostró tener una gran habilidad tanto en política como en el campo de batalla. Aseguró la frontera norte frente a la amenaza dardania y reconquistó Tesalia, que se había unido a la Liga Etolia.

Ascenso y caída de Cleómenes de Esparta

Las reformas de Cleómenes en Esparta resultaron de un éxito rotundo, y pronto varias ciudades de la Liga Aquea se plantearon abandonar la Liga para aliarse con Esparta. Así, Cleómenes conquistó con relativa facilidad la región de Arcadia y llegó con su ejército hasta Corinto. En esta tesitura, el rey de Egipto, Ptolomeo III Evergetes, acérrimo enemigo de Macedonia, retiró su apoyo a la Liga Aquea para aliarse con Esparta, viendo en Cleómenes un auténtico caballo ganador.

Arato de Sición, otrora el rey más poderoso de la Liga Aquea, veía con desesperación el derrumbe de la alianza y pidió ayuda a Antígono frente al avance de Esparta. El regente macedonio se aprovechó inmediatamente de la ocasión que se le presentaba, y marchó sobre Corinto, obligando a Cleómenes a retroceder y a abandonar casi todos los territorios que había conquistado.

Antígono, ya al mando de las tropas de la Liga Aquea además de las suyas propias, se dirigió directamente contra Lacedemonia. La última batalla de Cleómenes tuvo lugar en el verano de 222 a.C. en Selasia, a diez kilómetros de Esparta. Más de una cuarta parte de los soldados espartanos murieron en el enfrentamiento, y por primera vez tropas macedonias entraron en Esparta.

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Moneda de Antígono III Dosón

Cleómenes huyó a Egipto, refugiándose en la corte de su aliado Ptolomeo III. Sin embargo, éste murió el mismo año, y su hijo, Ptolomeo IV Filopátor, le retiró la ayuda. Cleómenes trató de comenzar una revuelta contra Ptolomeo IV, pero fracasó y, en 219 a.C., se suicidó tras comprobar que no recuperaría nunca su trono. Antígono, por su parte, falleció en 221 a.C., y Filipo V, ya mayor de edad, se convirtió en rey de pleno derecho de la nuevamente gloriosa Macedonia.

De Lágidas  y  Seléucidas

En el año 246 fallece el rey Antíoco II, dejando sumido al reino seléucida en una guerra dinástica en la que intervendrá nuevamente Egipto. Seleuco II, fruto del primer matrimonio entre Antíoco II y Laonice, fue proclamado rey. Pero Berenice, segunda esposa del fallecido y hermana de  Ptolomeo III, pretendía que su hijo fuese el elegido y para defender sus intereses pidió ayuda a su hermano.

Cuando el rey lágida Ptolomeo III se presentó en Siria, su hermana y su sobrino habían sido asesinados. Ante tal ofensa decidió vengarse, ocupando militarmente el reino seléucida, dando comienzo a la Tercera Guerra Siria. Al mismo tiempo en  Egipto habían surgido problemas internos que debía solucionar. Sin haber consolidado las conquistas tuvo que partir a Egipto, dejando una guarnición que fue derrotada por el rey Seleuco II. Casi todo el territorio fue reconquistado, volviendo a reestablecerse la soberanía seléucida.

Una vez instaurado el gobierno, Seleuco II asoció como corregente a su hermano Antíoco  Híerax (el Halcón). Este, apoyado por oligarquías regionales, traiciona a su hermano al independizar los territorios de Asia Menor. Así, en el año 241 se inició el conflicto conocido como la “Guerra de los Hermanos” que trascurrirá hasta el 239 a.C. Híerax contrarresta su inferioridad militar con apoyos de las poleis del Ponto y con tropas mercenarias gálatas, consiguiendo derrotar a su hermano y obligándole a firmar un armisticio por el cual Híerax se quedaba con la parte norte de Asia Menor.

Pérgamo y la “mafia celta”

Sobre una colina en el valle del río Selinus se alza la ciudad de Pérgamo, capital del reino que gobernó gran parte de Anatolia hasta el S. II a. C.

Sin embargo, los orígenes de este reino fueron muy humildes. En tiempos de Alejandro Magno no era más que un pueblo amurallado sobre un monte, lejos del mar y de cualquier ruta importante. Durante algún tiempo la ciudad perteneció al dominio de Antígonos Monoftalmós (el Tuerto), y luego al de Lisímaco, rey de Tracia y Macedonia.  Sin embargo este pueblo tenía cierta autonomía, en parte debido al talento diplomático de Filetero, gobernador y fundador de la dinastía atálida.

