El ascenso de Macedonia

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En los confines de la civilización

Lejos en el Norte, más allá de las fronteras de lo que los griegos conocían como “mundo civilizado”, se encontraba el reino de Macedonia. Era una tierra dura, salvaje, aunque rica en recursos, con frondosos bosques, praderas aptas para el cultivo de cereales, llanuras para la ganadería e incluso minería. Sus habitantes, aunque se consideraban griegos, eran vistos por los demás griegos como un pueblo casi bárbaro, con costumbres extrañas y anticuadas como la monarquía.

Sin embargo Macedonia, a comienzos del siglo V a.C., era el más extenso de los estados griegos. Este reino se caracterizaba por la falta de cohesión y estabilidad política. Además estaba habitualmente sometido a invasiones, especialmente por parte de tracios (Este) e ilirios (Oeste).

Los reyes del Norte

Desde principios del siglo VII a.C., Macedonia estaba gobernada por la dinastía Argéada, así llamada porque tenía sus orígenes en la ciudad de Argos. Estos reyes no habían conseguido poner fin a las disputas internas, principalmente porque los aristócratas locales rechazaban su poder, mientras los mismos miembros de la familia real se enzarzaban en intrigas que desestabilizaban la monarquía.

Durante la primera mitad del siglo V a. C., el trono de Macedonia lo ocupó Alejandro I (498-454 a.C.), hijo de Amintas I. Alejandro fue un rey hábil, que se centró en la reforma del ejército macedonio, fortaleciéndolo para ayudar así a la posición de su reino en el marco de Grecia. Durante las Guerras Médicas, Alejandro se mantuvo al margen, pero consiguió ser el primer monarca macedonio invitado a unos Juegos Olímpicos, lo que era un importante paso hacia la legitimación de su estado como parte de Grecia.

Tras la muerte de Alejandro, sin embargo, volvió la inestabilidad, y sus tres hijos comenzaron una dura lucha por el poder. Fue Perdicas II (454-413 a.C.) el que consiguió hacerse con el trono, eliminando a sus hermanos en 448 a.C. Estableció una confederación de ciudades para detener el avance en la zona de Atenas, que había aprovechado las disputas fratricidas para extender su influencia. Al igual que su padre, Perdicas se valió de la diplomacia para evitar entrar en la Guerra del Peloponeso.

Fue sucedido por su hijo Arquelao I (413-399 a. C.), del que Tucídides dijo que “organizó sus fuerzas para la guerra con mayor número de caballos, armas y recursos que el que tuvieron juntos los otros ocho reyes que le habían precedido.” (Libro II, 100) Efectivamente, fortificó el reino y convirtió Pella, la capital, en un destacado centro cultural. Estableció una alianza con Atenas, pero ésta se estaba deshaciendo cuando Arquelao fue asesinado durante una cacería.

Tras unos años de anarquía, subió al trono definitivamente Amintas III (392-371 a.C.). Este monarca consiguió detener la invasión del rey vecino Bardilis y, con ayuda de Esparta, recuperó todo el reino de Macedonia. A Amintas le sucedió su joven hijo Alejandro II (371-369 a.C.), que fue asesinado por el aristócrata Ptolomeo de Aloros. Este individuo se autoproclamó regente debido a la corta edad del hermano de Alejandro, Perdicas III.

Cuando creció, Perdicas III liquidó a Ptolomeo en 368 a.C. y se convirtió en el nuevo rey. Consiguió una nueva alianza con Atenas para devolver la unidad a su reino y recuperar la estabilidad. Sin embargo, las hostilidades con Bardilis se reanudaron y Perdicas murió en combate en 359 a.C.

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Dinastía argéada

A rey muerto, rey puesto

La muerte del rey Perdicas III dejó a Macedonia inmersa en conflictos internos y externos. Las fuentes históricas con las que contamos no ofrecen una visión clara de la forma en que accedió al trono su hermano Filipo entre varios pretendientes apoyados por las potencias fronterizas. Conocemos por algunos historiadores que la corona se conseguía por elección entre los nobles, o por aclamación en el campo de batalla tras una victoria. Otros historiadores afirman que Filipo logra huir de Tebas, donde era rehén, para luego ocupar la regencia de su sobrino. Posteriormente sería aclamado rey en el campo de batalla en el 356 a.C.

Cuenta Plutarco que Filipo II se formó militarmente en Tebas. Las enseñanzas militares se tradujeron en unas novedosas tácticas militares, con las que Macedonia alcanzaría durante su reinado una inmensa expansión territorial. El cuerpo de caballería, que ya había demostrado su agilidad en el combate, se complementó con una falange con soldados de infantería ligera armados con sarisai, picas de más de cinco metros de longitud que en formación suponían una barrera infranqueable. En la Asamblea de los soldados se discutía las decisiones a tomar, así como el reparto del botín.

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Filipo

 

Basándose en su poderosa maquinaria militar, Filipo eliminó la amenaza exterior expulsando a los ilirios, instalados en su territorio desde la muerte de Perdicas. La amenaza interna la resolvió sometiendo definitivamente a las demás dinastías de Macedonia reacias a la autoridad de los Argéadas. Estas medidas fortalecieron la autoridad real necesaria para emprender nuevas empresas.

El siguiente objetivo de Filipo se situó en Anfípolis, ciudad cedida a los atenienses en el inicio de su reinado para eliminar parte de los problemas sucesorios citados. Una vez consolidada su corona, maniobró a dos bandas firmando alianzas con los atenienses y los olintios, recuperando Anfípolis y Pidna.

El momento para realizar la conquista de Anfípolis y Pidna fue el idóneo para los intereses de Macedonia. La Segunda Confederación Ateniense se mostró incapaz de responder a los macedonios. A la tormentosa vida política que vivía su principal miembro, Atenas, se sumaron las defecciones de parte de los miembros, hecho que se transformó en hostilidad abierta en la llamada Guerra Social o de los Aliados.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/502.htm

La Tercera Guerra Sagrada

La tercera guerra sagrada fue un conflicto inicialmente insignificante, que degeneró en una guerra generalizada en toda Grecia.

Los focidios eran enemigos de los tebanos y de los habitantes de Delfos. Tras la batalla de Leuctra (371 a.C.), los focidios se vieron sometidos por los tebanos, ya que Tebas aprovechó su mayoría en la anfictionía (alianza religiosa y política en torno a un santuario) para imponer multas exageradas a los focidios. Éstos se negaron a pagar y, bajo el mando del general Filomeno, ocuparon Delfos.

Onomarco, sucesor de Filomeno, se enfrentó a varias ciudades tesalias. Ante esta amenaza estas poleis pidieron ayuda a Filipo, rey de Macedonia. Filipo envió ayuda a los tesalios, pero fue derrotado dos veces por Onomarco tuvo que retirarse Macedonia.

Filipo que no podía permitir este desafío a su autoridad y volvió a  la batalla al año siguiente, en 352 a.C. Esta vez Filipo consiguió derrotar a Onomarco, tomándose cumplida venganza. Arreglada la cuestión tesalia, Filipo volvió a la Focide, pero los atenienses le obligaron a retirarse.

Después de Tesalia, macedonios y atenienses, se enfrentaron por Tracia, que dividida en tres reinos, favorecía los intereses de ambas potencias.

En ese momento Filipo atacó uno de los tres reinos tracios, el gobernado por Quersobleptes. Tras este ataque Atenas vio peligrar sus cleruquías (un tipo de colonia ateniense) en la región. Como consecuencia, el influyente orador Demóstenes lanzó su primera arenga contra el rey de Macedonia, iniciando las famosas filípicas, a pesar de las cuales, los resultados bélicos fueron escasamente favorables a Atenas.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/503.htm

La Paz de Filócrates

Los Olintios, sintiéndose amenazados, solicitaron ayuda a Atenas. La asamblea ateniense aprobó el envío de tropas en el 349 a.C. Pero en ese preciso momento se produjo la sublevación de la isla de Eubea, miembro de la anfictionía de Delfos, tras la cual no es improbable que estuviera la larga mano del rey de Macedonia. Mientras los atenienses reprimían el levantamiento, la ciudad de Olinto era destruida por los macedonios y sus habitantes eran vendidos como esclavos.

