El avispero Helenístico (246-229 a. C)

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Altar de Zeus de Pérgamo (museo de Pérgamo en Berlín)

La  Segunda Guerra Siria demostró  que las viejas rencillas iniciadas por los diadocos no habían terminado, y más con el ímpetu expansionista mantenido por Ptolomeo II Filadelfo. La alianza entre el rey seléucida, Antíoco II, y el rey macedonio, Antígono II, había conseguido derrotar  a Filadelfo, frenando la injerencia política de los Ptolomeos en el área del mar Egeo.

Para muchas poleis griegas, “la sombra de Filadelfo” suponía protección frente al poderoso vecino macedonio. Y la derrota sufrida por Filadelfo podía constituir un aumento del dominio de Antígono II. Éste, pese a sobrevivir siete años a Filadelfo y Antíoco, no consiguió extender su influencia sobre la Grecia continental y sus ligas.

Las Ligas

La constitución de Ligas como forma de buscar protección colectiva venia de tiempo atrás en el mundo griego, casi siempre asociadas a una actitud defensiva. A mediados del siglo III a.C. dos de ellas alcanzaran el estatus de potencias, interviniendo en la política exterior  del mundo griego.

La Liga Etolia: en los inicios del siglo III a.C., tribus celtas procedentes del norte penetraron en Grecia continental. Ante la pasividad de Antígono, Etolia, región poco urbanizada y con escaso protagonismo en los procesos históricos anteriores, salva del saqueo al santuario de Delfos. La enorme importancia espiritual que tenía para los griegos Delfos, ahora en manos de los etolios, permitió a Etolia constituir  una liga para protegerse. Liga a la que se sumaron la mayoría de los Estados de la Grecia Central, desde el mar de Tesalia hasta el sur de Epiro.

La Liga Etolia funcionaba de forma federada. Los  miembros se reunían periódicamente en una asamblea general con carácter soberano, donde se decidía entre otras cuestiones sobre la elección de los magistrados que ostentaban el poder ejecutivo, o sobre la paz y la guerra.

La Liga Aquea: en el 280 a.C. se formó la alianza de poleis en el norte del Peloponeso. También tenía carácter federal, con una asamblea electiva que nombraba un poder ejecutivo compuesto por un general y magistrados.

En el año 251 a.C. ingresa en La Liga Aquea la ciudad de Sición. En esta ciudad-estado se había producido el derrocamiento del tirano que la gobernaba, tomando el poder Arato. Sición encuentra en la Liga aquea el refugio donde guarnecerse de la injerencia de Macedonia, proclive al apoyo de los tiranos. Arato en el 247 a.C. fue nombrado general de la alianza por un periodo de veinte años. Durante su mandato  la liga tendrá una fuerte intervención en los asuntos internos de los Estados vecinos, recurriendo a alianzas temporales y circunstanciales con las potencias griegas para conseguir sus objetivos. Así, en el 243 a.C. en una primera acción  contra Macedonia, se alió con Esparta para conseguir la liberación de Corinto. Por otra parte, Macedonia encuentra la alianza de La liga Etolia con la intención de invadir territorio de los aqueos. Fracasó esta invasión, firmándose la paz en el 241 a.C., por la cual Macedonia perdía Corinto.

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La crisis de Esparta

A la muerte de Antígono, en 239 a.C., el trono de Macedonia pasó a su hijo, Demetrio II. En principio, Demetrio continuó la política de su padre de alianza con la Liga Etolia frente a la Liga Aquea y Esparta. Sin embargo, el equilibrio de poder en Grecia estaba en esa época sufriendo un vuelco, y las alianzas vigentes hasta entonces pronto perderían su vigencia.

El motor de este cambio fue la grave crisis sufrida en Esparta a mediados del siglo III a.C. En esencia, se trataba de una crisis agrícola, provocada por la acumulación de la inmensa mayoría de tierras en las manos de tan solo unas cien familias espartanas. Esto dejó a gran parte de la población libre en un estado de pobreza extrema, que a su vez resultó en la pérdida de potencial militar para Esparta, ya que la participación en el ejército y el armamento necesario corrían a cargo de los propios ciudadanos.

En 245 a.C. subió a uno de los dos tronos de Esparta el joven e idealista Agis IV. Éste se propuso poner fin a la crisis por medio de medidas populistas como la cancelación de las deudas y la redistribución de las tierras. Así pretendía devolver a los lacedemonios empobrecidos su poder adquisitivo y su capacidad para contribuir al ejército. Naturalmente, los ciudadanos más privilegiados, así como el otro rey, Leónidas II, se oponían a estas medidas.