Filetero supo ganarse la amistad de sus poderosos vecinos los seléucidas, y la ciudad conoció un tiempo de prosperidad. Sin embargo todo cambió bajo el reinado de Eumenes, sobrino del desaparecido Filetero. El nuevo gobernador se enfrentó a sus antiguos aliados, probablemente animado por la guerra que los seléucidas mantenían contra el otro gran imperio oriental: el Egipto Ptolemaico. Eumenes caldeó la situación hasta el punto de obligar a los seléucidas a atacar Pérgamo. Sin embargo y contra todo pronóstico, los seléucidas fueron derrotados cerca de Sardes. De este modo Eumenes se autonombró rey de Pérgamo, comenzando un período de conquistas que llevaron a Pérgamo a hacerse con la mayor parte de Asia Menor.

En estos mismos años la situación interna en el reino seléucida se había deteriorado gravemente. Seleuco II se encontraba en una guerra civil frente a su hermano Antíoco Hierax, y ambas partes recurrían a los servicios de los bárbaros gálatas como mercenarios. Estos mercenarios, ante el caos de la guerra civil, comenzaron a actuar por cuenta propia como una mafia, exigiendo a las ciudades tributos a cambio de su “protección”. Ante esta amenaza descontrolada Atalo, sucesor de Eumenes en el trono de Pérgamo, decidió acabar con esta práctica. Negándose a pagar el tributo, obligó a los gálatas a atacar la capital, donde los bárbaros fueron derrotados aplastantemente. Esta victoria permitió a Atalo convertirse en el nuevo campeón del helenismo y adoptar el sobrenombre de Soter (Salvador). Al mismo tiempo el monarca desarrolló una de las mejores campañas de propaganda de la antigüedad, favoreciendo las artes y patrocinando obras públicas tanto en Pérgamo como en Atenas.

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Gálata moribundo, copia romana de la obra encargada por Atalo I

Atalo, lleno de éxito y confianza, decidió acabar por su cuenta con Antíoco el Halcón, consiguiendo de este modo expulsar a los seléucidas de Asia Menor…al menos por el momento. Pero Atalo había comenzado un juego muy peligroso. Pérgamo, a pesar de sus reciente éxitos, era todavía un pez pequeño en un acuario lleno de tiburones. Antíoco III, el nuevo rey seleúcida, puso en marcha todo el poderío militar de su imperio y dirigió toda su atención sobre Pérgamo. Sin embargo fue Aqueo, un gobernador local seléucida quien primero atacó.

Atalo, sabedor de que había despertado a un gigante, aprovechó la vía diplomática para apaciguar a su vecino. Así pues decidió apoyar a Antíoco III frente a Aqueo que,  borracho de éxito tras la victoria sobre Atalo, se había sublevado contra la autoridad real. Antíoco, en agradecimiento, reconoció a Atalo como rey del reino independiente de Pérgamo, además de respetar gran parte de sus conquistas.

A pesar de los continuos conflictos armados, este período fue el más brillante en la historia de Pérgamo. Había pasado de ser un pueblo sobre un monte a convertirse en capital de un floreciente reino que estaba destinado en un futuro no muy lejano a jugar un papel decisivo en el transcurso de la historia de Oriente Próximo.

Las orillas del mundo

El imperio seléucida era un gigante con los pies de barro. Si bien en teoría controlaba la mayor parte de Oriente Próximo y Medio, en realidad ese control era más nominal que efectivo. En las provincias más lejanas, Bactria, Sogdiana y Partia, el control seléucida era casi inexistente, pues los intereses imperiales se centraban más en el Mediterráneo, sobre todo a la hora enfrentarse al Egipto Ptolemaico. A este desinterés por parte de la monarquía se une el acaparamiento de los puestos administrativos por elementos griegos en perjuicio de los jerarcas locales. Este hecho fue alimentando un resentimiento antigriego cada vez más marcado. Así que los iranios, sabedores de que no podían hacer frente al emperador por las armas, decidieron en un primer momento hacer uso de la resistencia pasiva ignorando su autoridad y actuando por cuenta propia. Pero ante la inacción del poder central, pronto este sabotaje pasivo se convirtió en un movimiento independentista cada vez más fuerte y organizado.