Filipo, en posición de fuerza, ofreció una paz a Atenas que era ventajosa para ambas partes en 346 a.C. Con la firma de este tratado se mantenía el statu quo, aunque Filipo se reservaba el derecho de solucionar el problema de la Fócide. Tras arrasar la Fócide, Filipo obtuvo el derecho a presidir los juegos píticos celebrados en Delfos.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/505.htm

Filipo en Tracia

La Paz de Filócrates había logrado el cese de las acciones armadas, pero no había calmado los ánimos en absoluto. Filipo desconfiaba de las intrigas de Atenas, y temía un posible acercamiento entre esta ciudad ática y Persia.  Ante esta posibilidad, el rey macedonio envió un emisario para revisar el tratado de paz y de paso espiar las posibles maniobras de Atenas. Las negociaciones fueron un fracaso, pues cada parte desconfiaba de las intenciones de la otra.

Sin embargo, Filipo tenía otros frentes abiertos. Para extender su dominio, en 342 a.C. inició una campaña sobre el Danubio hacia el Quersoneso, muy cerca de los intereses atenienses en Tracia. Ante este avance, Atenas lanzó una “campaña preventiva” sobre Cardia, aliada de Macedonia. La campaña, lejos de cumplir objetivos militares, se dedicó a la piratería y el saqueo de esta región, enfureciendo al rey macedónico. Con este gesto Atenas pretendía mostrar que no temía a Filipo, además de enviar un claro mensaje al rey: si Macedonia avanza, Atenas iría a la guerra. Filipo captó el mensaje, pero atacó igualmente. Atenas no tuvo entonces más remedio que declarar la guerra, algo que por otra parte nadie había tratado de evitar.

Queronea

Los dioses le fueron propicios a Filipo y le brindaron la excusa perfecta para intervenir a fondo en los asuntos de Grecia. Aprovechando las continuas intrigas dentro de la liga de Delfos y que Filipo controlaba gran parte de los votos de la misma, el monarca se nombró a sí mismo juez en las disputas. Tras formar un ejército, se dirigió al corazón de Grecia para solucionar una disputa en la ciudad de Antissa.

Ante esta amenaza Tebas asaltó la fortaleza de Nicea, en las Termópilas, con la intención de frenar el avance macedónico. Los tebanos pretendían imitar la gesta de Leónidas cien años atrás, pero Filipo no era Jerjes. Aprovechando una ruta interior, el ejército macedónico se presentó en Beocia. Los atenienses, conscientes de esta amenaza, formaron una desesperada alianza junto a un gran número de ciudades entre las que destacan Mégara, Corinto y Tebas. En el pasado, una alianza similar derrotó al imperio persa y los aliados tenían la esperanza de que así sería de nuevo. En 338 a.C. los griegos lucharon por última vez unidos bajo una misma bandera en la llanura de Queronea.

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Pero el dios de la guerra sonreía a Filipo. Gracias a una brillante maniobra, Filipo derrotó completamente al ejército griego, capturando un gran número de atenienses. En esta misma batalla comenzó a ascender la figura de un joven príncipe macedónico al mando de la caballería. Su nombre, Alejandro, el tercero de su nombre, de la casa Argéada.

En Atenas se respiraba el miedo, pues se encontraban a merced del rey y sin nada con qué negociar. Sin embargo, Filipo actuó con moderación y magnanimidad. En vez de actuar como en otro tiempo habría actuado Atenas, el rey decidió liberar a los cautivos y devolver a sus caídos. Filipo ofreció también una muy generosa paz a Atenas, algo que nunca habrían sospechado en la capital ática. Además de conservar su democracia, Atenas mantendría también algunas colonias y gestionaría el santuario de Delos. Tebas por su parte no salió tan beneficiada, pero aún así la liga Beocia no fue disuelta.

Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/507.htm

Congreso de Corinto

En 337 a. C. se reúnen en Corinto todas las ciudades griegas excepto Esparta, molesta por la invitación a sus archienemigos los mesenios. En este congreso se nombró a Filipo jefe supremo de un ejército que sería enviado al Este, a fin de liberar las ciudades griegas de Asia Menor y vengar las ofensas persas.

Diez mil hombres, al mando de los generales Parmenio y Atalo, cruzaron el Helesponto, donde fueron recibidos como libertadores en Éfeso y Quíos. En Persia ya se preparaban para la guerra. Los planes de Filipo estaban hechos, el tablero dispuesto y los jugadores preparados. Sin embargo, el destino se interpuso entre Filipo y la gloria. Durante las bodas de Cleopatra, hija del monarca, un noble de nombre Pausanias apuñaló al rey en un costado. Este fue el fin de Filipo II, rey de los macedonios.

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El reino de Macedonia a la muerte de Filipo

Epílogo

Filipo había revolucionado tanto la política como el arte de la guerra. No solamente fue un hábil político, sino que supo incorporar a su ejército mejoras con las que conseguía ventaja frente a sus adversarios. Gracias a su obra, por primera vez Grecia fue unificada, imponiendo su voluntad sobre las ciudades-estado. Desde su morada a la sombra del Monte Olimpo, Filipo condujo a su pueblo desde las orillas del Danubio hasta Troya.

Filipo confiaba en que la casa Argéada dominaría un día el mundo. Pero los dioses decidieron que no viviría para verlo. Su sueño se vería cumplido por su hijo, el joven príncipe Alejandro, apodado el Magno.

Bibliografía

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Historia de Grecia en la antigüedad, Madrid: Akal, 2011.

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia,  Barcelona: Vicens Vives, 2004

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca, Ed. Salamanca, 2005.

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

Borja Zubizarreta Murado

 

La decadencia de la polis. Conflictos internos griegos en la primera mitad del siglo IV a.C.

La devastación que sufrieron las polis griegas tras la Guerra del Peloponeso marcó la situación del Ática para el resto de sus días. La derrota de Atenas vino acompañada de la perdida de su Imperio, de los suministros y del control de las rutas de navegación. El saqueo del territorio, por parte de la victoriosa Esparta, trajo consigo la destrucción de cultivos y la escasez de alimentos. A todo ello se sumo la peste, que agravó la situación y diezmó a la población. Por su parte, Esparta, pese a la victoria económica, sufrió la pérdida de la mayoría de sus ciudadanos hoplitas. Tesalia, casi ajena al conflicto bélico, fue la gran superviviente. Y en el caso de Beocia, hasta ese momento bloqueada por la fuerza ateniense, se fortaleció y resurgió con Tebas a la cabeza.

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Reparto del poder de las polis y sus alianzas

Una de las consecuencias del conflicto es el surgimiento de una intensa profesionalización del ejército debido a que, por primera vez, durante el enfrentamiento, necesitaban de profesionales preparados. Otra fue la intensificación del uso de mercenarios, incluso de la propia Atenas. Además, por la derrota ateniense, la democracia perdió credibilidad. Comenzaron a platearse un amplio abanico de nuevas opciones políticas, desde la realeza hasta nuevas formas de tiranía. Los regímenes oligárquicos impuestos por Esparta resultaron opresivos. Al final, resurgió la monarquía como el mejor sistema político.

Atenas y el gobierno de los Treinta Tiranos

Tras la capitulación de Atenas, regresaron los exiliados y se unieron con los oligarcas en torno a Critia. Intentaron convencer al pueblo para introducir cambios drásticos a fin de volver a la “constitución heredada de los padres”. Bajo el amparo de Lisandro, general espartano, lograron crear un comité de treinta miembros que se encargase provisionalmente del gobierno, mientras redactaban una nueva constitución. Es el conocido como gobierno de los Treinta Tiranos (404 – 403 a.C).

Durante estos años desarrollaron un gobierno autoritario. Crearon el consejo de los Once, encargado de las prisiones y las ejecuciones, anularon los tribunales populares, solicitaron de Esparta la presencia de una guarnición militar y recortaron el número de ciudadanos a solo tres mil hombres. Promulgaron una nueva ley que les permitía condenar a muerte y confiscar los bienes a cualquier ateniense fuera de los Tres Mil. Muchos extranjeros enriquecidos fueron condenados y perdieron sus posesiones.

