EL RODILLO ROMANO

(La conquista del mundo griego)

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Un nuevo equilibrio

Roma cambió por completo el tablero de juego oriental. Si bien hasta el momento habían sido seléucidas, lágidas y macedonios quienes llevaban la voz cantante en los asuntos helenísticos, Roma decidió dar más importancia a otras potencias secundarias en perjuicio de los peces grandes. Así, el equilibrio basculó hacia Pérgamo, la Liga Aquea y Rodas, que cumplían la función de contrarrestar el poder de los grandes imperios. Además, dado el trato de favor por parte de Roma, en el senado se esperaba que estos estados actuasen con agradecimiento respecto a su protector.

Pero Roma pronto vio que se había metido en un avispero. La galaxia de estados helenísticos y sus continuos problemas políticos, sociales y económicos convirtió lo que parecía una conquista fácil en un continuo quebradero de cabeza para el nuevo árbitro. Por otra parte, las acciones llevadas a cabo por Roma no pueden calificarse de sutiles: siempre que había un conflicto interno en un estado, Roma arbitraba siempre a favor de la clase dominante, creando de este modo un poso de resentimiento que estalló en innumerables movimientos nacionalistas y antirromanos.

Los continuos problemas y el continuo tráfico de embajadas helenísticas en Roma, muchas de las cuales eran contrarias entre sí, obligó al senado romano a actuar cada vez con más dureza. Las medidas excepcionales tomadas por Roma pronto se convirtieron en costumbre, y esta costumbre desembocó en el imperialismo que supondría el fin de la independencia de los cada vez más debilitados reinos helenísticos.

La úlcera griega

El clima político en la Grecia continental estaba más que caldeado. Roma apenas había sido capaz de imponer una precaria paz entre macedonios, etolios y aqueos. Irremediablemente, el conflicto estalló de nuevo en 190 a.C., cuando los etolios, reunidos en la Liga Etolia, declaran la guerra a la Liga Aquea, aliada de Macedonia y de Roma. El senado envió al cónsul Fulvio Nobilior para acabar con las aspiraciones etolias y calmar la situación. La guerra se saldó con la derrota etolia en el asedio de Ambracia ante las fuerzas aliadas de aqueos, macedonios y romanos.

Fue entonces cuando Filopemén, líder de la Liga Aquea, aprovecha esta victoria para dominar por su cuenta todo el Peloponeso. Esparta, hostil a la liga, envía una embajada a Roma pidiendo que aplacase las ansias aqueas. Filopemén en respuesta ataca Esparta y abole la constitución de Licurgo (Rhetra), vigente en la ciudad desde hacía quinientos años.  Sin embargo, Filopemén es derrotado y muerto por los mesenios en 183 a.C.

A estas alturas Roma ya estaba cansada de las continuas guerras y embajadas de los griegos. Pero por una vez y para variar, Roma decidió no actuar directamente. Dejó que Calícrates, personaje poderoso de la Liga Aquea y favorable a Roma, devolviese la paz al Peloponeso en 181 a.C. restituyendo todo lo que había destruido Filopemén.

Pero Roma tenía problemas mucho más importantes que resolver más al Este.

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Pérgamo y Rodas

Pérgamo, fiel aliada de Roma, fue invadida por el vecino reino de Bitinia. Las peticiones de ayuda de Eumenes, rey de Pérgamo, fueron escuchadas en Roma, y el senado obligó a Bitinia a retirarse. Pero la guerra de nuevo llamó a las puertas de Pérgamo. Poco después fue Ponto, aliado de Bitinia, quien invadió Pérgamo. Pero esta vez el senado no movió un dedo por Pérgamo. La guerra acabó con victoria pergamena, pero las relaciones entre ambos estados se enfriaron notablemente: Pérgamo se sentía traicionada, mientras que Roma desconfiaba de un Eumenes que cada vez era más poderoso y osado.

Por otra parte, Rodas se había convertido gracias a Roma en una potencia comercial sede de una confederación muy próspera de ciudades. Además, había obtenido tras Apamea la región continental de Licia, aunque fue un regalo envenenado. Las continuas revueltas licias eran aplastadas brutalmente por Rodas, y ante esta situación los licios pidieron el amparo de Roma. Rodas confiaba en que el senado ignorase estas súplicas, pero de nuevo la esquizofrénica política romana dio un giro y arbitró a favor de los licios.