El primer movimiento independentista tuvo lugar en Partia e Hircania, donde el sátrapa local Andrágoras se declaró independiente en 245 a. C. aprovechando que Seleuco II estaba luchando en Occidente.  En 239 a. C  Arsaces, un príncipe iranio, derroca a Andrágoras y mantiene un pulso con Seleuco II. Pero el emperador tuvo que hacer frente una vez más a otra guerra en occidente, donde su hermano Hiérax había usurpado el trono. Seleuco II dirigió sus fuerzas contra el usurpador, pero no tuvo más remedio que abandonar Partia. Esta situación fue aprovechada por Arsaces, que pronto se hizo con el poder de buena parte de Asia Central. Así pues Arsaces se convirtió en el fundador del imperio parto, el cual estaba destinado a ser el más importante de todo Oriente Medio, tan poderoso que fue capaz de frenar las legiones romanas.

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Relieve de un guerrero parto en el Castillo Zahhak (Irán)

En Bactria y Sogdiana, la situación fue especial. Si bien habían quedado aisladas del resto del imperio seléucida, en estas regiones no hubo un sentimiento tan independentista. De hecho, se mantuvieron buena parte de las costumbres griegas, aunque cada vez más mezcladas con elementos nativos. Así pues, en estas regiones surgió una civilización sincrética, mezclando elementos griegos y nativos por igual, y que mantuvo contactos tanto con la India como con Occidente.

La nueva generación

Seleuco II murió en 226 a. C. mientras luchaba contra los galos. Fue sucedido por su hijo Seleuco III el Salvador, pero fue asesinado tres años después mientras se disponía a aplastar Pérgamo. Su ejército nombró emperador a su hermano Antíoco, el tercero de su nombre. El nuevo monarca tenía unas excelentes dotes para el mando, y parecía predestinado a devolver al imperio su antigua gloria.

En esas mismas fechas era nombrado rey de Macedonia Filipo V, individuo igualmente dotado para el gobierno. Ambos monarcas parecían presagiar una época de estabilidad y prosperidad interna para sus reinos. Sin embargo, algo se revolvía en Occidente. Pronto comenzaron a llegar noticias inquietantes: Cartago había caído. Y ni Seléucidas, ni Ptolomeos ni Antigónidas estaban preparados para lo que se avecinaba.

 

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

PLUTARCO. Vidas paralelas. Libro XIX. Agis y Cleómenes.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

 

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

 

ALEJANDRO EN EL CONFÍN DEL MUNDO

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Tierra de Leyendas

Tracia, Grecia, Egipto, Persia, Bactria… Una a una todas las provincias del mundo civilizado habían caído bajo el poder de Macedonia. Ahora, tras derrotar definitivamente a Darío III, Alejandro se encontraba en los confines del mundo conocido, más allá de Samarcanda (Uzbekistán). Pero para el Gran Rey el mundo no era suficiente. Necesitaba más. Ante él se encontraban las montañas del Hindu-Kush, y más allá, la India.

En la primavera de 329 a. C., Alejandro atraviesa la cordillera con sus hombres, un camino que posiblemente no tuviese marcha atrás. Su ejército era cada vez más pequeño, no podía recibir refuerzos desde ningún lugar, el terreno era complicado, terriblemente complicado, y las tribus locales eran altamente hostiles al invasor. Los macedonios estaban acostumbrados a la guerra abierta, pero estas tribus preferían la guerra de guerrillas, algo que exasperaba a los helenos.

Pero el mayor problema para los macedonios era su propio rey. El monarca ya no era ese líder carismático que arrastraba a las masas al combate. Se había convertido en un rey distante, altivo y cada vez más enajenado. Veía conspiraciones tras cada sombra, y llevó a cabo varias purgas entre sus oficiales, a pesar de que eran leales. Incluso llegó a matar a Clito, uno de sus mejores generales y amigos, en un acceso de cólera. Además, se había casado con Roxana, una noble sogdiana, y había incluido treinta mil extranjeros en su ejército. Todo esto contribuía al descontento entre la tropa, que lejos de casa, acosados continuamente por el enemigo y en tierra extraña veían cómo su líder, su verdadera fuerza, era cada vez más impredecible y peligroso.

Sin embargo, en 327 a. C. el Gran Rey logró formar un formidable ejército, esta vez compuesto por macedonios y por un enorme aporte de extranjeros, y avanzó hacia el corazón de la India. La excusa para la invasión fue “ayudar” a un reyezuelo local que luchaba contra el poderoso rey Poros y sus ejércitos de elefantes.