En Tebas, se reunió un grupo de exiliados al mando de Trasíbulo, que ocupó la ciudad de Files en el Ática. El ataque ateniense contra ellos fracasó y fueron creciendo en número. En una nueva confrontación se enfrentaron exiliados y atenienses, ésto supuso un desastre para los Treinta Tiranos, causando numerosas muertes, entre ellas la de Critias.

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Jenofonte, fuente principal para el conocimiento de la época

 

La situación era políticamente confusa. Finalmente se dio por acabado el régimen de los Treinta Tiranos, refugiados en Eleusis. Los demócratas fueron ayudados por Tebas y los oligarcas recibieron de nuevo el apoyo de Lisandro. Por temor a las actividades del general, el rey espartano Pausanias y los éforos buscaron una reconciliación de todos los atenienses. Se decretó así una amnistía general para los Treinta Tiranos y sus colaboradores más cercanos. Además, fueron recuperadas algunas de las viejas costumbres democráticas, tales como la elección de los miembros de la Boulé o asamblea.

La fuerza espartana y el oro persa

Tras finalizar la Guerra del Peloponeso, las esperanzas de las ciudades en un cambio político se desvanecieron rápidamente. La irreductible urbe, Esparta, se erigió como la nueva cabeza hegemónica de las ciudades helénicas, quedando subordinadas éstas bajo unas fuertes medidas de presión ejercidas por la urbe lacedemonia.

En el transcurso de la guerra, Esparta recibió ayuda persa a cambio del reconocimiento de la soberanía sobre las ciudades de Asia Menor, pero aprovechándose de la confusión de los últimos compases del conflicto, consiguieron ejercer como contrapeso de poder contra su propio aliado oriental. Poco a poco, ambos entraron en un pulso de poder como potencias hegemónicas que eran. Esparta estaba decidida a arrebatarle el control de las ciudades de Jonia, para continuar con su hegemonía también en el mar y crear una barrera contra la amenaza persa,  pero necesitaba un pretexto adecuado. Y éste llegó tras la batalla de Cunaxa, cuando el rey Tisafernes reemprendió las hostilidades contra las ciudades jonias para hacer efectivo su control sobre ellas. La reacción espartana no se hizo esperar, y aunque el envió de efectivos no fue muy numeroso, el acto en sí encerraba mucho simbolismo: Esparta estaba decidida a plantar cara a los persas.

Después de la subida al trono de Agesilao en 397 a.C., en medio de conjuras y grandes tensiones sociales dentro de la propia sociedad espartan,a originadas en la última guerra, se reemprenden las campañas en Asia Menor, marchado de nuevo el propio rey, a la cabeza de su ejército, contra las tropas persas de Tisafernes, y obteniendo una gran victoria en la batalla de Sardes. Tras la derrota, los persas, desesperados, intentaron negociar una paz con Esparta, que el propio rey rechazó animado por sus victorias, continuando con la campaña. Como por medio del camino militar los persas no veían solución a corto plazo, pusieron en funcionamiento toda su maquinaria diplomática, optando por la táctica de alimentar el sentimiento anti espartano en la propia Grecia: ríos de oro persa fluían por todas las ciudades griegas, en especial hacia Atenas, rival tradicional de Esparta en el continente.

La Guerra de Corinto

En virtud de ello, los acontecimientos se precipitaron, y un hecho hizo que se desencadenaran: el apoyo tebano a la invasión de los locrios. Esparta, sumergida en sus campañas orientales, intentó por todos los medios evitar el enfrentamiento directo, pero no lo logró y finalmente tuvo que intervenir. Atenas aprovechó la coyuntura para aceptar la propuesta de amistad de Tebas, y romper así con su aislamiento político y militar de los últimos años, uniéndose a una nueva alianza anti espartana. Esta coalición logro la victoria sobre los ejércitos espartanos, y con su eco llegando a todos los rincones de la Hélade, no tardaron en unirse a este pacto enemigos de Esparta como Argos o Corinto, creándose así la denominada “Cuádruple Alianza”, a la que se seguirían uniendo muchos territorios y regiones griegas.

Se establecieron tropas aliadas en el istmo de Corinto, bloqueando de esta manera las fuerzas espartanas y de sus aliados, ante lo cual Agesilao no pudo retardar más su regreso a casa. Antes del regreso de su rey, los ejércitos espartanos estaban decididos a romper el bloqueo al que estaba siendo sometidos, y plantaron feroz batalla en Nemea, donde obtuvieron una gran victoria. El rey, con la llegada de estas noticias y animado por el triunfo de sus compatriotas, cruzó la llanura de Tesalia rápidamente y tuvo lugar el enfrentamiento en Ceronea (394 a.C.), de donde salió vencedor. Una victoria poco trascendente, ya que no alcanzó su objetivo de romper el cerco y no tuvo más remedio que regresar a su patria por mar.

Mientras tanto, los persas habían estado ocupados. Aprovechando el tiempo entre la batalla de Cunaxa y la vuelta de los espartanos a su tierra, habían creado en secreto una poderosa flota que pusieron bajo el mando de Conón, exiliado ateniense en Chipre, que infligió una durísima derrota sobre la espartana en Cnido, que acabado con la efímera hegemonía naval espartana. El avance por mar fue rápido, expulsando de numerosas islas y ciudades jonias las guarniciones espartanas que las guardaban, hasta tal punto que tropas persas amenazaban de cerca a la mismísima ciudad de Esparta: los orientales habían recuperado la impunidad con la que antaño se movían por el Egeo. Conón arribó a Atenas respaldado por esta poderosa flota, iniciándose así la reconstrucción de los Muros Largos y el reforzamiento defensivo de Atenas.

La lucha de Esparta y Tebas por la hegemonía

Ante la caótica situación, Esparta intento atraerse de nuevo el favor de los que habían sido sus aliados no hace mucho tiempo, ofreciendo de nuevo como pago la soberanía sobre las ciudades de Asia Menor. Pero las preferencias del nuevo mandatario persa, Estrouses, se decantaron por continuar con la ayuda a la Cuádruple Alianza, motivo por el cual la guerra se alargó durante otros diez largos año.

Esto no fue nada beneficioso para Atenas, ya que no contaba con una base económica robusta y fuerte para poder acometer este tipo de empresas, y menos después de que el flujo de oro persa desapareciera. De nuevo las volátiles relaciones de “amistad” con los orientales no tardaron en cambiar de signo, hacia Esparta, la cual, tras entablar conversaciones con el Gran Rey, y bloquear la llegada de suministros a través de los estrechos a Atenas con su escuadra, propuso una paz (Paz del Rey, 388-387 a.C.), a la que Atenas y sus aliados no pudieron oponerse. Una paz humillante que no será sino el germen de otro futuro conflicto.

De nuevo, todo comenzó cuando Esparta, animada a extender su sombra hasta el norte de Grecia, acudió en socorro de las ciudades calcídicas que solicitaron su ayuda contra Olinto. De camino hacia esa guerra, no dudaron en dejar una pequeña guarnición en Tebas que ayudo a la facción pro-espartana a hacerse con el poder. Este golpe de Estado no había sido reflexionado en toda su profundidad y consecuencias, ya que, los aliados, que esperaban la más mínima excusa para levantarse, alegaron que se había socavado injustificadamente el principio de autonomía y libertad de una ciudad, principios de los que Esparta era abanderado y principal valedor y defensor. Atenas inició una gran acción diplomática, creando una tupida red de relaciones bilaterales que darán origen a la “Segunda Confederación Ateniense Marítima” (377 a.C.), y junto a Tebas, declararan la guerra a Esparta.

