La edad de oro de Atenas (479 – 431 a.C.)

Los cincuenta años que transcurren desde el final de las Guerras Médicas hasta el inicio de las Guerras del Peloponeso son conocidos con el nombre de Pentecontecia. En este espacio temporal Atenas se convertirá en la mayor potencia marítima y comercial del Mediterráneo. Será además el momento de esplendor de la democracia, asociada a la figura de Pericles.

Finalizada la lucha contra el expansionismo persa, los atenienses eran conscientes de la necesidad de reforzar las defensas de su ciudad. El héroe de guerra Temístocles fue el principal valedor del amurallamiento de la ciudad de Atenas y del puerto del Pireo.

Los griegos del interior, especialmente los espartanos, veían de mala gana ese fortalecimiento defensivo ateniense, ya que en teoría Atenas no tenía nada que temer de sus vecinos griegos. Sin embargo, Temístocles era consciente de la necesidad de defender por tierra la ciudad. El puerto del Pireo y los Muros Largos acabarán de construirse en el 456 a.C., ganando Atenas una privilegiada posición defensiva.

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Tras la victoria de Mícale, las ciudades griegas cercanas a zonas de control persa querían seguir luchando para alejar al enemigo de sus fronteras. Así, Pausanias dirige la tropa aliada griega desde Chipre hasta Bizancio, asegurando las zonas reconquistadas.

En 477 a.C., Atenas, bajo el mando de Arístides, lidera la formación de la Liga Atico-délica, llamada así por elegir como su protector al Apolo de Delos. Si bien todas los componentes de la Liga eran iguales a la hora de tomar decisiones, Atenas se impondrá a menudo sobre los aliados menores, basándose en su poderío como potencia marítima.

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Continuando con la neutralización de la amenaza persa en el Egeo, la recién creada confederación liderada por Cimón, puso sus miras hacia Bizancio, ciudad clave del Bósforo, cuyo gobernante de origen espartano, Pausanias, estaba confraternizando con el enemigo con el peligro que ello conllevaba. La conquista de esta ciudad era vital para cortar el núcleo de comunicación y cabeza de puente que suponía para las guarniciones persas del otro lado del continente, en concreto con las del litoral tracio. Era de vital importancia cortar y derribar los puentes que unían las dos orillas para poder así acabar con las guarniciones persas mas fácilmente y apoderarse del control de los abastecimientos provenientes del Mar Negro. Tras una dura batalla, los aliados se hicieron con la ciudad y, aisladas de la parte principal del Imperio, las guarniciones persas de Tracia cayeron una tras otra, hasta la conquista de Eión, ciudad clave por sus recursos madereros y lo que éstos suponían en el mantenimiento de la magnífica flota aliada.

Cimón, dentro de la línea de la expansión de su poder, continuó con una nueva campaña con objeto de reforzar las posiciones atenienses en el Egeo y se embarcó hacia la isla de Esciros. Aprovechando pretextos religiosos, tuvo la ocasión idónea para liquidar este nido de piratas asaltantes que suponía un quebradero de cabeza para el comercio y la navegación del Helesponto.

Sin embargo, a partir de este momento, Atenas no pudo ocultar más sus verdaderas intenciones. El año 472 a.C. supuso un punto de inflexión para la política ateniense. Con la incorporación forzosa de Caristo, un estado soberano que no había querido participar de la gran alianza, empezaron los recelos contra Atenas. Comenzaron intentos de abandono de la Liga por parte de algunos aliados, pero fueron frustrados con la más absoluta crueldad y contundencia, propia más de un estado tirano e imperialista que de una democracia como la ateniense. La objeción de Naxos, estado que había ingresado voluntariamente, fue el primer intento de retiro de la Liga. Quería irse por creer que la confederación había perdido su auténtica razón de ser. Pero Atenas no podía tolerar algo así, porque serviría de precedente para que otros miembros siguieran el mismo camino. Se empezó a gestar un peligroso descontento entre los aliados, que veían con temor las líneas seguidas por Atenas, por lo que ésta, para intentar paliar el problema, enmascaró la situación preparando una nueva campaña contra los persas, quienes habían reunido una poderosa flota en las costas de Asia Menor y amenazaban el Egeo. Encabezados de nuevo por Cimón, consiguieron una contundente victoria en la desembocadura del río Eurimedonte, lo que no solo trajo mas prestigio a Atenas, sino la incorporación de nuevos miembros a la Liga.

Pero los aliados no eran tontos, y el descaro con el que Atenas estaba llevando a cabo su política represiva, no tardo mucho en causar una nueva “revuelta” contra su control. Tasos, con la esperanza de protección ofrecida por Esparta frente a Atenas, se levantó por su libertad y su autonomía, pero todo se quedó en un mera ilusión. La prometida ayuda espartana por la que tanto soñaron, nunca llegó. Y sus sueños se convirtieron en pesadilla con la llegada de los hoplitas y la flota ateniense. La ciudad fue capturada rápidamente y duramente reprimida.

Lo que los habitantes de Tasos no pudieron preveer fue el terremoto que sacudió Esparta en 464 a.C y que dejó a la poderosa urbe guerrera completamente desolada y en ruinas. En ese momento, los hilotas, aprovecharon la confusión reinante para organizar otra de sus numerosas revueltas, consiguiendo acorralar a los guerreros espartanos hasta tal punto, que no pudieron hacer otra cosa que tragarse su orgullo espartano y solicitar ayuda a su archienemigo: Atenas. Cimón, favorable a las relaciones amistosas con Esparta, se puso a la cabeza de los hoplitas a pesar de las discrepancias con respecto a esa actuación, en el propio seno de los mandatarios atenienses. A la llegada a Esparta del estratego ateniense, la situación estaba ya controlada por los orgullos e irreductibles guerreros espartanos; despreciaron su ayuda y le hicieron marchar de vuelta de mala manera. Los atenienses que desde un principio condenaron el apoyo a los espartanos, se las arreglaron para que Cimón tuviera que retirarse de la vida política.

El veterano Cimón había sido desterrado, y con él también la visión aristocrática de la política de Atenas. Era la ocasión perfecta para que Efíaltes, líder de los partidarios de la democracia, se alzase como el hombre que salvara a los atenienses de las corruptelas y los abusos de los poderosos. Efíaltes pagó su política anti-aristocrática con su vida al ser asesinado. En su lugar quedó el célebre Pericles. Este, por convicción o para ganarse al pueblo, impuso medidas como el pago del servicio público en asambleas y jurados, la manera perfecta de que los menos pudientes entraran en la política.

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Entre las polis griegas Atenas comenzó a aceptar como aliado en la Liga de Delos a cualquiera que estuviese dispuesto a entrar en ella, siempre con el objetivo en mente de anular el poder de los espartanos. Por otro lado los atenienses llevaron sus naves de guerra a Egipto, sin que conozcamos una causa clara. Allí el príncipe libio que ostentaba el poder se sublevó contra el imperio persa y pidió ayuda a Atenas. Las tropas ocuparon el Bajo Egipto y llegaron a asediar Menfis pero los grandes contingentes militares persas reaccionaron a tiempo y masacraron a la mayoría de combatientes griegos.

Los atenienses se enzarzaron junto con otras muchas polis en la Primera Guerra Sagrada, llamada así porque se luchaba por el control del santuario de Delfos, aunque en el fondo era un nuevo enfrentamiento entre los partidarios de Atenas y Esparta. La guerra se saldó con la victoria de Pericles, lo que le dio valor para lanzar violentos ataques sorpresa sobre diferentes regiones. Tras la guerra firmó una tregua de cinco años con Esparta, y poco después firmó la paz de Calias con los persas.

Las provocaciones entre ambos bandos continuaron y la tregua se rompió con el estallido de la Segunda Guerra Sagrada, cuyo resultado no ofreció ventaja alguna para ninguno de los dos adversarios. A su fin se firmó la Paz de los Treinta Años, un acuerdo que mantuvo a Esparta y Atenas a la espera de cualquier tensión que sirviera de excusa para volver a desatar la guerra en la Hélade.

Como hemos visto, la formación de la Liga Atico-délica irá evolucionando paulatinamente a un imperialismo con un claro protagonista: Atenas. La ciudad del Ática utilizará el apoyo de la Liga a su antojo para mantener la hegemonía, incluso cuando carecía ya de sentido la coalición, puesto que había desaparecido el peligro persa.

Las tensiones con las ciudades de la confederación irán aumentando, ya que Atenas impondrá en las ciudades aliadas arcontes y gobernadores para controlar la administración de las ciudades. Esparta hará todo lo posible para que así sea, apoyando a los rebeldes con la mano izquierda mientras estrechaba a Atenas la derecha.

Atenas no dudará en emplear la fuerza cuando alguna ciudad intente abandonar la Liga y someterá a dicha población a una dura represión, como en los casos de Naxos y Tasos. Su potencial marítimo le permitía un desplazamiento cómodo y veloz a un ejército difícil de frenar. A la vez que expandían su influencia comercial, los atenienses fomentaban las instituciones democráticas, si bien a menudo toleraban sistemas oligárquicos, siempre y cuando pagaran su tributo.

Una de las políticas para controlar las poleis fue la imposición de cleruquías, es decir, la instalación de colonos atenienses dentro de las ciudades, a modo de guardianes de los deseos de Atenas. Por otra parte, los atenienses ejercían su poder a través de la economía. Una de las grandes bazas con que jugaban era la seguridad que habían dado al mar Egeo: lo había limpiado de toda piratería y el comercio fluía sin problemas. El tributo a todas las polis servía teóricamente como sostenimiento de la flota y en la práctica para engrosar las arcas de Atenas y construir su grandiosa Acrópolis. Por último, unificaron el sistema de pesos y medidas convirtiendo a la moneda ática en patrón universal.

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La Pentecontecia fue la Edad Dorada de Atenas, el momento en el que Pericles conjugó hábilmente, imperialismo y democracia, para guiar a su pueblo hacia la gloria.

BIBLIOGRAFÍA

PLACIDO, D., La Pentecontecia, Ed. Akal, 1989, Madrid.

HIDALGO, Mª. J., SAYAS, J.J., ROLDÁN, J. M (coord.), Historia de la Grecia Antigua, Ed. Salamanca, 2005, Salamanca.

HUBEÑÁK, F., “Perciles y la sociedad de su época”, en Memorias de Historia Antigua, 17, 1996, pp. 9–54.

GÓMEZ ESPELOSÍN, F.J., Historia de Grecia en la Antigüedad, Ed. Akal, 2011, Madrid.

            Rubén Rodríguez Galán

            Pedro Aguado González

            Manuel García Salazar

            Delia Egea Gómez

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