La lucha contra Poros

La última gran batalla de Alejandro se libró a orillas del río Hidaspes, afluente del río Indo. En la ribera de este gran río aguardaba Poros, señor de los elefantes. Su ejército contaba con cerca de ciento cincuenta de estas bestias de batalla y un descomunal número de tropas a pie (cincuenta mil según Diodoro Sículo).

A pesar de la enorme superioridad numérica del ejército de Poros, Alejandro demostró de nuevo su talento táctico. Consiguió cruzar el río y capturar al monarca enemigo gracias a una hábil maniobra envolvente.

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Para Alejandro la batalla mantenida con el rey Poros era un episodio más que le llevaba a continuar su ambición expansionista. Así se entiende que continuara con la fundación de las ciudades de Nicea (‘victoria’ en griego) conmemorando la obtenida frente al fiero rey Poros; y de Bucéfala, en recuerdo a su fiel caballo. Sin embargo, los macedonios estaban cansados de combatir y añoraban el hogar. Desde el inicio de la aventura, ocho años atrás, habían recorrido dieciocho mil kilómetros, y hacia el Este al otro lado del río Hifasis, estaba acampado un nuevo enemigo desconocido. En la Asamblea con su ejército, Alejandro  escuchó las quejas de sus compañeros y se decidió no proseguir.

Para saber más (documental en 4 partes):

 

El camino de vuelta

La vuelta a casa la iniciaron tomando rumbo Sur siguiendo el curso de los ríos Hidaspes, Acesines y más tarde por el Indo hasta su desembocadura en el Océano Índico siete meses después. En el trayecto tuvieron que enfrentarse con los llamados Malios, según las crónicas el pueblo más fiero de la India, a los que derrotaron. En esta batalla Alejandro fue gravemente herido, teniendo que detener el regreso hasta que su salud mejoró. El sanguinario escarmiento dado a los malios atemorizó a los diversos pueblos con los que se encontraban. Musicanos, oxicanos y sambos se rindieron, permitiendo que sus príncipes conservaran su poder, pero incorporándolos al imperio  de Alejandro en forma de satrapías.

Siguiendo el río Indo llegaron  a Patala, momento en el que parte del ejército al mando de Crátero inicia la marcha hacia el Oeste para reunirse con el resto de la hueste en Carmania. Desde Patala  hasta la desembocadura, el Indo se bifurca en dos ramales formando un amplio delta. Las crónicas afirman que Alejandro recorrió los dos ramales hasta llegar a una isla del delta llamada Ciluta, donde realizó sacrificios dando gracias a los dioses por haber llegado hasta allí.

Desde este punto, Alejandro decidió marchar hacia Persia por un camino paralelo a la costa a través del desierto de Gedrosia, mientras que Nearco realizó el trayecto por mar. Esta decisión acarreó trágicas consecuencias para las tropas que siguieron a Alejandro, solo la cuarta parte de los que iniciaron el trayecto consiguieron sobrevivir. Los historiadores se han preguntado cuál sería la razón que impulsó a Alejandro a utilizar esta ruta. Nearco en sus memorias, afirma que para realizar la vía marítima tuvieron que esperar a que se calmasen los vientos desfavorables que en invierno soplan en esas latitudes. Pero Alejandro no esperó y marchó por el desierto ignorando su extrema dureza. Sin embargo, dentro de la aureola mítica en la que está envuelto, se le atribuye la decisión de cruzar el desierto conociendo que Ciro y Cambises habían frenado su expansión hacia la India  ante la imposibilidad de cruzar el desierto de Gedrosia. Por el camino tuvieron que sacrificar los animales para alimentarse, consiguiendo llegar a Carmania a comienzos del 324 a.C. donde recibieron avituallamientos de los sátrapas vecinos. En Carmania se encontró con las tropas que habían realizado el trayecto Norte desde Patala comandadas por Crátero.

El fin de una era

De vuelta en Susa (Irán), Alejandro desposó dos nobles aqueménides, al tiempo que obligó a varios de sus oficiales a seguir su ejemplo. Esta política de fusión étnica  forzosa no agradó en absoluto a sus hombres, aunque transigieron… de momento.