Se inicia aquí una lucha por la hegemonía de la Hélade a tres bandas: los tebanos por un lado querían reconstruir la Liga Beocia, los atenienses extender todo lo posible su radio de influencia y los espartanos acabar con ambas confederaciones. En esta guerra a tres, Esparta salió muy mal parada, sufriendo sendas derrotas militares en Tegira y posteriormente en el mar, frente a las costas de Naxos frente a la flota ateniense. Pero vencido el principal enemigo, no tardaron en aparecer tensiones entre los propios aliados, y los tebanos, como medidas de advertencia, destrozaron las murallas Tespias y arrasaron Platea. Atenas se vio empujada a firmar la paz con Esparta, en la cual se reconoció la hegemonía espartana en tierra y la ateniense en mar. Las exigencias y demandas tebanas fueron desestimadas. Esparta decidió unilateralmente atacar Beocia y someter personalmente a Tebas, pero no fue sino otro fallo de cálculo: las poderosas y orgullosas tropas espartanas fueron masacradas en Leuctra, un desastre de enormes proporciones que trajo la deshonra y la desgracia de la urbe descendiente de Hércules.

Los tebanos tienen el poder

El éxito de Epaminondas en Leuctra sobre el ejército espartano acabó con la legendaria imbatibilidad en combate de los lacedemonios. A partir de aquí, Tebas iniciará una fase de afianzamiento de su posición en la Confederación Beocia, a la vez que contarán con la creciente influencia de sus aliados del norte, los tesálicos, que bajo Jasón extenderán su dominio sobre Grecia central.

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Epaminondas

 

Muchas ciudades comenzaban a ver en Tebas y la Liga Arcadia un nuevo protector, y aumentaron las reivindicaciones autonomistas en contra de Esparta y Atenas, potencias cuya posición estaba muy debilitada social y económicamente debido a las guerras continuas. La confianza tebana estaba tan alta que Epaminondas se atrevió incluso a lanzar un ataque directo sobre Esparta, que no obtuvo éxito, pero sirvió para liberar Mesenia, la eterna rival de Esparta. El gran estrategos tebano lanzó un segundo ataque en 370 a.C., pero los lacedemonios recibieron ayuda ateniense en forma de naves y mercenarios, con lo que consiguieron salvar la situación.

A la vez que Epaminondas atacaba Laconia, su compatriota y compañero sentimental, Pelópidas, atacó Tesalia y Macedonia para aumentar el poderío tebano en el norte. Esta constante situación de guerra impactó de manera negativa en la sociedad helénica, que no encontró salida en los congresos de paz de Delfos ni en los de Tebas.

La tensión general se extendió entre los miembros de la Liga Arcadia, quienes se fueron alineando del lado de Tebas por un lado, y de Esparta y Atenas (unidas para contrarrestar el poder tebano) por otro. El desenlace será la batalla de Mantinea en 362 a.C., que si bien es favorable a Tebas y sus aliados tesalios y beocios, sufrirán el duro revés de perder a su líder político y militar, Epaminondas.

A partir de esta lucha se alcanza en Grecia una paz general en la que Esparta se negará a participar debido a su orgullo. Las potencias de Grecia central y el Peloponeso necesitarán de tiempo para recuperarse, y es aquí cuando el protagonismo pasa a las emergentes ciudades del norte de Grecia, Macedonia se alzará entre todas ellas.

BIBLIOGRAFÍA

BLÁZQUEZ, J.M (coord.) et al.; Historia de Grecia, Cátedra, 1986,Madrid.

GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Historia de Grecia en la Antigüedad, Akal, 2011, Madrid.

HIDALGO, Mª. J., SAYAS, J.J., ROLDÁN, J. M (coord.), Historia de la Grecia Antigua, Salamanca, 2005, Salamanca.

TOVAR, A; La decadencia de la polis griega, 1961, Fundación Pastor, Madrid.

 

Pedro Aguado González

Delia Egea Gómez

Manuel García Salazar

Rubén Rodríguez Galán

La Guerra del Peloponeso (431 – 404 a.C.)

“Silent enim leges inter arma”

(Las leyes guardan silencio durante la Guerra)

Cicerón

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En el último tercio del siglo V a. C. los griegos, divididos en dos grandes bloques comandados por las potencias de Atenas y Esparta, mantuvieron un enfrentamiento bélico conocido como La Guerra del Peloponeso. De esta guerra nos ha llegado el testimonio de un participante,  Tucídides. Aunque coincide en el tema de la guerra con otros grandes historiadores como Homero y Herodoto, Tucídides destaca por su forma de contarla, exponiendo las distintas posturas y matices de quien fue protagonista.

Para Tucídides, después de Las Guerras Médicas, se produjo el afianzamiento del imperio ateniense en el mundo griego, produciendo el recelo y luego temor de Esparta y sus aliados de La Liga del Peloponeso; siendo está la verdadera causa de la Guerra del Peloponeso y manifestándose en una escalada de pretextos que desencadenaron la inevitable guerra. El imperialismo exterior ateniense suponía una dicotomía, una contradicción frente a la exaltación demócrata interna. Para poder mantener los niveles democráticos, los atenienses dependían de unas relaciones exteriores que Tucídides denomina esclavistas, interviniendo políticamente primero con sus aliados de la Liga Délica, y posteriormente en poleis de La Liga del Peloponeso, incrementando la tensión hasta el punto de que la guerra parecía inevitable.

Atenas había contraído una alianza con Acarnania, colonia corintia, que suscitó la tensión entre Atenas y Corinto, rivales en el comercio colonial por el Egeo. La tensión se incrementó con una nueva intervención en otra colonia corintia, Corcira, a la que prestó apoyo en su disputa con otra colonia también corintia, Epidamno, apoyada por Corinto.

Una tercera colonia corintia, Potidea, fue el siguiente escenario del enfrentamiento Atenas-Corinto. Potidea, situada en el norte del Egeo en Calcidia, a pesar de pagar el tributo como miembro de la Liga de Delos y por lo tanto aliada de Atenas, fue obligada a despedir a los magistrados enviados anualmente por la polis madre, Corinto, y a derruir sus murallas.

Otra ciudad-estado perteneciente también a la Liga del Peloponeso, Mégara, sufrió por medio de un decreto el bloqueo comercial en los puertos del imperio, condenándola a una asfixia económica.

Así, tanto Corinto como Mégara, presionaron en la Liga del Peloponeso con el propósito de que Atenas cesara su intervencionismo, iniciando una agresiva actividad diplomática. Atenas persistió en su política, confiando en su superioridad naval y en el amurallamiento hasta el puerto del Pireo, no temía a la guerra.

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Situación previa a la guerra

De las palabras a las armas

La situación política en la Grecia continental estaba al rojo vivo. Tras el fracaso de los tebanos en el asedio de Platea, la Liga del Peloponeso no vio otra salida que enviar un ultimátum a Atenas. Arquídamo, uno de los reyes de Esparta, envió un mensajero a Atenas, pero en la capital ática no se dignaron a escuchar las propuestas del monarca espartano. Así pues, cuando callaron las palabras, hablaron las armas.

El primer movimiento en este juego de poder lo llevaron a cabo los espartanos. Arquídamo armó un ejército poderoso capaz de asediar Atenas.  Durante poco más de un mes, las tropas de Arquídamo asolaron todo el territorio del Ática, con la esperanza de hacer salir a los atenienses para defender sus tierras. La ciudad pronto se vio repleta de exiliados malviviendo en las calles y en barriadas marginales. Sin embargo, los atenienses permanecieron a la espera, pues recibían sus suministros a través del puerto del Pireo y de los Muros Largos. El monarca espartano, viendo que sus provocaciones no funcionaban, se retiró con su ejército del Ática.

Esparta era una gran potencia militar terrestre, pero su armada no se encontraba entre las mejores del mundo antiguo. Los espartanos preferían luchar en tierra, algo que les perjudicó pues los atenienses adoraban el mar. Ante esta situación los atenienses enviaron a parte de su flota a saquear las costas enemigas, arrasando poblaciones pesqueras y llevando a cabo multitud de actos de piratería.

