La Guerra del Peloponeso (431 – 404 a.C.)

“Silent enim leges inter arma”

(Las leyes guardan silencio durante la Guerra)

Cicerón

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En el último tercio del siglo V a. C. los griegos, divididos en dos grandes bloques comandados por las potencias de Atenas y Esparta, mantuvieron un enfrentamiento bélico conocido como La Guerra del Peloponeso. De esta guerra nos ha llegado el testimonio de un participante,  Tucídides. Aunque coincide en el tema de la guerra con otros grandes historiadores como Homero y Herodoto, Tucídides destaca por su forma de contarla, exponiendo las distintas posturas y matices de quien fue protagonista.

Para Tucídides, después de Las Guerras Médicas, se produjo el afianzamiento del imperio ateniense en el mundo griego, produciendo el recelo y luego temor de Esparta y sus aliados de La Liga del Peloponeso; siendo está la verdadera causa de la Guerra del Peloponeso y manifestándose en una escalada de pretextos que desencadenaron la inevitable guerra. El imperialismo exterior ateniense suponía una dicotomía, una contradicción frente a la exaltación demócrata interna. Para poder mantener los niveles democráticos, los atenienses dependían de unas relaciones exteriores que Tucídides denomina esclavistas, interviniendo políticamente primero con sus aliados de la Liga Délica, y posteriormente en poleis de La Liga del Peloponeso, incrementando la tensión hasta el punto de que la guerra parecía inevitable.

Atenas había contraído una alianza con Acarnania, colonia corintia, que suscitó la tensión entre Atenas y Corinto, rivales en el comercio colonial por el Egeo. La tensión se incrementó con una nueva intervención en otra colonia corintia, Corcira, a la que prestó apoyo en su disputa con otra colonia también corintia, Epidamno, apoyada por Corinto.

Una tercera colonia corintia, Potidea, fue el siguiente escenario del enfrentamiento Atenas-Corinto. Potidea, situada en el norte del Egeo en Calcidia, a pesar de pagar el tributo como miembro de la Liga de Delos y por lo tanto aliada de Atenas, fue obligada a despedir a los magistrados enviados anualmente por la polis madre, Corinto, y a derruir sus murallas.

Otra ciudad-estado perteneciente también a la Liga del Peloponeso, Mégara, sufrió por medio de un decreto el bloqueo comercial en los puertos del imperio, condenándola a una asfixia económica.

Así, tanto Corinto como Mégara, presionaron en la Liga del Peloponeso con el propósito de que Atenas cesara su intervencionismo, iniciando una agresiva actividad diplomática. Atenas persistió en su política, confiando en su superioridad naval y en el amurallamiento hasta el puerto del Pireo, no temía a la guerra.

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Situación previa a la guerra

De las palabras a las armas

La situación política en la Grecia continental estaba al rojo vivo. Tras el fracaso de los tebanos en el asedio de Platea, la Liga del Peloponeso no vio otra salida que enviar un ultimátum a Atenas. Arquídamo, uno de los reyes de Esparta, envió un mensajero a Atenas, pero en la capital ática no se dignaron a escuchar las propuestas del monarca espartano. Así pues, cuando callaron las palabras, hablaron las armas.

El primer movimiento en este juego de poder lo llevaron a cabo los espartanos. Arquídamo armó un ejército poderoso capaz de asediar Atenas.  Durante poco más de un mes, las tropas de Arquídamo asolaron todo el territorio del Ática, con la esperanza de hacer salir a los atenienses para defender sus tierras. La ciudad pronto se vio repleta de exiliados malviviendo en las calles y en barriadas marginales. Sin embargo, los atenienses permanecieron a la espera, pues recibían sus suministros a través del puerto del Pireo y de los Muros Largos. El monarca espartano, viendo que sus provocaciones no funcionaban, se retiró con su ejército del Ática.

Esparta era una gran potencia militar terrestre, pero su armada no se encontraba entre las mejores del mundo antiguo. Los espartanos preferían luchar en tierra, algo que les perjudicó pues los atenienses adoraban el mar. Ante esta situación los atenienses enviaron a parte de su flota a saquear las costas enemigas, arrasando poblaciones pesqueras y llevando a cabo multitud de actos de piratería.

En 430 a. C., un nuevo “ataque terrorista” espartano destruyó las cosechas atenienses. El ambiente político en la ciudad comenzó a calentarse, todo dentro de un clima de inseguridad e insalubridad grave. Finalmente, la enfermedad hizo su aparición. La peste llegó a Atenas en verano de 430 a. C., causando estragos entre la población. Los espartanos, ante este percal, se retiraron del Ática a fin de evitar el contagio.

En 429 a. C. la flota ateniense llevó a cabo algunas operaciones en Calcídica, al Norte del Mar Egeo. Pero mientras la flota luchaba contra los corintios, Pericles agonizaba en su lecho. Probablemente, nunca llegó a saber de esta victoria.