Por otra parte, los problemas crecían en todo el imperio. Las satrapías orientales se independizaron apenas Alejandro abandonó la India. En el otro extremo del imperio el rey de Esparta, Agis III, había sublevado la mayor parte de Grecia. Mientras, las conspiraciones en el entorno más cercano del Gran Rey se sucedían. Alejandro envió a uno de sus generales, Antípatro, para sofocar la revuelta helénica. Pero las provincias indias se perdieron para siempre.

Una vez sofocadas las revueltas, Alejandro continuó sus planes de dominación mundial. Proyectó expediciones al mar Caspio, Arabia e incluso llegó a plantearse la invasión del Mediterráneo Occidental, dominado por Roma y Cartago. Sin embargo, la muerte sorprendió al rey en Babilonia en 323 a. C. Hay múltiples teorías sobre su muerte: envenenamiento, paludismo, pulmonía, vida disoluta… Seguramente nunca se sabrán las verdaderas causas de su defunción, ni hasta dónde podría haber llegado su ambición.

La leyenda de Alejandro

Alejandro Magno alcanzó rápidamente estatus de figura legendaria. Además de las historias biográficas de Plutarco o Arriano, gozó de gran popularidad en la Edad Media el llamado Romance de Alejandro, que se atribuyó erróneamente a Calístenes, historiador que acompañó a Alejandro en sus campañas. En realidad, la primera versión del Romance se escribió en el siglo III d.C., y se hicieron numerosas versiones en distintos idiomas hasta el siglo XV.

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Imagen de Alejandro Magno con un tocado de elefante en una moneda Ptolemaica

Además de cometer numerosos errores historiográficos, el desconocido autor del Romance se dejó llevar por las historias más fantásticas de la vida y los viajes de Alejandro. Según se va alejando de Grecia, más maravillosas son las criaturas que se encuentra en el camino. Sus aventuras en la India están narradas en primera persona, en forma de una carta enviada por el propio Alejandro a su mentor Aristóteles.

Tras derrotar a Poros, Alejandro y su ejército continúan viajando hacia el este cargados de oro y riquezas. Una vez en India, los peligros son constantes: desde «hipopótamos de cuerpos mayores que los elefantes», que arrastran y devoran a los que tratan de cruzar el río que habitan, hasta leones «de tamaño semejante al de los toros», además de grifos y del famoso “odontotirano,” una especie de rinoceronte gigante. También conocen a gentes mitológicas como los cinocéfalos, con cabeza de perro.

Pero quizás la parte más interesante de esta historia legendaria está al final del relato, cuando Alejandro llega a un santuario donde se encuentran dos árboles oraculares, uno masculino, que emite sus predicciones al salir el sol, y uno femenino, que lo hace cuando sale la luna. Los oráculos le anuncian a Alejandro que la muerte está cercana, tanto que no volverá a ver Macedonia, sino que morirá en Babilonia. Además, le auguran el posterior asesinato de su madre y hermana, pero le advierten de que no podrá evitar el destino que ya ha sido determinado. Alejandro, resignado a su suerte, emprende entonces el regreso a occidente.

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Mapa de la campaña de India con las ciudades fundadas por Alejandro III

A modo de resumen:

 

Bibliografía

ARRIANO DE NICOMEDIA. Anábasis de Alejandro Magno.https://sites.google.com/site/adduartes/home/anabasis_arriano/libro-6

BLAZQUEZ, J. M.; LÓPEZ MELERO, R.; SAYAS, J.J. Historia de Grecia Antigua. Madrid: Cátedra, 1989

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

PLUTARCO. Vidas paralelas. Libro VI. Alejandro Magno-Julio César.

PSEUDO CALÍSTENES, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia. Madrid, Editorial Gredos, 1977

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

 

El ascenso de Macedonia

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En los confines de la civilización

Lejos en el Norte, más allá de las fronteras de lo que los griegos conocían como “mundo civilizado”, se encontraba el reino de Macedonia. Era una tierra dura, salvaje, aunque rica en recursos, con frondosos bosques, praderas aptas para el cultivo de cereales, llanuras para la ganadería e incluso minería. Sus habitantes, aunque se consideraban griegos, eran vistos por los demás griegos como un pueblo casi bárbaro, con costumbres extrañas y anticuadas como la monarquía.

Sin embargo Macedonia, a comienzos del siglo V a.C., era el más extenso de los estados griegos. Este reino se caracterizaba por la falta de cohesión y estabilidad política. Además estaba habitualmente sometido a invasiones, especialmente por parte de tracios (Este) e ilirios (Oeste).

