LOS TIRANOS DE SIRACUSA

Los griegos de Occidente en la primera mitad del siglo IV a.C.

Cuando hablamos de la Hélade solemos identificarla con el espacio geográfico que se extiende desde Grecia central hasta el Peloponeso, incluyendo por supuesto las numerosas islas del mar Egeo. Pero es necesario insistir en que la historia de Grecia incluye también todas las tierras que quedan bajo influencia helénica, es decir, las distintas naciones con las que comercia y las incontables factorías comerciales y colonias que fundan las distintas polis griegas.

La vía marítima es tradicional en el mundo griego, por lo que han pasado a la historia como grandes comerciantes, al igual que los fenicios. Esta opción de la salida al mar en busca de nuevos recursos agrícolas, metales y materias primas en general, se debe principalmente a diversos factores: la pobreza en algunos casos del suelo cultivable, la presión demográfica en momentos de desarrollo y bonanza económica y, por último, la necesidad de la pequeña aristocracia y de sectores de la ciudadanía libre, de buscar el éxito fuera de las ciudades griegas, monopolizadas en exceso por la vieja aristocracia terrateniente.

A su vez, este proceso favorecerá el desarrollo de la “industria naval” necesaria para la navegación y la apertura de nuevos mercados, en los que los colonos darán salida a las manufacturas realizadas en la metrópoli.

Hemos de tener en cuenta que el proceso colonizador es amplio en el tiempo. Se origina en los siglos X-IX a.C., intensificándose en el siglo VIII a.C. En muchas zonas aparecen verdaderas comunidades que, si bien mantendrán relaciones con sus antiguas metrópolis, se mezclarán con el elemento indígena desarrollando gobiernos autónomos con asambleas y formas políticas propias, imitando el modelo griego. Una de estas zonas será el sur de la península itálica (la Magna Grecia) y las principales islas mediterráneas que la rodean (Córcega, Cerdeña y Sicilia), con ciudades como Siracusa, Mesina, Leontini, Regio y otras muchas. Su crecimiento y desarrollo será mayor en ciertos momentos que el de las ciudades de la Grecia continental, jugando un importante papel en la política helénica.

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Por ello las convulsiones que se producen en el Peloponeso en el siglo IV a.C. afectarán también a los griegos de Occidente. La situación de los griegos de Sicilia tras la pérdida de hegemonía ateniense será tensa y problemática. Las polis sicilianas chocan entre sí por el control de sus fronteras y por el deseo común de extender un poco más la línea de su territorio frente a las polis vecinas. Además se ven acuciadas por la amenaza de conquista de Cartago, que era en este momento el estado más poderoso del Occidente mediterráneo.

Siracusa tenía un papel preponderante sobre los demás, era el peso fuerte de los griegos sicilianos. Desde 408 a.C. venía enfrentándose a los cartagineses sobre el control de algunas ciudades, disputa que pareció decidirse a favor de los invasores con la toma de Acragante. Este hecho fue sentido entre los griegos como una gran derrota moral, y se culpó a los estrategos de los errores cometidos.

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Dionisio I el Viejo

Fue entonces cuando comenzó a oírse la voz de Dionisio, un joven oficial que había combatido en la guerra contra Cartago. Muy populista, hizo regresar a los desterrados, alentó las ejecuciones de estrategos y terratenientes y finalmente convenció a sus conciudadanos de nombrarle autocrator, un título que le permitía ejercer el poder de manera personal y convertirse en un tirano al modo griego. Dionisio firma la paz con Cartago, reconociendo todas sus conquistas y perdiendo cualquier oportunidad de controlar grandes áreas de la isla, pero gana unos años de tranquilidad que empleará en construir su régimen de poder.

Sicilia ya había conocido las tiranías unas décadas atrás, pero estas no habían “convencido” a la población y los tiranos habían actuado de una forma políticamente mediocre. Frente a ellos Dionisio es, por su fuerte personalidad, uno de los mejores prototipos de tirano griego: confisca y redistribuye tierras entre los pobres; vive en una fortaleza rodeado de mercenarios celtas, campanos e iberos; convierte a los esclavos de la clase alta en ciudadanos para tener un apoyo civil; recompensa con creces a los militares para no perder su apoyo; y mantiene las instituciones anteriores para evitar la apariencia de tiranía. Su figura recuerda también a la de los futuros monarcas helenísticos, rodeado de una fastuosa corte, creando un poder familiar y absolutista, y destacando sobre  todas sus facetas la militar.

Con el objetivo de defender la ciudad, Dionisio ordena construir un amplio cinturón defensivo de fortificaciones con largas murallas y repara los puertos. Al mismo tiempo crea una inmensa flota de barcos y fortalece enormemente el armamento del ejército.

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Siracusa bajo Dionisio I

Desde 398 a.C., Dionisio se enzarza en dos campañas contra los cartagineses de las que sale victorioso, logrando que Siracusa controle toda la isla de Sicilia salvo el punto más occidental. Con el dominio sobre la isla, Dionisio da el salto a la Península Itálica y ocupa varias zonas de la Magna Grecia, llegando a derrotar a la liga Italiota. Más tarde, se lanza a través del Tirreno ocupando las islas Lípari, algunos enclaves estratégicos, Córcega y Etruria; y también por el Adriático, donde crea numerosas factorías comerciales. Mantiene además otro conflicto con Cartago, poco conocido por los historiadores, que,  parece, no tuvo un resultado favorable.

En su largo mandato como tirano, Dionisio mantuvo un estrecho contacto con las polis de la Grecia continental, especialmente con Esparta. Participó de las guerras libradas en el Peloponeso, en la fundación de colonias y en el culto de los grandes santuarios panhelénicos como Delfos.

A su muerte le sucedió su hijo Dionisio II, bajo la influencia de su tío materno Dión. Este era amigo del célebre filosófo Platón, a quien los siracusanos invitaron para que les explicase y ayudase a poner en práctica su ideal de estado. Tras circular el rumor de que Dión en realidad quería hacerse con el poder, fue desterrado.

Dionisio II adoptó una política moderada pero no supo entender las complicadas relaciones internacionales de la época. En 345 a.C. se vio atacado por sus enemigos políticos sicilianos, ayudados por corintios y cartagineses. Finalmente fue derrocado y Timoleón, un general al mando de las tropas corintias, adquirió todo el protagonismo. Expulsó a los cartagineses, eliminó todas las tiranías e instauró sistemas a medio camino entre la oligarquía y la democracia. Renunció al poder para no caer de nuevo en sistemas absolutistas de poder y vivió en Sicilia hasta su muerte. El camino de Sicilia continuaba sin tiranías, a la sombra de una creciente ciudad-estado latina que había comenzado a expandirse, Roma.

BIBLIOGRAFÍA

BLÁZQUEZ, J. M., LÓPEZ MELERO, R., SAYAS, J., Historia de Grecia antigua, ed, Cátedra, 1989, Madrid.

BRAVO, G; Historia del mundo antiguo: una introducción crítica, ed. Alianza, 2005, Madrid.

CHAVES TRISTÁN, F; Griegos en Occidente, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 1992.

FERNÁNDEZ NIETO, F. J.; Grecia en la primera mitad del siglo IV a.C., Ed. Akal, Historia del Mundo Antiguo, 1989, Madrid.

            Pedro Aguado González

                        Delia Egea Gómez

                        Manuel García Salazar

                        Rubén Rodríguez Galán

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