Tras la muerte del líder ateniense, surgieron dos nuevos políticos. Por una parte Nicias, rico aristócrata de tendencia moderada y seguidor de Pericles, aunque negado para el tema militar. Por otra parte Cleón, político visceral demagogo y violento. La postura de Cleón era muy radical, partidario de continuar la guerra hasta sus últimas consecuencias.

Mientras, Arquídamo continuaba maniobrando con su ejército. Su atención se posó en Platea, ciudad leal a Atenas dentro del territorio beocio (ver mapa). El monarca trató de tomar la ciudad por la fuerza, pero fracasó en todos sus intentos y se vio obligado a someter la plaza mediante asedio. Sin embargo, el asedio fue poco eficaz y los sitiados entraban y salían de la ciudad a su antojo.

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Guerra de terror

El imperialismo ateniense había sembrado la semilla del odio entre todas las poblaciones sometidas. El caso más destacado fue el de Mitilene, en la isla de Lesbos. Esta importante ciudad decidió abandonar la liga de Delos, aprovechando que Arquídamo estaba arrasando el Ática y que en Atenas la peste menguaba sus fuerzas. Los ciudadanos de Mitilene comenzaron a preparar una revuelta contra la Liga de Delos, con la esperanza de que serían apoyados por Esparta. Pero Atenas se adelantó a los espartanos, y envió a 1000 hoplitas para sofocar la revuelta a sangre y fuego. La represión fue brutal: la flota de Mitilene fue confiscada, las murallas de la ciudad derruidas y 1000 prisioneros fueron ejecutados en Atenas.

Este acto de crueldad fue respondido de igual modo por Esparta, que arrasó platea y masacró a sus habitantes. Y muy poco después, en 425 a. C., los habitantes de Corcira también sufrieron las consecuencias de la guerra.

La situación había llegado a un punto sin retorno, pues cada atrocidad era respondida por el enemigo y con creces. Tanto Esparta como Atenas habían pasado de las pequeñas escaramuzas a crueles actos de terrorismo movidos por un profundo odio visceral. El fuego arrasaba campos y hogares. Las aldeas quedaban desiertas y los hombres eran masacrados como animales. La imagen que ofrecían ambos bandos quedaba muy lejos de los altos ideales militares de patriotismo, nobleza y defensa de la nación. El prestigio que la Hélade había logrado tras su victoria frente a Persia se había esfumado para siempre.

Pilos

El último acto de esta guerra tuvo lugar en Pilos, ciudad al Sur del Peloponeso. Demóstenes, brillante estratega ateniense (aunque mediocre político), dio un giro a la situación con ideas novedosas y acciones audaces. En la ciudad de Pilos, las tropas espartanas quedaron cercadas entre la guarnición de la ciudad y la flota ateniense. La flota atacó y capturó 170 espartanos, los cuales fueron enviados a Atenas. Sin embargo, estos prisioneros no fueron ejecutados, sino que serían usados por Atenas como rehenes y como moneda de cambio frente a los espartanos.

Ambas potencias pretendían extender la guerra más allá de Grecia. Nicias por parte ateniense y Brásidas por la espartana llevaron la guerra hasta Beocia, Calcidia y Macedonia. Esta ansia belicista se pagó con la sangre de miles de griegos, incluidos Cleón y Brásidas.

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Enfrentamiento mítico entre Ares (Esparta) y Atenea (Atenas)

 La paz de Nicias y la campaña de Sicilia

Las derrotas desmoralizaron a Atenas, y provocaron la subida de impuestos a los miembros de la Liga. Esparta también deseaba la paz, por un lado para recuperar a sus prisioneros de guerra y por otro porque se temía que se pudieran sublevar los hilotas, población sometida en situación de semiesclavitud, aprovechando que el estado estaba concentrando sus esfuerzos en la guerra. Además, en 421 a.C. iba a expirar un tratado de paz de treinta años que había firmado Esparta con Argos, y los lacedemonios temían que esta ciudad pudiera entrar en el conflicto del lado ateniense, arrastrando consigo a otras ciudades del Peloponeso.

Por ello, Atenas y Esparta firmaron la llamada Paz de Nicias, por el general ateniense. En teoría, el tratado duraría cincuenta años y conllevaría la devolución de las ciudades conquistadas y de los prisioneros, pero pronto las dos partes dejaron de cumplirlo. Algunos de los aliados de Esparta rechazaron la paz, y las dos ciudades enfrentadas se negaron a devolver algunas de las ciudades que habían conquistado. Preparándose para la reanudación de la guerra, Esparta firmó una alianza con Beocia, y Atenas hizo lo propio con Argos.

En 419 a. C., Argos pasó al ataque contra Epidauro, y Esparta no tardó en responder. En esta ocasión, se pudo evitar el conflicto con una nueva tregua, pero duró poco. Los argivos ocuparon Orcómeno, y los espartanos pasaron al ataque. Los ejércitos se encontraron en Mantinea en 418 a. C., y la batalla se saldó con una importante victoria para Esparta.