Los reyes del Norte

Desde principios del siglo VII a.C., Macedonia estaba gobernada por la dinastía Argéada, así llamada porque tenía sus orígenes en la ciudad de Argos. Estos reyes no habían conseguido poner fin a las disputas internas, principalmente porque los aristócratas locales rechazaban su poder, mientras los mismos miembros de la familia real se enzarzaban en intrigas que desestabilizaban la monarquía.

Durante la primera mitad del siglo V a. C., el trono de Macedonia lo ocupó Alejandro I (498-454 a.C.), hijo de Amintas I. Alejandro fue un rey hábil, que se centró en la reforma del ejército macedonio, fortaleciéndolo para ayudar así a la posición de su reino en el marco de Grecia. Durante las Guerras Médicas, Alejandro se mantuvo al margen, pero consiguió ser el primer monarca macedonio invitado a unos Juegos Olímpicos, lo que era un importante paso hacia la legitimación de su estado como parte de Grecia.

Tras la muerte de Alejandro, sin embargo, volvió la inestabilidad, y sus tres hijos comenzaron una dura lucha por el poder. Fue Perdicas II (454-413 a.C.) el que consiguió hacerse con el trono, eliminando a sus hermanos en 448 a.C. Estableció una confederación de ciudades para detener el avance en la zona de Atenas, que había aprovechado las disputas fratricidas para extender su influencia. Al igual que su padre, Perdicas se valió de la diplomacia para evitar entrar en la Guerra del Peloponeso.

Fue sucedido por su hijo Arquelao I (413-399 a. C.), del que Tucídides dijo que “organizó sus fuerzas para la guerra con mayor número de caballos, armas y recursos que el que tuvieron juntos los otros ocho reyes que le habían precedido.” (Libro II, 100) Efectivamente, fortificó el reino y convirtió Pella, la capital, en un destacado centro cultural. Estableció una alianza con Atenas, pero ésta se estaba deshaciendo cuando Arquelao fue asesinado durante una cacería.

Tras unos años de anarquía, subió al trono definitivamente Amintas III (392-371 a.C.). Este monarca consiguió detener la invasión del rey vecino Bardilis y, con ayuda de Esparta, recuperó todo el reino de Macedonia. A Amintas le sucedió su joven hijo Alejandro II (371-369 a.C.), que fue asesinado por el aristócrata Ptolomeo de Aloros. Este individuo se autoproclamó regente debido a la corta edad del hermano de Alejandro, Perdicas III.

Cuando creció, Perdicas III liquidó a Ptolomeo en 368 a.C. y se convirtió en el nuevo rey. Consiguió una nueva alianza con Atenas para devolver la unidad a su reino y recuperar la estabilidad. Sin embargo, las hostilidades con Bardilis se reanudaron y Perdicas murió en combate en 359 a.C.

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Dinastía argéada

A rey muerto, rey puesto

La muerte del rey Perdicas III dejó a Macedonia inmersa en conflictos internos y externos. Las fuentes históricas con las que contamos no ofrecen una visión clara de la forma en que accedió al trono su hermano Filipo entre varios pretendientes apoyados por las potencias fronterizas. Conocemos por algunos historiadores que la corona se conseguía por elección entre los nobles, o por aclamación en el campo de batalla tras una victoria. Otros historiadores afirman que Filipo logra huir de Tebas, donde era rehén, para luego ocupar la regencia de su sobrino. Posteriormente sería aclamado rey en el campo de batalla en el 356 a.C.

Cuenta Plutarco que Filipo II se formó militarmente en Tebas. Las enseñanzas militares se tradujeron en unas novedosas tácticas militares, con las que Macedonia alcanzaría durante su reinado una inmensa expansión territorial. El cuerpo de caballería, que ya había demostrado su agilidad en el combate, se complementó con una falange con soldados de infantería ligera armados con sarisai, picas de más de cinco metros de longitud que en formación suponían una barrera infranqueable. En la Asamblea de los soldados se discutía las decisiones a tomar, así como el reparto del botín.

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Filipo

 

Basándose en su poderosa maquinaria militar, Filipo eliminó la amenaza exterior expulsando a los ilirios, instalados en su territorio desde la muerte de Perdicas. La amenaza interna la resolvió sometiendo definitivamente a las demás dinastías de Macedonia reacias a la autoridad de los Argéadas. Estas medidas fortalecieron la autoridad real necesaria para emprender nuevas empresas.