En 430 a. C., un nuevo “ataque terrorista” espartano destruyó las cosechas atenienses. El ambiente político en la ciudad comenzó a calentarse, todo dentro de un clima de inseguridad e insalubridad grave. Finalmente, la enfermedad hizo su aparición. La peste llegó a Atenas en verano de 430 a. C., causando estragos entre la población. Los espartanos, ante este percal, se retiraron del Ática a fin de evitar el contagio.

En 429 a. C. la flota ateniense llevó a cabo algunas operaciones en Calcídica, al Norte del Mar Egeo. Pero mientras la flota luchaba contra los corintios, Pericles agonizaba en su lecho. Probablemente, nunca llegó a saber de esta victoria.

Tras la muerte del líder ateniense, surgieron dos nuevos políticos. Por una parte Nicias, rico aristócrata de tendencia moderada y seguidor de Pericles, aunque negado para el tema militar. Por otra parte Cleón, político visceral demagogo y violento. La postura de Cleón era muy radical, partidario de continuar la guerra hasta sus últimas consecuencias.

Mientras, Arquídamo continuaba maniobrando con su ejército. Su atención se posó en Platea, ciudad leal a Atenas dentro del territorio beocio (ver mapa). El monarca trató de tomar la ciudad por la fuerza, pero fracasó en todos sus intentos y se vio obligado a someter la plaza mediante asedio. Sin embargo, el asedio fue poco eficaz y los sitiados entraban y salían de la ciudad a su antojo.

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Guerra de terror

El imperialismo ateniense había sembrado la semilla del odio entre todas las poblaciones sometidas. El caso más destacado fue el de Mitilene, en la isla de Lesbos. Esta importante ciudad decidió abandonar la liga de Delos, aprovechando que Arquídamo estaba arrasando el Ática y que en Atenas la peste menguaba sus fuerzas. Los ciudadanos de Mitilene comenzaron a preparar una revuelta contra la Liga de Delos, con la esperanza de que serían apoyados por Esparta. Pero Atenas se adelantó a los espartanos, y envió a 1000 hoplitas para sofocar la revuelta a sangre y fuego. La represión fue brutal: la flota de Mitilene fue confiscada, las murallas de la ciudad derruidas y 1000 prisioneros fueron ejecutados en Atenas.

Este acto de crueldad fue respondido de igual modo por Esparta, que arrasó platea y masacró a sus habitantes. Y muy poco después, en 425 a. C., los habitantes de Corcira también sufrieron las consecuencias de la guerra.

La situación había llegado a un punto sin retorno, pues cada atrocidad era respondida por el enemigo y con creces. Tanto Esparta como Atenas habían pasado de las pequeñas escaramuzas a crueles actos de terrorismo movidos por un profundo odio visceral. El fuego arrasaba campos y hogares. Las aldeas quedaban desiertas y los hombres eran masacrados como animales. La imagen que ofrecían ambos bandos quedaba muy lejos de los altos ideales militares de patriotismo, nobleza y defensa de la nación. El prestigio que la Hélade había logrado tras su victoria frente a Persia se había esfumado para siempre.

Pilos

El último acto de esta guerra tuvo lugar en Pilos, ciudad al Sur del Peloponeso. Demóstenes, brillante estratega ateniense (aunque mediocre político), dio un giro a la situación con ideas novedosas y acciones audaces. En la ciudad de Pilos, las tropas espartanas quedaron cercadas entre la guarnición de la ciudad y la flota ateniense. La flota atacó y capturó 170 espartanos, los cuales fueron enviados a Atenas. Sin embargo, estos prisioneros no fueron ejecutados, sino que serían usados por Atenas como rehenes y como moneda de cambio frente a los espartanos.

Ambas potencias pretendían extender la guerra más allá de Grecia. Nicias por parte ateniense y Brásidas por la espartana llevaron la guerra hasta Beocia, Calcidia y Macedonia. Esta ansia belicista se pagó con la sangre de miles de griegos, incluidos Cleón y Brásidas.

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Enfrentamiento mítico entre Ares (Esparta) y Atenea (Atenas)

 La paz de Nicias y la campaña de Sicilia

Las derrotas desmoralizaron a Atenas, y provocaron la subida de impuestos a los miembros de la Liga. Esparta también deseaba la paz, por un lado para recuperar a sus prisioneros de guerra y por otro porque se temía que se pudieran sublevar los hilotas, población sometida en situación de semiesclavitud, aprovechando que el estado estaba concentrando sus esfuerzos en la guerra. Además, en 421 a.C. iba a expirar un tratado de paz de treinta años que había firmado Esparta con Argos, y los lacedemonios temían que esta ciudad pudiera entrar en el conflicto del lado ateniense, arrastrando consigo a otras ciudades del Peloponeso.

Por ello, Atenas y Esparta firmaron la llamada Paz de Nicias, por el general ateniense. En teoría, el tratado duraría cincuenta años y conllevaría la devolución de las ciudades conquistadas y de los prisioneros, pero pronto las dos partes dejaron de cumplirlo. Algunos de los aliados de Esparta rechazaron la paz, y las dos ciudades enfrentadas se negaron a devolver algunas de las ciudades que habían conquistado. Preparándose para la reanudación de la guerra, Esparta firmó una alianza con Beocia, y Atenas hizo lo propio con Argos.

En 419 a. C., Argos pasó al ataque contra Epidauro, y Esparta no tardó en responder. En esta ocasión, se pudo evitar el conflicto con una nueva tregua, pero duró poco. Los argivos ocuparon Orcómeno, y los espartanos pasaron al ataque. Los ejércitos se encontraron en Mantinea en 418 a. C., y la batalla se saldó con una importante victoria para Esparta.

Inmediatamente, Argos comprobó que le convendría más aliarse con Esparta, y rompió su alianza con Atenas. Comenzó una dura lucha por el poder en Argos, y finalmente la ciudad volvió a alinearse con Atenas.

En 415 a. C., Atenas atacó la colonia espartana de Melos, que se había mantenido neutral hasta ese momento. El asedio duró siete meses, y finalmente, según cuenta Tucídides, todos los varones fueron ejecutados, y las mujeres y los niños esclavizados.

Por estas fechas entra en la historia un personaje peculiar, Alcibíades, miembro de una vieja familia aristocrática. Conocido por su carisma, se valió de su personalidad para avanzar rápidamente su carrera política, y convenció a los atenienses de participar en una guerra que había estallado en Sicilia, a pesar de las protestas de Nicias. Atenas apoyaría a Segesta frente a Siracusa. Poco antes de partir la expedición, Alcibíades fue acusado en relación con la mutilación de varias estatuas de Hermes y, cuando iba a ser detenido, huyó a Esparta. Sin su liderazgo, la expedición ateniense resultó desastrosa. Esparta entró del lado de Siracusa y, en 413 a. C., la flota ateniense fue prácticamente destruida.

Guerra de Decelia

Alcibíades, exiliado en Esparta les aconsejó socorrer a Siracusa y ocupar Decelia, situada a una veintena de kilómetros de Atenas, en la vía directa que comunica con Eubea. Su ocupación supuso un constante saqueo del campo ático (ya no eran estacionales). El debilitamiento sufrido por Atenas, fue aprovechado por sus aliados para liberarse del yugo ateniense, sublevándose Eubea Lesbos y Quíos y posteriormente gran parte de las poleis minorasiáticas. Persia mientra tanto, se mantenía expectante viendo como sus rivales griegos se fueron debilitando en luchas fraticidas, mostrando aleatoriamente apoyos a un bando o a otro, esperando sacar provecho de estas alianzas.

La derrota de los atenienses en Sicilia provocó una crisis política. Los oligarcas culparon al sistema democrático de la política exterior y de la derrota sufrida, realizando medidas restrictivas que llevaron a la instauración de una oligarquía en el 411 a.C. en la cual el órgano supremo del Estado era un Consejo de cuatrocientos miembros. El nuevo sistema no consiguió avanzar hacía un acercamiento de posturas con Esparta y con Persia.