La política exterior romana puede verse desde varios puntos de vista: por una puede estar encaminada a mantener el equilibrio en la zona, evitando que unos peces acaben engullendo a los otros. Por otra parte, puede ser producto de un proyecto más obscuro destinado a debilitar a todas las potencias por igual, a fin de que no tuviesen más remedio que pedir el auxilio del senado para resolver sus disputas. De este modo se lograría una conquista con menos costes y con menos oposición interna. Por último, esta política responde también a las continuas luchas internas entre las diferentes familias del senado romano, las cuales, al igual que los políticos actuales, se dedicaban a buscar beneficios propios mientras se oponían ciegamente a los proyectos de la otra parte.

La Tercera Guerra Macedónica

Filipo V de Macedonia falleció en 179 a.C., siendo sucedido en el trono por su hijo Perseo. Una de las primeras medidas de éste fue la renovación del tratado de alianza con Roma, pero pronto se enfrentaría con la potencia italiana. Perseo llevó a cabo numerosas medidas para ayudar a las clases bajas de Macedonia, mientras que los estratos acomodados eran generalmente favorables a Roma.

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Tetradracma de Perseo

En política exterior, Perseo consiguió mediante una hábil diplomacia restaurar en parte el prestigio de Macedonia en Grecia e incluso Asia Menor, lo cual preocupaba al rey de Pérgamo, Eumenes II. Éste viajó personalmente a Roma para convencer al Senado de la ciudad de declarar la guerra a Perseo. En 171 a.C., comenzó la ofensiva romana y estalló la Tercera Guerra Macedónica.Perseo se reveló como un hábil general, saliendo victorioso en todas las batallas durante los tres primeros años de la guerra. Sin embargo, las cosas cambiaron con el nombramiento como cónsul, en 168 a.C., de Lucio Emilio Paulo, un veterano de las guerras contra los lusitanos en Hispania. Las fuerzas macedónicas y romanas se enfrentaron el 22 de junio en Pidna, donde la victoria de Roma fue total. Perseo fue capturado y encarcelado en Roma, y el reino de Macedonia fue disuelto, terminando así más de un siglo de reinado de la dinastía Antigónida.

Después de Pidna

Paulo no tuvo piedad ninguna con el enemigo derrotado, y esta crueldad fue sólo el principio de lo que sería, tras la derrota definitiva de Macedonia, la nueva política de Roma en Grecia. Rápidamente, se pasó de la diplomacia, con distintas alianzas firmadas con estados griegos, a una auténtica política imperialista.

El antiguo reino de Macedonia se dividió en cuatro repúblicas vasallas de Roma. Parecida suerte corrieron los territorios de Iliria y el Epiro, aliados de Macedonia y que no tenían ninguna posibilidad para resistir el envite romano.

Los romanos se dirigieron entonces a la Grecia peninsular, con el objetivo de purgar los elementos antirromanos. Unos mil políticos y generales de la Liga Aquea fueron deportados a Italia, entre ellos el historiador Polibio, cuyo padre se había opuesto activamente a la influencia romana en Macedonia. Polibio se convertiría en el tutor de los hijos del cónsul Paulo. La Liga Aquea fue puesta en manos de un títere de Roma, mientras la Liga Etolia fue disuelta por completo, y se desató en Grecia una brutal persecución de los opositores a Roma por parte de sus conciudadanos prorromanos.

Pero la injerencia de Roma no acabó allí, ya que hubo consecuencias negativas incluso para sus estados aliados. La isla de Delos fue arrebatada del control de Rodas, que había intentado mediar en la guerra, lo cual resultó catastrófico para la economía rodia. En cuanto a Eumenes II, Roma le retiró su apoyo y, en 166 a. C., declaró libres a los gálatas, tradicionales enemigos de Pérgamo.

Lágidas y Seléucidas de Apamea a Pidna

En el reino seléucida de Antíoco III, la paz de Apamea supuso la pérdida de los territorios de Asia menor. Roma quiso también debilitar al reino lágida, permitiendo a los sirios recuperar los territorios de Palestina y Celesiria, perdidos ante los egipcios durante la Quinta Guerra Siria. Sin embargo, por el mismo tratado de Apamea, los seléucidas estaban obligados al pago de una importante indemnización a Roma. Esta carga lastró la autonomía política de los reinos seléucidas. El propio rey Antíoco fue asesinado en el año 187 a.C. mientras intentaba recolectar tributos con los que pagar la cláusula económica.