El siguiente objetivo de Filipo se situó en Anfípolis, ciudad cedida a los atenienses en el inicio de su reinado para eliminar parte de los problemas sucesorios citados. Una vez consolidada su corona, maniobró a dos bandas firmando alianzas con los atenienses y los olintios, recuperando Anfípolis y Pidna.

El momento para realizar la conquista de Anfípolis y Pidna fue el idóneo para los intereses de Macedonia. La Segunda Confederación Ateniense se mostró incapaz de responder a los macedonios. A la tormentosa vida política que vivía su principal miembro, Atenas, se sumaron las defecciones de parte de los miembros, hecho que se transformó en hostilidad abierta en la llamada Guerra Social o de los Aliados.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/502.htm

La Tercera Guerra Sagrada

La tercera guerra sagrada fue un conflicto inicialmente insignificante, que degeneró en una guerra generalizada en toda Grecia.

Los focidios eran enemigos de los tebanos y de los habitantes de Delfos. Tras la batalla de Leuctra (371 a.C.), los focidios se vieron sometidos por los tebanos, ya que Tebas aprovechó su mayoría en la anfictionía (alianza religiosa y política en torno a un santuario) para imponer multas exageradas a los focidios. Éstos se negaron a pagar y, bajo el mando del general Filomeno, ocuparon Delfos.

Onomarco, sucesor de Filomeno, se enfrentó a varias ciudades tesalias. Ante esta amenaza estas poleis pidieron ayuda a Filipo, rey de Macedonia. Filipo envió ayuda a los tesalios, pero fue derrotado dos veces por Onomarco tuvo que retirarse Macedonia.

Filipo que no podía permitir este desafío a su autoridad y volvió a  la batalla al año siguiente, en 352 a.C. Esta vez Filipo consiguió derrotar a Onomarco, tomándose cumplida venganza. Arreglada la cuestión tesalia, Filipo volvió a la Focide, pero los atenienses le obligaron a retirarse.

Después de Tesalia, macedonios y atenienses, se enfrentaron por Tracia, que dividida en tres reinos, favorecía los intereses de ambas potencias.

En ese momento Filipo atacó uno de los tres reinos tracios, el gobernado por Quersobleptes. Tras este ataque Atenas vio peligrar sus cleruquías (un tipo de colonia ateniense) en la región. Como consecuencia, el influyente orador Demóstenes lanzó su primera arenga contra el rey de Macedonia, iniciando las famosas filípicas, a pesar de las cuales, los resultados bélicos fueron escasamente favorables a Atenas.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/503.htm

La Paz de Filócrates

Los Olintios, sintiéndose amenazados, solicitaron ayuda a Atenas. La asamblea ateniense aprobó el envío de tropas en el 349 a.C. Pero en ese preciso momento se produjo la sublevación de la isla de Eubea, miembro de la anfictionía de Delfos, tras la cual no es improbable que estuviera la larga mano del rey de Macedonia. Mientras los atenienses reprimían el levantamiento, la ciudad de Olinto era destruida por los macedonios y sus habitantes eran vendidos como esclavos.

Filipo, en posición de fuerza, ofreció una paz a Atenas que era ventajosa para ambas partes en 346 a.C. Con la firma de este tratado se mantenía el statu quo, aunque Filipo se reservaba el derecho de solucionar el problema de la Fócide. Tras arrasar la Fócide, Filipo obtuvo el derecho a presidir los juegos píticos celebrados en Delfos.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/505.htm

Filipo en Tracia

La Paz de Filócrates había logrado el cese de las acciones armadas, pero no había calmado los ánimos en absoluto. Filipo desconfiaba de las intrigas de Atenas, y temía un posible acercamiento entre esta ciudad ática y Persia.  Ante esta posibilidad, el rey macedonio envió un emisario para revisar el tratado de paz y de paso espiar las posibles maniobras de Atenas. Las negociaciones fueron un fracaso, pues cada parte desconfiaba de las intenciones de la otra.