Aprovechando una campaña de Agis en Acaya en 241 a.C., Leónidas se hizo con el poder absoluto en la ciudad y consiguió que salieran elegidos cinco éforos (poderosos magistrados municipales) afines a él y enfrentados a Agis. Cuando el joven rey volvió a Esparta, fue apresado y encarcelado. En la misma cárcel tuvo lugar un simulacro de juicio, y Agis fue ejecutado de inmediato.

Leónidas II murió en 235 a.C., y fue sucedido por su hijo Cleómenes III. Unos años antes, Leónidas había obligado a Cleómenes a contraer matrimonio con Agiatis, la viuda de Agis, para hacerse con la herencia de su rival. Pero Agiatis consiguió convencer a su nuevo marido de que las reformas intentadas por Agis serían positivas para Esparta. Cuando Cleómenes subió al trono se dedicó a promulgar estas medidas incluso con mayor insistencia que Agis.

Macedonia entre Demetrio II y Antígono III

El nuevo rey de Macedonia, Demetrio II, quería recuperar la influencia de su país en Grecia, en detrimento de sus aliados de la Liga Etolia. Éstos reaccionaron rompiendo su pacto y aliándose a su vez con los aqueos, sus antiguos enemigos. Comenzó así, en 238 a.C., una breve guerra de la que los macedonios salieron victoriosos. Sin embargo, Demetrio, conocido con el sobrenombre de Etolio tras su triunfo, no consiguió restablecer la antigua influencia macedónica en el Peloponeso.

Además, el rey tuvo que hacer frente a una nueva amenaza por el norte: los dardanios, una tribu que habitaba las regiones de Iliria y Tracia. En 229 a.C., Demetrio II murió durante una campaña en la frontera septentrional de Macedonia. Su fallecimiento tuvo nefastas consecuencias para su reino, ya que todas las alianzas se deshicieron y los macedonios se quedaron aislados.

El hijo de Demetrio, Filipo V, tenía sólo nueve años a la muerte de su padre, por lo que la regencia recayó en Antígono III Dosón, primo del difunto rey. Antígono demostró tener una gran habilidad tanto en política como en el campo de batalla. Aseguró la frontera norte frente a la amenaza dardania y reconquistó Tesalia, que se había unido a la Liga Etolia.

Ascenso y caída de Cleómenes de Esparta

Las reformas de Cleómenes en Esparta resultaron de un éxito rotundo, y pronto varias ciudades de la Liga Aquea se plantearon abandonar la Liga para aliarse con Esparta. Así, Cleómenes conquistó con relativa facilidad la región de Arcadia y llegó con su ejército hasta Corinto. En esta tesitura, el rey de Egipto, Ptolomeo III Evergetes, acérrimo enemigo de Macedonia, retiró su apoyo a la Liga Aquea para aliarse con Esparta, viendo en Cleómenes un auténtico caballo ganador.

Arato de Sición, otrora el rey más poderoso de la Liga Aquea, veía con desesperación el derrumbe de la alianza y pidió ayuda a Antígono frente al avance de Esparta. El regente macedonio se aprovechó inmediatamente de la ocasión que se le presentaba, y marchó sobre Corinto, obligando a Cleómenes a retroceder y a abandonar casi todos los territorios que había conquistado.

Antígono, ya al mando de las tropas de la Liga Aquea además de las suyas propias, se dirigió directamente contra Lacedemonia. La última batalla de Cleómenes tuvo lugar en el verano de 222 a.C. en Selasia, a diez kilómetros de Esparta. Más de una cuarta parte de los soldados espartanos murieron en el enfrentamiento, y por primera vez tropas macedonias entraron en Esparta.

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Moneda de Antígono III Dosón

Cleómenes huyó a Egipto, refugiándose en la corte de su aliado Ptolomeo III. Sin embargo, éste murió el mismo año, y su hijo, Ptolomeo IV Filopátor, le retiró la ayuda. Cleómenes trató de comenzar una revuelta contra Ptolomeo IV, pero fracasó y, en 219 a.C., se suicidó tras comprobar que no recuperaría nunca su trono. Antígono, por su parte, falleció en 221 a.C., y Filipo V, ya mayor de edad, se convirtió en rey de pleno derecho de la nuevamente gloriosa Macedonia.