La flota ateniense se recuperó rápidamente del desastre siciliano, saliendo victoriosa en las batallas de Cinosema, Abido y Cícico, en el Helesponto, con los que mantenía el control del comercio con el Mar Negro. Esparta ante estas contrariedades, trató de llegar a un armisticio con Atenas, pero esta la rechazó. Los nuevos triunfos navales habían devuelto la confianza, especialmente a las clases bajas que nutrían las trirremes, y se tradujeron en el retorno a la democracia y en la vuelta del ínclito Alcibíades.

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Mapa con los movimientos y campañas militares

Desenlace

Lisandro, jefe militar espartano no tuvo escrúpulos en solicitar de nuevo ayuda a Persia. Ayuda que será determinante para el desarrollo de la guerra. Lisandro entendió que había que vencer a Atenas en el mar, y destinó el dinero persa a la construcción de una flota. La nueva flota espartana se mostró victoriosa ante la ateniense, pero mostró su  dependencia persa cuando sufrió el revés de la batalla de Arginusas en el 406 a.C., momento en el que Lisandro había sido relevado por Alicrátides partidario de alejarse de la influencia persa.

Lisandro toma de nuevo el mando espartano, saliendo victorioso de la decisiva batalla de Egospótamos, recuperando uno tras otro las ciudades perdidas en el Helesponto. Seguidamente inició un bloqueo por tierra y por mar sobre el puerto del Pireo. Sin posibilidad de abastecerse, una vez acabados los alimentos, los atenienses iniciaron las negociaciones para entregarse.

Epílogo

Esparta estableció una alianza con Atenas, no accediendo a las peticiones tebanas y corintias de asolar Atenas. El siglo V a.C., el llamado siglo de Pericles, en el que Atenas se mostró hegemónica, concluye con un periodo de ocaso. A la vez, su rival Esparta continua con la amenaza interna de los hilotas, y Persia entra de nuevo en el ámbito griego minorasiatico. Los horrores vividos en la guerra quedaran en la mentalidad de los griegos, mostrándose en las artes plásticas.

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Bibliografía

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Historia de Grecia en la antigüedad, Madrid: Akal, 2011.

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia,  Barcelona: Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca, Ed. Salamanca, 2005.

Nicolás A.  García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

La edad de oro de Atenas (479 – 431 a.C.)

Los cincuenta años que transcurren desde el final de las Guerras Médicas hasta el inicio de las Guerras del Peloponeso son conocidos con el nombre de Pentecontecia. En este espacio temporal Atenas se convertirá en la mayor potencia marítima y comercial del Mediterráneo. Será además el momento de esplendor de la democracia, asociada a la figura de Pericles.

Finalizada la lucha contra el expansionismo persa, los atenienses eran conscientes de la necesidad de reforzar las defensas de su ciudad. El héroe de guerra Temístocles fue el principal valedor del amurallamiento de la ciudad de Atenas y del puerto del Pireo.

Los griegos del interior, especialmente los espartanos, veían de mala gana ese fortalecimiento defensivo ateniense, ya que en teoría Atenas no tenía nada que temer de sus vecinos griegos. Sin embargo, Temístocles era consciente de la necesidad de defender por tierra la ciudad. El puerto del Pireo y los Muros Largos acabarán de construirse en el 456 a.C., ganando Atenas una privilegiada posición defensiva.

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Tras la victoria de Mícale, las ciudades griegas cercanas a zonas de control persa querían seguir luchando para alejar al enemigo de sus fronteras. Así, Pausanias dirige la tropa aliada griega desde Chipre hasta Bizancio, asegurando las zonas reconquistadas.

En 477 a.C., Atenas, bajo el mando de Arístides, lidera la formación de la Liga Atico-délica, llamada así por elegir como su protector al Apolo de Delos. Si bien todas los componentes de la Liga eran iguales a la hora de tomar decisiones, Atenas se impondrá a menudo sobre los aliados menores, basándose en su poderío como potencia marítima.

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Continuando con la neutralización de la amenaza persa en el Egeo, la recién creada confederación liderada por Cimón, puso sus miras hacia Bizancio, ciudad clave del Bósforo, cuyo gobernante de origen espartano, Pausanias, estaba confraternizando con el enemigo con el peligro que ello conllevaba. La conquista de esta ciudad era vital para cortar el núcleo de comunicación y cabeza de puente que suponía para las guarniciones persas del otro lado del continente, en concreto con las del litoral tracio. Era de vital importancia cortar y derribar los puentes que unían las dos orillas para poder así acabar con las guarniciones persas mas fácilmente y apoderarse del control de los abastecimientos provenientes del Mar Negro. Tras una dura batalla, los aliados se hicieron con la ciudad y, aisladas de la parte principal del Imperio, las guarniciones persas de Tracia cayeron una tras otra, hasta la conquista de Eión, ciudad clave por sus recursos madereros y lo que éstos suponían en el mantenimiento de la magnífica flota aliada.

Cimón, dentro de la línea de la expansión de su poder, continuó con una nueva campaña con objeto de reforzar las posiciones atenienses en el Egeo y se embarcó hacia la isla de Esciros. Aprovechando pretextos religiosos, tuvo la ocasión idónea para liquidar este nido de piratas asaltantes que suponía un quebradero de cabeza para el comercio y la navegación del Helesponto.

Sin embargo, a partir de este momento, Atenas no pudo ocultar más sus verdaderas intenciones. El año 472 a.C. supuso un punto de inflexión para la política ateniense. Con la incorporación forzosa de Caristo, un estado soberano que no había querido participar de la gran alianza, empezaron los recelos contra Atenas. Comenzaron intentos de abandono de la Liga por parte de algunos aliados, pero fueron frustrados con la más absoluta crueldad y contundencia, propia más de un estado tirano e imperialista que de una democracia como la ateniense. La objeción de Naxos, estado que había ingresado voluntariamente, fue el primer intento de retiro de la Liga. Quería irse por creer que la confederación había perdido su auténtica razón de ser. Pero Atenas no podía tolerar algo así, porque serviría de precedente para que otros miembros siguieran el mismo camino. Se empezó a gestar un peligroso descontento entre los aliados, que veían con temor las líneas seguidas por Atenas, por lo que ésta, para intentar paliar el problema, enmascaró la situación preparando una nueva campaña contra los persas, quienes habían reunido una poderosa flota en las costas de Asia Menor y amenazaban el Egeo. Encabezados de nuevo por Cimón, consiguieron una contundente victoria en la desembocadura del río Eurimedonte, lo que no solo trajo mas prestigio a Atenas, sino la incorporación de nuevos miembros a la Liga.

Pero los aliados no eran tontos, y el descaro con el que Atenas estaba llevando a cabo su política represiva, no tardo mucho en causar una nueva “revuelta” contra su control. Tasos, con la esperanza de protección ofrecida por Esparta frente a Atenas, se levantó por su libertad y su autonomía, pero todo se quedó en un mera ilusión. La prometida ayuda espartana por la que tanto soñaron, nunca llegó. Y sus sueños se convirtieron en pesadilla con la llegada de los hoplitas y la flota ateniense. La ciudad fue capturada rápidamente y duramente reprimida.

Lo que los habitantes de Tasos no pudieron preveer fue el terremoto que sacudió Esparta en 464 a.C y que dejó a la poderosa urbe guerrera completamente desolada y en ruinas. En ese momento, los hilotas, aprovecharon la confusión reinante para organizar otra de sus numerosas revueltas, consiguiendo acorralar a los guerreros espartanos hasta tal punto, que no pudieron hacer otra cosa que tragarse su orgullo espartano y solicitar ayuda a su archienemigo: Atenas. Cimón, favorable a las relaciones amistosas con Esparta, se puso a la cabeza de los hoplitas a pesar de las discrepancias con respecto a esa actuación, en el propio seno de los mandatarios atenienses. A la llegada a Esparta del estratego ateniense, la situación estaba ya controlada por los orgullos e irreductibles guerreros espartanos; despreciaron su ayuda y le hicieron marchar de vuelta de mala manera. Los atenienses que desde un principio condenaron el apoyo a los espartanos, se las arreglaron para que Cimón tuviera que retirarse de la vida política.