Inmediatamente, Argos comprobó que le convendría más aliarse con Esparta, y rompió su alianza con Atenas. Comenzó una dura lucha por el poder en Argos, y finalmente la ciudad volvió a alinearse con Atenas.

En 415 a. C., Atenas atacó la colonia espartana de Melos, que se había mantenido neutral hasta ese momento. El asedio duró siete meses, y finalmente, según cuenta Tucídides, todos los varones fueron ejecutados, y las mujeres y los niños esclavizados.

Por estas fechas entra en la historia un personaje peculiar, Alcibíades, miembro de una vieja familia aristocrática. Conocido por su carisma, se valió de su personalidad para avanzar rápidamente su carrera política, y convenció a los atenienses de participar en una guerra que había estallado en Sicilia, a pesar de las protestas de Nicias. Atenas apoyaría a Segesta frente a Siracusa. Poco antes de partir la expedición, Alcibíades fue acusado en relación con la mutilación de varias estatuas de Hermes y, cuando iba a ser detenido, huyó a Esparta. Sin su liderazgo, la expedición ateniense resultó desastrosa. Esparta entró del lado de Siracusa y, en 413 a. C., la flota ateniense fue prácticamente destruida.

Guerra de Decelia

Alcibíades, exiliado en Esparta les aconsejó socorrer a Siracusa y ocupar Decelia, situada a una veintena de kilómetros de Atenas, en la vía directa que comunica con Eubea. Su ocupación supuso un constante saqueo del campo ático (ya no eran estacionales). El debilitamiento sufrido por Atenas, fue aprovechado por sus aliados para liberarse del yugo ateniense, sublevándose Eubea Lesbos y Quíos y posteriormente gran parte de las poleis minorasiáticas. Persia mientra tanto, se mantenía expectante viendo como sus rivales griegos se fueron debilitando en luchas fraticidas, mostrando aleatoriamente apoyos a un bando o a otro, esperando sacar provecho de estas alianzas.

La derrota de los atenienses en Sicilia provocó una crisis política. Los oligarcas culparon al sistema democrático de la política exterior y de la derrota sufrida, realizando medidas restrictivas que llevaron a la instauración de una oligarquía en el 411 a.C. en la cual el órgano supremo del Estado era un Consejo de cuatrocientos miembros. El nuevo sistema no consiguió avanzar hacía un acercamiento de posturas con Esparta y con Persia.

La flota ateniense se recuperó rápidamente del desastre siciliano, saliendo victoriosa en las batallas de Cinosema, Abido y Cícico, en el Helesponto, con los que mantenía el control del comercio con el Mar Negro. Esparta ante estas contrariedades, trató de llegar a un armisticio con Atenas, pero esta la rechazó. Los nuevos triunfos navales habían devuelto la confianza, especialmente a las clases bajas que nutrían las trirremes, y se tradujeron en el retorno a la democracia y en la vuelta del ínclito Alcibíades.

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Mapa con los movimientos y campañas militares

Desenlace

Lisandro, jefe militar espartano no tuvo escrúpulos en solicitar de nuevo ayuda a Persia. Ayuda que será determinante para el desarrollo de la guerra. Lisandro entendió que había que vencer a Atenas en el mar, y destinó el dinero persa a la construcción de una flota. La nueva flota espartana se mostró victoriosa ante la ateniense, pero mostró su  dependencia persa cuando sufrió el revés de la batalla de Arginusas en el 406 a.C., momento en el que Lisandro había sido relevado por Alicrátides partidario de alejarse de la influencia persa.

Lisandro toma de nuevo el mando espartano, saliendo victorioso de la decisiva batalla de Egospótamos, recuperando uno tras otro las ciudades perdidas en el Helesponto. Seguidamente inició un bloqueo por tierra y por mar sobre el puerto del Pireo. Sin posibilidad de abastecerse, una vez acabados los alimentos, los atenienses iniciaron las negociaciones para entregarse.

Epílogo

Esparta estableció una alianza con Atenas, no accediendo a las peticiones tebanas y corintias de asolar Atenas. El siglo V a.C., el llamado siglo de Pericles, en el que Atenas se mostró hegemónica, concluye con un periodo de ocaso. A la vez, su rival Esparta continua con la amenaza interna de los hilotas, y Persia entra de nuevo en el ámbito griego minorasiatico. Los horrores vividos en la guerra quedaran en la mentalidad de los griegos, mostrándose en las artes plásticas.

Si te gusta el tema tratado en este post te aconsejamos estos tres enlaces a videos. Avisamos de su larga duración. A los que lo veáis disfrutarlos:

Bibliografía

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Historia de Grecia en la antigüedad, Madrid: Akal, 2011.

GÓMEZ ESPELOSIN, F.J., Introducción a la Grecia antigua, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

MANGAS, J. Historia Universal: Edad Antigua I. Grecia,  Barcelona: Vicens Vives, 2004.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. Historia de Grecia Antigua. Salamanca, Ed. Salamanca, 2005.

Nicolás A.  García Ingrisano

José Ramón Ortega Calvo

Rubén Ramos Tinte

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