Sin embargo, Filipo tenía otros frentes abiertos. Para extender su dominio, en 342 a.C. inició una campaña sobre el Danubio hacia el Quersoneso, muy cerca de los intereses atenienses en Tracia. Ante este avance, Atenas lanzó una “campaña preventiva” sobre Cardia, aliada de Macedonia. La campaña, lejos de cumplir objetivos militares, se dedicó a la piratería y el saqueo de esta región, enfureciendo al rey macedónico. Con este gesto Atenas pretendía mostrar que no temía a Filipo, además de enviar un claro mensaje al rey: si Macedonia avanza, Atenas iría a la guerra. Filipo captó el mensaje, pero atacó igualmente. Atenas no tuvo entonces más remedio que declarar la guerra, algo que por otra parte nadie había tratado de evitar.

Queronea

Los dioses le fueron propicios a Filipo y le brindaron la excusa perfecta para intervenir a fondo en los asuntos de Grecia. Aprovechando las continuas intrigas dentro de la liga de Delfos y que Filipo controlaba gran parte de los votos de la misma, el monarca se nombró a sí mismo juez en las disputas. Tras formar un ejército, se dirigió al corazón de Grecia para solucionar una disputa en la ciudad de Antissa.

Ante esta amenaza Tebas asaltó la fortaleza de Nicea, en las Termópilas, con la intención de frenar el avance macedónico. Los tebanos pretendían imitar la gesta de Leónidas cien años atrás, pero Filipo no era Jerjes. Aprovechando una ruta interior, el ejército macedónico se presentó en Beocia. Los atenienses, conscientes de esta amenaza, formaron una desesperada alianza junto a un gran número de ciudades entre las que destacan Mégara, Corinto y Tebas. En el pasado, una alianza similar derrotó al imperio persa y los aliados tenían la esperanza de que así sería de nuevo. En 338 a.C. los griegos lucharon por última vez unidos bajo una misma bandera en la llanura de Queronea.

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Pero el dios de la guerra sonreía a Filipo. Gracias a una brillante maniobra, Filipo derrotó completamente al ejército griego, capturando un gran número de atenienses. En esta misma batalla comenzó a ascender la figura de un joven príncipe macedónico al mando de la caballería. Su nombre, Alejandro, el tercero de su nombre, de la casa Argéada.

En Atenas se respiraba el miedo, pues se encontraban a merced del rey y sin nada con qué negociar. Sin embargo, Filipo actuó con moderación y magnanimidad. En vez de actuar como en otro tiempo habría actuado Atenas, el rey decidió liberar a los cautivos y devolver a sus caídos. Filipo ofreció también una muy generosa paz a Atenas, algo que nunca habrían sospechado en la capital ática. Además de conservar su democracia, Atenas mantendría también algunas colonias y gestionaría el santuario de Delos. Tebas por su parte no salió tan beneficiada, pero aún así la liga Beocia no fue disuelta.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/507.htm

Congreso de Corinto

En 337 a. C. se reúnen en Corinto todas las ciudades griegas excepto Esparta, molesta por la invitación a sus archienemigos los mesenios. En este congreso se nombró a Filipo jefe supremo de un ejército que sería enviado al Este, a fin de liberar las ciudades griegas de Asia Menor y vengar las ofensas persas.

Diez mil hombres, al mando de los generales Parmenio y Atalo, cruzaron el Helesponto, donde fueron recibidos como libertadores en Éfeso y Quíos. En Persia ya se preparaban para la guerra. Los planes de Filipo estaban hechos, el tablero dispuesto y los jugadores preparados. Sin embargo, el destino se interpuso entre Filipo y la gloria. Durante las bodas de Cleopatra, hija del monarca, un noble de nombre Pausanias apuñaló al rey en un costado. Este fue el fin de Filipo II, rey de los macedonios.

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El reino de Macedonia a la muerte de Filipo

Epílogo

Filipo había revolucionado tanto la política como el arte de la guerra. No solamente fue un hábil político, sino que supo incorporar a su ejército mejoras con las que conseguía ventaja frente a sus adversarios. Gracias a su obra, por primera vez Grecia fue unificada, imponiendo su voluntad sobre las ciudades-estado. Desde su morada a la sombra del Monte Olimpo, Filipo condujo a su pueblo desde las orillas del Danubio hasta Troya.

Filipo confiaba en que la casa Argéada dominaría un día el mundo. Pero los dioses decidieron que no viviría para verlo. Su sueño se vería cumplido por su hijo, el joven príncipe Alejandro, apodado el Magno.

Bibliografía

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Historia de Grecia en la antigüedad, Madrid: Akal, 2011.

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia,  Barcelona: Vicens Vives, 2004

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca, Ed. Salamanca, 2005.

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

Borja Zubizarreta Murado