De Lágidas  y  Seléucidas

En el año 246 fallece el rey Antíoco II, dejando sumido al reino seléucida en una guerra dinástica en la que intervendrá nuevamente Egipto. Seleuco II, fruto del primer matrimonio entre Antíoco II y Laonice, fue proclamado rey. Pero Berenice, segunda esposa del fallecido y hermana de  Ptolomeo III, pretendía que su hijo fuese el elegido y para defender sus intereses pidió ayuda a su hermano.

Cuando el rey lágida Ptolomeo III se presentó en Siria, su hermana y su sobrino habían sido asesinados. Ante tal ofensa decidió vengarse, ocupando militarmente el reino seléucida, dando comienzo a la Tercera Guerra Siria. Al mismo tiempo en  Egipto habían surgido problemas internos que debía solucionar. Sin haber consolidado las conquistas tuvo que partir a Egipto, dejando una guarnición que fue derrotada por el rey Seleuco II. Casi todo el territorio fue reconquistado, volviendo a reestablecerse la soberanía seléucida.

Una vez instaurado el gobierno, Seleuco II asoció como corregente a su hermano Antíoco  Híerax (el Halcón). Este, apoyado por oligarquías regionales, traiciona a su hermano al independizar los territorios de Asia Menor. Así, en el año 241 se inició el conflicto conocido como la “Guerra de los Hermanos” que trascurrirá hasta el 239 a.C. Híerax contrarresta su inferioridad militar con apoyos de las poleis del Ponto y con tropas mercenarias gálatas, consiguiendo derrotar a su hermano y obligándole a firmar un armisticio por el cual Híerax se quedaba con la parte norte de Asia Menor.

Pérgamo y la “mafia celta”

Sobre una colina en el valle del río Selinus se alza la ciudad de Pérgamo, capital del reino que gobernó gran parte de Anatolia hasta el S. II a. C.

Sin embargo, los orígenes de este reino fueron muy humildes. En tiempos de Alejandro Magno no era más que un pueblo amurallado sobre un monte, lejos del mar y de cualquier ruta importante. Durante algún tiempo la ciudad perteneció al dominio de Antígonos Monoftalmós (el Tuerto), y luego al de Lisímaco, rey de Tracia y Macedonia.  Sin embargo este pueblo tenía cierta autonomía, en parte debido al talento diplomático de Filetero, gobernador y fundador de la dinastía atálida.

Filetero supo ganarse la amistad de sus poderosos vecinos los seléucidas, y la ciudad conoció un tiempo de prosperidad. Sin embargo todo cambió bajo el reinado de Eumenes, sobrino del desaparecido Filetero. El nuevo gobernador se enfrentó a sus antiguos aliados, probablemente animado por la guerra que los seléucidas mantenían contra el otro gran imperio oriental: el Egipto Ptolemaico. Eumenes caldeó la situación hasta el punto de obligar a los seléucidas a atacar Pérgamo. Sin embargo y contra todo pronóstico, los seléucidas fueron derrotados cerca de Sardes. De este modo Eumenes se autonombró rey de Pérgamo, comenzando un período de conquistas que llevaron a Pérgamo a hacerse con la mayor parte de Asia Menor.

En estos mismos años la situación interna en el reino seléucida se había deteriorado gravemente. Seleuco II se encontraba en una guerra civil frente a su hermano Antíoco Hierax, y ambas partes recurrían a los servicios de los bárbaros gálatas como mercenarios. Estos mercenarios, ante el caos de la guerra civil, comenzaron a actuar por cuenta propia como una mafia, exigiendo a las ciudades tributos a cambio de su “protección”. Ante esta amenaza descontrolada Atalo, sucesor de Eumenes en el trono de Pérgamo, decidió acabar con esta práctica. Negándose a pagar el tributo, obligó a los gálatas a atacar la capital, donde los bárbaros fueron derrotados aplastantemente. Esta victoria permitió a Atalo convertirse en el nuevo campeón del helenismo y adoptar el sobrenombre de Soter (Salvador). Al mismo tiempo el monarca desarrolló una de las mejores campañas de propaganda de la antigüedad, favoreciendo las artes y patrocinando obras públicas tanto en Pérgamo como en Atenas.

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Gálata moribundo, copia romana de la obra encargada por Atalo I

Atalo, lleno de éxito y confianza, decidió acabar por su cuenta con Antíoco el Halcón, consiguiendo de este modo expulsar a los seléucidas de Asia Menor…al menos por el momento. Pero Atalo había comenzado un juego muy peligroso. Pérgamo, a pesar de sus reciente éxitos, era todavía un pez pequeño en un acuario lleno de tiburones. Antíoco III, el nuevo rey seleúcida, puso en marcha todo el poderío militar de su imperio y dirigió toda su atención sobre Pérgamo. Sin embargo fue Aqueo, un gobernador local seléucida quien primero atacó.