El veterano Cimón había sido desterrado, y con él también la visión aristocrática de la política de Atenas. Era la ocasión perfecta para que Efíaltes, líder de los partidarios de la democracia, se alzase como el hombre que salvara a los atenienses de las corruptelas y los abusos de los poderosos. Efíaltes pagó su política anti-aristocrática con su vida al ser asesinado. En su lugar quedó el célebre Pericles. Este, por convicción o para ganarse al pueblo, impuso medidas como el pago del servicio público en asambleas y jurados, la manera perfecta de que los menos pudientes entraran en la política.

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Entre las polis griegas Atenas comenzó a aceptar como aliado en la Liga de Delos a cualquiera que estuviese dispuesto a entrar en ella, siempre con el objetivo en mente de anular el poder de los espartanos. Por otro lado los atenienses llevaron sus naves de guerra a Egipto, sin que conozcamos una causa clara. Allí el príncipe libio que ostentaba el poder se sublevó contra el imperio persa y pidió ayuda a Atenas. Las tropas ocuparon el Bajo Egipto y llegaron a asediar Menfis pero los grandes contingentes militares persas reaccionaron a tiempo y masacraron a la mayoría de combatientes griegos.

Los atenienses se enzarzaron junto con otras muchas polis en la Primera Guerra Sagrada, llamada así porque se luchaba por el control del santuario de Delfos, aunque en el fondo era un nuevo enfrentamiento entre los partidarios de Atenas y Esparta. La guerra se saldó con la victoria de Pericles, lo que le dio valor para lanzar violentos ataques sorpresa sobre diferentes regiones. Tras la guerra firmó una tregua de cinco años con Esparta, y poco después firmó la paz de Calias con los persas.

Las provocaciones entre ambos bandos continuaron y la tregua se rompió con el estallido de la Segunda Guerra Sagrada, cuyo resultado no ofreció ventaja alguna para ninguno de los dos adversarios. A su fin se firmó la Paz de los Treinta Años, un acuerdo que mantuvo a Esparta y Atenas a la espera de cualquier tensión que sirviera de excusa para volver a desatar la guerra en la Hélade.

Como hemos visto, la formación de la Liga Atico-délica irá evolucionando paulatinamente a un imperialismo con un claro protagonista: Atenas. La ciudad del Ática utilizará el apoyo de la Liga a su antojo para mantener la hegemonía, incluso cuando carecía ya de sentido la coalición, puesto que había desaparecido el peligro persa.

Las tensiones con las ciudades de la confederación irán aumentando, ya que Atenas impondrá en las ciudades aliadas arcontes y gobernadores para controlar la administración de las ciudades. Esparta hará todo lo posible para que así sea, apoyando a los rebeldes con la mano izquierda mientras estrechaba a Atenas la derecha.

Atenas no dudará en emplear la fuerza cuando alguna ciudad intente abandonar la Liga y someterá a dicha población a una dura represión, como en los casos de Naxos y Tasos. Su potencial marítimo le permitía un desplazamiento cómodo y veloz a un ejército difícil de frenar. A la vez que expandían su influencia comercial, los atenienses fomentaban las instituciones democráticas, si bien a menudo toleraban sistemas oligárquicos, siempre y cuando pagaran su tributo.

Una de las políticas para controlar las poleis fue la imposición de cleruquías, es decir, la instalación de colonos atenienses dentro de las ciudades, a modo de guardianes de los deseos de Atenas. Por otra parte, los atenienses ejercían su poder a través de la economía. Una de las grandes bazas con que jugaban era la seguridad que habían dado al mar Egeo: lo había limpiado de toda piratería y el comercio fluía sin problemas. El tributo a todas las polis servía teóricamente como sostenimiento de la flota y en la práctica para engrosar las arcas de Atenas y construir su grandiosa Acrópolis. Por último, unificaron el sistema de pesos y medidas convirtiendo a la moneda ática en patrón universal.

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La Pentecontecia fue la Edad Dorada de Atenas, el momento en el que Pericles conjugó hábilmente, imperialismo y democracia, para guiar a su pueblo hacia la gloria.

BIBLIOGRAFÍA

PLACIDO, D., La Pentecontecia, Ed. Akal, 1989, Madrid.

HIDALGO, Mª. J., SAYAS, J.J., ROLDÁN, J. M (coord.), Historia de la Grecia Antigua, Ed. Salamanca, 2005, Salamanca.

HUBEÑÁK, F., “Perciles y la sociedad de su época”, en Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp. 9–54.

GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Historia de Grecia en la Antigüedad, Ed. Akal, 2011, Madrid.

            Rubén Rodríguez Galán

            Pedro Aguado González

            Manuel García Salazar

            Delia Egea Gómez

Griegos y persas

Las poleis griegas, enzarzadas en sus guerras, apenas prestaban atención a la sombra que crecía en el este, ajenas a la amenaza que sobre ellas se cernía. Desde el Este, un poderoso imperio venía extendiéndose desde los lejanos ríos de la India hasta Egipto, arrasando todo a su paso. Este imperio no era otro que Persia, cuyos habitantes, persas y medos, extendieron su dominio desde el desierto del actual Irán. A finales del S. VI, los ejércitos del Gran Rey persa habían llegado hasta las puertas de las ciudades griegas de Asia Menor.

Los persas, en su proceso expansivo, habían instalado una satrapía (provincia del imperio persa) en el antiguo reino lidio de Creso en 546 a. C. Las poleis minorasiáticas, especialmente las tiranías, pasaron de una suave influencia lidia a estar subordinados al sátrapa persa. Sin embargo, los persas mantuvieron a los tiranos griegos para tener bajo control a los griegos y evitar que el cambio fuese traumático.

Hacía el 515 a. C., Darío I inicia un nuevo expansionismo atravesando el Bósforo y adentrándose en Europa. Fracasa en su objetivo principal, apoderarse de los territorios escitas situados en el norte del Mar Negro, pero consiguió el control de ambas orillas de los estrechos, y por tanto el control del comercio hacía el mar Negro.

En el año 499 a. C. la Confederación Jonia abandona su papel aglutinador religioso en torno al santuario de Poseidón, y se convierte en el núcleo inicial de la resistencia contra los persas. Los griegos habían sido frenados en su expansión colonial a mediados del siglo anterior. El comercio y por tanto los recursos habían disminuido progresivamente, todo esto coincide con la aparición del imperio persa en Asia Menor. Esta situación creó malestar entre las ciudades jonias, las cuales culparon a los persas de su desgracia.

Sublevación jonia

Las fuentes que contamos para este acontecimiento, Herodoto, parecen estar contaminadas por perjuicios antijonios y por el conocimiento que tuvo el historiador del resultado de los conflictos. Para Herodoto los motivos de esta sublevación fueron personales, la actitud del tirano de Mileto, Aristágoras, ante el fracaso de apoderarse de Naxos con ayuda de los persas.

Los historiadores modernos pretenden incorporar nuevas causas de la sublevación, causas que posibilitasen a las ciudades estado adherirse a la insurrección de la Confederación Jonia. Causas como la disminución del comercio griego hacia zonas controladas por los persas, favoreciendo al comercio fenicio; y la preferencia de los griegos por nuevas formas de gobierno en contra de los tiranos.

El inicio de la sublevación fue favorable para los griegos. Ayudados por atenienses y eritreos, la Confederación en el 498 a. C. toma la ciudad de Sardes, antigua capital lidia, incorporándose a la sublevación comunidades griegas de la Licia, de la Caria del Bósforo, de la Propóntide y de Chipre. Sin embargo, la retirada del apoyo ateniense dos años después posibilitó a las huestes de Darío I ir incorporando los territorios sublevados que concluyó con la toma de Mileto. La desunión de los griegos quedó patente, y será un acicate para que el Imperio Persa extienda su influencia hacia el continente por medio de alianzas o de intimidaciones.

Primera Guerra Médica

Tras someter todas las ciudades griegas de Asia Menor, en la primavera de 492 a. C. los persas pusieron por primera vez su pie en territorio Europeo. Mardonio, yerno del Gran Rey Darío, cruzó el Bósforo al mando de un enorme ejército. Apoyado por una poderosísima flota, Mardonio arrasaba todo a su paso. Tras algunas pequeñas batallas frente a las tribus tracias, los persas llegaron a las puertas de Grecia.