Durante el reinado de Seleuco IV, hijo de Antíoco III, los seléucidas siguieron teniendo los mismos problemas económicos para pagar la deuda a Roma. Tras la muerte del rey, ocupó la regencia su hermano Antíoco. El asesinato de su sobrino, el heredero de la corona, le aupó a ser proclamado rey como Antíoco IV.

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Antíoco IV Epifanes

Mientras, el reino lágida de Ptolomeo V está inmerso en una guerra secesionista en el Alto Nilo, impidiéndole recuperar los territorios perdidos de Palestina y Celesiria. A su muerte, ocupó la regencia su esposa Cleopatra, hija del rey seléucida Antíoco III. Durante su regencia las relaciones entre lágidas y seléucidas fueron buenas, pero la situación cambió tras su muerte en el 176 a.C. Como los herederos (los futuros Ptolomeo VI, Cleopatra II y Ptolomeo VII) eran menores, asumieron la regencia dos eunucos que tenían rencor a los seléucidas. Utilizaron la regencia para dar rienda suelta a sus odios. Así, declararon mayor de edad a Ptolomeo VI, y aprovechándose de su juventud iniciaron una campaña militar con la intención de recuperar los territorios de Palestina y Siria occidental, dando inicio a la” Sexta Guerra Siria”.

Tanto lágidas como seléucidas buscaron la ayuda de la poderosa Roma. Ocupada en la guerra contra Macedonia, Roma no intervino en ese momento en el conflicto. Los seléucidas aplastaron sin dificultad las tropas lágidas, ocupando todo el país excepto Alejandría.

Antíoco IV intento en otra campaña conquistar Alejandría. Roma mientras tanto ya había acabado con Perseo en Macedonia, y el Senado decidió extender sus intereses interviniendo en el conflicto en favor de Egipto. Roma lanzó un ultimátum a Antíoco IV para que devolviese los territorios ocupados en la guerra. La amenaza de Roma amedrentó a los seléucidas, regresando a su país.

Fin de la independencia griega

Roma se había mostrado militarmente implacable en Macedonia. Pero una vez ocupado el reino, no mostró un programa político para gobernarlo, dejando el gobierno en manos de títeres filorromanos que se mostraron corruptos e ineficaces. En este descontento, surgió la figura del “falso Filipo”. Un osado aventurero se hace pasar por el hijo de Perseo, envolviéndose en el nacionalismo latente se proclama rey, aglutinando a la gran masa de descontentos con la ocupación romana. Inició una campaña militar que le llevó a tener unos éxitos iniciales frente a una legión romana. Roma se tomó entonces el asunto en serio y acabo de manera implacable la aventura del “falso Filipo”, aplastándolo en el mismo lugar donde lo había hecho a su falso padre, en Pidna. Con el propósito de evitar más sublevaciones, Macedonia fue incorporada al Imperio como provincia.

Después de la batalla de Pidna en el 168 a.C. la Liga Aquea estaba controlada por el filorromano Calícrates. Pero el retorno de políticos exiliados desestabilizó la liga, pasando a estar controlada por facciones antirromanas. El enfrentamiento con Roma era inevitable, y la chispa saltó en una mediación fronteriza contra un miembro de la liga, Esparta. Esta solicitó el apoyo de Roma para independizarse de la liga.

La liga declaró la guerra a Esparta en el año 146 a.C. El senado romano decidió intervenir enviando al pretor Metelo. La liga sucumbió ante la superioridad de las legiones  romanas, dando un escarmiento que sirviese de ejemplo ante nuevas sublevaciones: la rica polis de Corinto fue saqueada y destruida.

Conclusión

La independencia política de Grecia concluye con el saqueo de Corinto. El dominio romano se muestra no solo en la nueva provincia romana de Macedonia (a la que se incorporaron nuevos territorios de Epiro e Iliria), sino en el sometimiento del resto del territorio griego al poderoso rodillo del ejército romano.

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

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