Atalo, sabedor de que había despertado a un gigante, aprovechó la vía diplomática para apaciguar a su vecino. Así pues decidió apoyar a Antíoco III frente a Aqueo que,  borracho de éxito tras la victoria sobre Atalo, se había sublevado contra la autoridad real. Antíoco, en agradecimiento, reconoció a Atalo como rey del reino independiente de Pérgamo, además de respetar gran parte de sus conquistas.

A pesar de los continuos conflictos armados, este período fue el más brillante en la historia de Pérgamo. Había pasado de ser un pueblo sobre un monte a convertirse en capital de un floreciente reino que estaba destinado en un futuro no muy lejano a jugar un papel decisivo en el transcurso de la historia de Oriente Próximo.

Las orillas del mundo

El imperio seléucida era un gigante con los pies de barro. Si bien en teoría controlaba la mayor parte de Oriente Próximo y Medio, en realidad ese control era más nominal que efectivo. En las provincias más lejanas, Bactria, Sogdiana y Partia, el control seléucida era casi inexistente, pues los intereses imperiales se centraban más en el Mediterráneo, sobre todo a la hora enfrentarse al Egipto Ptolemaico. A este desinterés por parte de la monarquía se une el acaparamiento de los puestos administrativos por elementos griegos en perjuicio de los jerarcas locales. Este hecho fue alimentando un resentimiento antigriego cada vez más marcado. Así que los iranios, sabedores de que no podían hacer frente al emperador por las armas, decidieron en un primer momento hacer uso de la resistencia pasiva ignorando su autoridad y actuando por cuenta propia. Pero ante la inacción del poder central, pronto este sabotaje pasivo se convirtió en un movimiento independentista cada vez más fuerte y organizado.

El primer movimiento independentista tuvo lugar en Partia e Hircania, donde el sátrapa local Andrágoras se declaró independiente en 245 a. C. aprovechando que Seleuco II estaba luchando en Occidente.  En 239 a. C  Arsaces, un príncipe iranio, derroca a Andrágoras y mantiene un pulso con Seleuco II. Pero el emperador tuvo que hacer frente una vez más a otra guerra en occidente, donde su hermano Hiérax había usurpado el trono. Seleuco II dirigió sus fuerzas contra el usurpador, pero no tuvo más remedio que abandonar Partia. Esta situación fue aprovechada por Arsaces, que pronto se hizo con el poder de buena parte de Asia Central. Así pues Arsaces se convirtió en el fundador del imperio parto, el cual estaba destinado a ser el más importante de todo Oriente Medio, tan poderoso que fue capaz de frenar las legiones romanas.

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Relieve de un guerrero parto en el Castillo Zahhak (Irán)

En Bactria y Sogdiana, la situación fue especial. Si bien habían quedado aisladas del resto del imperio seléucida, en estas regiones no hubo un sentimiento tan independentista. De hecho, se mantuvieron buena parte de las costumbres griegas, aunque cada vez más mezcladas con elementos nativos. Así pues, en estas regiones surgió una civilización sincrética, mezclando elementos griegos y nativos por igual, y que mantuvo contactos tanto con la India como con Occidente.

La nueva generación

Seleuco II murió en 226 a. C. mientras luchaba contra los galos. Fue sucedido por su hijo Seleuco III el Salvador, pero fue asesinado tres años después mientras se disponía a aplastar Pérgamo. Su ejército nombró emperador a su hermano Antíoco, el tercero de su nombre. El nuevo monarca tenía unas excelentes dotes para el mando, y parecía predestinado a devolver al imperio su antigua gloria.

En esas mismas fechas era nombrado rey de Macedonia Filipo V, individuo igualmente dotado para el gobierno. Ambos monarcas parecían presagiar una época de estabilidad y prosperidad interna para sus reinos. Sin embargo, algo se revolvía en Occidente. Pronto comenzaron a llegar noticias inquietantes: Cartago había caído. Y ni Seléucidas, ni Ptolomeos ni Antigónidas estaban preparados para lo que se avecinaba.

 

Bibliografía

LOZANO VELILLA, A. El mundo helenístico. Madrid, Síntesis, 1992.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

PLUTARCO. Vidas paralelas. Libro XIX. Agis y Cleómenes.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca: Ed. Salamanca, 2005.

 

 

 

Nicolás A. García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

 

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