GUERRAS MÉDICAS

Por fortuna para los griegos, una tormenta destruyó la mayor parte de la flota persa en el cabo Atos, en la península Calcídica. Este desastre, sumado al continuo hostigamiento de las tribus locales hizo desistir a Mardonio de su empeño, al menos por el momento.

Poco tiempo después, el gran rey envió emisarios a todas las ciudades griegas pidiendo “el agua y la tierra”, una forma de pedir una rendición total sin condiciones. Acto seguido, en verano de 490 a. C. un nuevo ejército persa zarpó desde Cilicia, en el Sur de Anatolia. Herodoto asegura que eran al menos 20.000 infantes y numerosos jinetes. Este ejército conquistó las islas Cícladas, en el Mar Egeo, aunque su objetivo era la isla de Eubea. Eretria, ciudad de esta isla, fue arrasada y sus habitantes fueron vendidos como esclavos en Susa, una de las capitales del imperio persa. Una vez tomada la isla, los ojos del enemigo se posaron en Atenas.

Una a una las ciudades griegas fueron cayendo bajo el poder persa. Solo unas pocas ciudades libres, encabezadas por Atenas y Esparta, ofrecieron resistencia. Artafernes, general persa, decidió castigar la osadía griega y desembarcó cerca de Atenas, en la llanura de Maratón, a 40 kilómetros de la ciudad. En este lugar se libró la batalla por la libertad de Grecia. Un ejército ateniense de hoplitas, liderado por Milcíades y Temístocles, presentó batalla en la llanura. Sin embargo, Artafernes tenía otros planes. Mientras se libraba la batalla, embarcó un grupo de élite y se dispuso a tomar Atenas aprovechando que los soldados se hallaban en Maratón.

PROCESIÓN DE LOS INMORTALES PERSAS  Inmortales persas

El alto mando griego vio esta amenaza, y a pesar de encontrarse con un ejército ampliamente superior en número,  Milcíades ordenó a sus hombres cargar contra los flancos del ejército persa. Esta maniobra desconcertó al enemigo, permitiendo a los griegos tomar la iniciativa en la batalla y empujar a los persas de nuevo hacia sus naves. El resultado de la batalla fue de aproximadamente 6400 bajas por parte de los persas frente a 192 griegas.  Una vez finalizada la batalla, los vencedores enviaron a un mensajero a Atenas para comunicar la noticia. Este hombre, de nombre Filípides, corrió los 40 kilómetros que separaban la llanura de Maratón de Atenas y comunicó la noticia. Tras ello, murió de agotamiento. Esta hazaña es el origen de la popular prueba deportiva de la maratón, la cual recorre exactamente la misma distancia que recorrió Filípides.

Esta batalla fue una gran victoria para los atenienses, convirtiéndose en un símbolo de gloria y demostrando que los persas no eran invencibles. Sin embargo, para el Gran Rey no supuso un gran cambio. La sombra persa en el Este continuaba creciendo, y poco después los griegos tuvieron que luchar de nuevo por su libertad.

La segunda guerra médica

Habría que esperar diez años para que griegos y persas volvieran a la guerra. Durante estos años, los persas se ocuparon de sofocar rebeliones en Egipto y Babilonia en medio de la sucesión del trono. El sucesor de Dario, Jerjes,  una vez conseguida la estabilidad interna volvió la mirada hacia los griegos. Las potencias griegas también estaban inmersas en conflictos, Atenas mantenía una disputa contra  la vecina isla Egina, y Esparta tenía problemas de orden interno con el intento de recuperación del  trono por Cleómenes I.

Jerjes realizó personalmente la nueva expedición persa, cruzando el Helesponto en la primavera del 480. Buscó, basándose en la perenne desunión griega, el apoyo algunos estados griegos por medio de la intimidación por la fuerza, o utilizando al oráculo de Delfos, consiguiendo la defección de numerosas poleis griegas. De esta manera solo una treintena de estas ciudades estado firmaron una alianza militar en Corinto para defenderse contra los persas.

LEÓNIDAS EN LAS TERMÓPILAS  Leónidas en las Termópilas

El primer enfrentamiento tuvo lugar en las Termópilas. Trescientos espartanos y siete mil soldados de la liga del Peloponeso comandados por el rey Leónidas, presentaron batalla en este desfiladero. Ante el imparable avance del enemigo, Leónidas junto a sus 300 espartanos lucharon hasta el final a fin de entretener el avance persa y permitir el repliegue de los demás aliados. Este sacrificio permitió también la evacuación de Atenas, así como el repliegue de la flota griega que en esos mismos días luchaba contra los persas en el Cabo Artemisión.

Los persas, una vez salvado el obstáculo de las Termópìlas gracias a una traición, tuvieron libre acceso a la Grecia central, consiguiendo el abandono de beocios, tesalios, locrios y dorios del frente griego.

Los atenienses habían abandonado su ciudad, la cual fue saqueada por los persas.  Los atenienses se refugiaron en Salamina, donde se reagrupó también la flota griega tras la batalla de las Termópilas. Allí el estrategos Temístocles de Atenas, que había incentivado la construcción de una potente flota en los años anteriores, ideó el plan estratégico con el que derrotarían a los persas. La batalla naval se desarrolló en un espacio reducido donde la superioridad numérica de los persas se convirtió en un problema para la maniobrabilidad, frente al menor número de navíos griegos, mucho más ágiles. Las naves persas fueron destruidas, consiguiendo desde entonces los griegos la hegemonía marítima.

TRIRREME GRIEGA  Trirreme griega

Los persas aunque habían perdido sus efectivos navales en Salamina, seguían teniendo intacto el ejército de tierra bajo el mando de Mardonio, con el que realizó un nuevo saqueo del Ática. Atenas forzó a sus aliados para entablar una batalla que fuera decisiva contra los persas, que se desarrolló en el año 479 a.C. en Platea. Comandados por el espartano Pausanias, cincuenta mil hoplitas griegos derrotaron finalmente al ejército mercenario persa, poniendo final a las ambiciones persas en Grecia.

En el mismo año, la flota griega destruye lo que quedaba de la flota persa tras la batalla de Salamina en Micale, en el Asia Menor, permitiendo el levantamiento general de los griegos sometidos de Asia Menor.

Consecuencias

La victoria sobre los invasores extranjeros había sido total. Los persas habían sido derrotados, pero su amenaza no había desaparecido. Los griegos, conscientes de ello, fundaron una alianza defensiva, una symmachia, con sede en la isla de Delos. Esta alianza contaría con fondos aportados por todos los miembros que se uniesen a la misma, y serviría tanto para soportar los gastos de una posible guerra contra los persas así como para ayudar a las ciudades que resultasen dañadas por la guerra.

No obstante, y a pesar de las buenas intenciones que en un principio tenía la liga y del ambiente de euforia por la victoria, pronto surgieron diferencias dentro de la liga. Las posiciones atenienses y espartanas fueron distanciándose, y cada vez las relaciones fueron más frías entre ambos estados. La situación se polarizó en torno a estas dos potencias, cada vez más enfrentadas. Se inicia así un período de “Guerra Fría”, con acciones indirectas por parte de la Liga de Delos y la Liga del Peloponeso, fundada por Esparta.  Solo era cuestión de tiempo que la guerra volviese a asolar Grecia.

A este período se le denomina Pentecontecia (50 años), cuyo nombre hace referencia a los 50 años que separan las Guerras Médicas de la Guerra del Peloponeso.

http://www.artehistoria.com/historia/videos/612.htm

Bibliografía

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Historia de Grecia en la antigüedad, Madrid: Akal, 2011.

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

LÓPEZ MELERO, R., PLÁCIDO D., PRESEDO F., Historia universal. Edad antigua, Grecia y Oriente próximo, Barcelona: Vicens Vives, 2003

ROLDÁN HERVÁS, J.M., Historia de Grecia Antigua. Salamanca, Ed. Salamanca, 2005.

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte